de rendicion.
– ?Tu tambien! -grito la anciana, dirigiendo la escopeta hacia el-. Y dejad de moveros.
Cowart advirtio que ambos intercambiaban una rapida mirada pero no supo que significaba.
La anciana se dirigio a el:
– Le dije que no se acercara.
Cowart levanto las manos pero nego con la cabeza.
– No.
– ?Que quiere decir no? Hijo, ?es que no ve este canon? Pienso dispararlo.
Cowart noto que la sangre se le subia a la cabeza. Vio la furia que enmascaraba el miedo en los ojos de la anciana y entonces supo que ella lo sabia todo. «Esta ahi -penso-. Sea lo que sea, esta en la letrina.» Fue como si el agotamiento y la frustracion de los ultimos dias se esfumaran en un segundo, sustituidas por la indignacion. Sacudio la cabeza.
– No -repitio en voz mas alta-. No, senora. Pienso ver que hay ahi, aunque me cueste la vida. Estoy harto de que me mientan. Harto de que me utilicen. Harto de sentirme como un imbecil. ?Se ha enterado, vejestorio? ?Estoy harto!
Cada vez que repetia la palabra daba un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos.
– ?Alto ahi! -bramo la anciana.
– ?Va a matarme? -grito el-. Eso si que arreglaria las cosas. Dispararme delante de estos dos detectives. Vamos, maldita sea, ?vamos!
– ?Lo hare! -grito ella.
– ?Pues adelante! -replico el.
Cowart habia dado rienda suelta a su colera. Sus ilusiones acerca de la inocencia de Ferguson se habian visto defraudadas y ahora las emociones lo embargaban.
– ?Vamos! ?Vamos! ?Mateme a sangre fria, igual que su nieto mato a aquella nina! ?Vamos! ?Hara conmigo lo que el hizo con ella? ?Tambien es usted una asesina? ?Lo aprendio de usted? ?Fue usted la que le enseno a descuartizar a una chiquilla indefensa?
– ?El no hizo nada!
– ?Y un cuerno!
– ?Atras!
– ?Y si no, que? Quiza se limito a ensenarle a mentir, ?es eso?
– ?Alejese de mi!
– ?Es eso? ?Maldicion! ?Es eso?
– El no hizo nada. ?Y ahora retroceda o le vuelo la cabeza!
– Si que lo hizo. Y usted lo sabe, maldita sea, ?lo hizo, lo hizo, lo hizo!
La escopeta se disparo.
La detonacion hendio el aire por encima de la cabeza de Cowart, que sintio una quemazon y cayo aturdido al suelo. Se oyo como un pajaro levantaba el vuelo detras de la caseta; los dos detectives gritaron al tiempo que desenfundaban sus armas:
– ?Quieta, senora! ?Suelte la escopeta!
El cielo daba vueltas encima de Cowart y todo olia a cordita. Oia un ruido como de golpetazos por debajo del pitido del disparo, lo que lo confundio hasta que comprendio que era el eco de su propio corazon en sus oidos.
Se incorporo y se palpo la cabeza, luego se miro la mano, empapada en sudor y no en sangre. Levanto la vista hacia la anciana. Los dos detectives seguian voceando ordenes que parecian perderse en el calor y el sol.
La anciana lo miro y le espeto con voz estridente:
– Se lo he advertido, senor periodista, se lo he advertido, le escupiria a la cara al mismisimo Satanas si con ello pudiera ayudar a mi nieto.
Cowart le sostuvo la mirada.
– ?No le he matado? -pregunto ella.
– Pues no -respondio el, aun confundido.
– No puedo hacerlo -dijo amargamente la anciana-. Queria volarle la cabeza y no he podido. Maldicion. -Bajo el canon hacia el suelo-. Solo tenia un cartucho -suspiro. Miro a los dos detectives, que se estaban aproximando a ella apuntandola con sus armas, listos para disparar. Clavo los ojos en Brown-. Deberia habermelo reservado para ti -dijo.
– Suelte el arma.
– ?Y ahora vas a matarme, Tanny Brown?
– ?Suelte el arma!
La anciana emitio una carcajada sardonica. Muy despacio, dejo apoyada la escopeta contra la puerta de la letrina. Luego se irguio, cruzo los brazos y lo miro a la cara.
– ?Y ahora vas a matarme? -pregunto de nuevo.
Wilcox se agacho junto al periodista.
– ?Esta herido, Cowart?
– No, estoy bien.
El detective lo ayudo a ponerse en pie.
– Joder, ha estado muy cerca. Le ha ido por los pelos.
Cowart sintio una repentina euforia.
– Madre mia -dijo, y rompio a reir.
Wilcox le pregunto a Brown:
– ?Quieres que la espose y le lea sus derechos?
El teniente nego con la cabeza, avanzo y recogio la escopeta. La abrio para revisar la doble camara. Retiro el casquillo y se lo lanzo a Cowart.
– Esto de recuerdo. -Luego volvio a encarar a la abuela de Ferguson-. ?Tiene mas armas?
Ella nego con la cabeza.
– ?Y ahora piensa hablar, vieja?
Sacudio la cabeza una vez mas y escupio al suelo, aun desafiante.
– Muy bien, entonces quedese mirando. ?Bruce?
– ?Si, jefe?
– Busca una pala en el trastero.
El teniente enfundo su pistola y le devolvio la escopeta descargada a la anciana, que la tomo con una mueca. Luego se acerco a la letrina y, al tiempo que hacia un gesto a Cowart, dijo:
– Aqui. -Y le tendio un trozo de hierro para que hiciera palanca-. Parece que le toca empezar a usted.
Los viejos maderos crujieron ante las acometidas de la palanca primero; despues ataco Wilcox con la pala por el lateral del cubiculo. Cuando por fin arrancaron la letrina, quedo al descubierto un fetido agujero abierto en la tierra. Habia sido saneado con cal; unos regueros blancos atravesaban el oscuro rastro de desechos.
– Ahi dentro, en alguna parte -dijo Cowart.
– Espero que esteis vacunados -murmuro Wilcox-. ?Teneis cortes o heridas abiertas? Hay que andarse con ojo. -Y empuno la pala-. Fue a mi a quien jodieron el registro hace tres anos. Me toca -murmuro con voz grave. Se quito el abrigo y saco un panuelo de uno de los bolsillos. Se lo anudo cubriendose la nariz y la boca-. Maldita sea -dijo con voz amortiguada por la improvisada mascarilla-. Esto no es un registro legal y tu lo sabes -le recordo a Brown, que asintio-. Maldita sea -repitio Wilcox.
Acto seguido se metio entre el lodo y los excrementos.
Rezongo y mascullo una retahila de improperios, y procedio a excavar las varias capas de inmundicia.
– Mantened los ojos fijos en la pala -dijo entre bufidos-. No quiero que se me pase nada por alto.
Brown y Cowart no contestaron, simplemente se quedaron observando los progresos de Wilcox. El siguio dando paladas con cuidado pero a buen ritmo, abriendose paso poco a poco entre los desechos.
Resbalo, y aunque encontro asidero antes de caer al pozo, sus brazos y manos quedaron cubiertos de excrementos. Wilcox se limito a prorrumpir en blasfemias y siguio dando paladas.
Transcurrieron cinco minutos, luego diez. El detective seguia cavando, deteniendose solamente para toser por
