– Tanny, estamos perdiendo el tiempo.
Cowart levanto la vista de las cuartillas y advirtio que el teniente miraba fijamente a la anciana. Ella aguardaba bajo el porche y le sostenia la mirada; sus ojos parecian no poder separarse.
– ?Tanny? -pregunto Wilcox.
El teniente no respondio.
Cowart observo al detective y la anciana escrutarse mutuamente. Advirtio el sudor bajo su camisa y la humedad que le pegaba el pelo a la frente.
Brown hablo al cabo de un momento, sin apartar los ojos de la anciana.
– Vuelva a mirar -dijo-. Creo que estamos pasando por alto algo elemental.
– La hostia, Tanny… -empezo Wilcox, pero el teniente lo corto.
– Mirela. Ella sabe algo y sabe que no sabemos que cono es. Siga buscando, maldita sea.
Wilcox se encogio de hombros y murmuro algo. Cowart volvio a hojear las cuartillas procurando analizarlas con la misma minuciosidad con que Wilcox habia analizado la casa tiempo atras. Repaso el inventario habitacion por habitacion, leyendolo en voz alta para Wilcox.
– «Primera habitacion: huellas dactilares, inspeccionados todos los objetos, ninguno incautado, tablas de suelo levantadas, paredes palpadas, detector de metales; habitacion de la abuela: registrada en busca de objetos ocultos, no se encontro nada; despensa: incautados objetos cortantes, trapos de limpieza, toalla, tablas del suelo levantadas; habitacion de Ferguson: incautadas prendas de vestir, paredes y suelo examinados, registrada en busca de restos de pelo; cocina: cubiertos inspeccionados e incautados, examinadas las cenizas del horno y remitidas al laboratorio, sotano de ventilacion inspeccionado…» Parece hecho a conciencia…
– Joder, estuvimos de sol a sol en esa casa, revisamos hasta el ultimo clavo -contesto Wilcox.
Brown no dejaba de mirar a la anciana.
– Yo diria que todo esta como estaba -dijo Cowart-. Solo que al parecer ha convertido la despensa en un cuarto de bano. ?Era el cuartito que hay entre su dormitorio y el de Ferguson?
– Si. Aunque a decir verdad tenia mas de armario que de despensa -contesto Wilcox.
Cowart asintio.
– Pues ahora hay un retrete y un lavamanos.
– Me han dicho que los instalo Ferguson. Lo pago con parte del dinero de un productor de Hollywood que se ha interesado por su historia. Incluso hasta aqui llega el progreso.
En ese momento, el sol parecio redoblar su intensidad, y el repentino estallido de calor absorbio todo el aire del patio.
– Y antes ?donde…?
– En la letrina exterior, en la parte de atras.
– ?Y?
– ?Y que?
– Que no esta en la lista -dijo Cowart, y noto una subita palpitacion en las sienes.
Brown dio la espalda a la senora Ferguson y clavo los ojos en su companero.
– La registraste, ?verdad?
Wilcox asintio con escasa conviccion.
– Eh… si. Bueno, la orden era para la casa, asi que no sabia muy bien si podia hacerlo. Pero uno de los analistas entro, eso si lo recuerdo. Pero nada.
Brown lanzo una mirada severa a su companero.
– Vamos, Tanny. Ahi no habia mas que caca y meados. El analista entro, vomito y salio. Esta en el informe. - Senalo una frase en mitad de las cuartillas-. Mira -dijo titubeando.
Cowart se aparto de repente del coche. Recordo las palabras de Blair Sullivan: «… ojos hasta en el culo.»
– ?Maldita sea! -exclamo, y se volvio hacia Brown-: Sullivan dijo que me anduviera…
El teniente fruncio el ceno.
– Me acuerdo de lo que dijo.
Cowart echo a andar hacia la parte trasera de la cabana. Oyo la voz de la abuela de Ferguson que lo interpelaba, clavandose en sus oidos como una flecha:
– ?Adonde va, joven?
– Ahi atras -replico Cowart secamente.
– ?Ahi no hay nada que le importe! -chillo ella-. No puede ir ahi.
– Quiero ver que hay, maldita sea, quiero verlo.
Brown le seguia a buen paso con la palanca del maletero en la mano. Doblaron la esquina de la casa dejando atras los rezongos de la anciana al sol abrasador. La letrina, de madera grisacea, estaba en una esquina del terreno. Cowart se acerco. La puerta tenia tupidas telaranas. Cogio la manija y tiro con fuerza; la puerta se abrio a duras penas, chirriando, y se atasco cuando ya estaba medio abierta.
– Cuidado con las serpientes -advirtio Brown aferrando el borde de la puerta y tirando con fuerza. Con un ultimo jalon que hizo temblar la caseta entera, la puerta quedo abierta de par en par.
»?Bruce! ?Trae la puta linterna! -grito Brown.
Agarro la palanca por un extremo y aparto unas telaranas. Un leve crujido hizo retroceder a Cowart al tiempo que una pequena alimana huia de la luz del sol que penetraba raudamente.
Los dos hombres quedaron hombro contra hombro mirando la letrina de madera, tallada sobre una tabla pulida por el uso. El hedor era denso y penetrante, un olor que mas hacia pensar en la muerte y los anos que en el deterioro.
– Ahi debajo -dijo Cowart.
Brown asintio con la cabeza.
– Ahi debajo.
Wilcox, casi sin aliento por las prisas, llego a su lado y le entrego la linterna a su jefe.
– Bruce -dijo Brown en voz baja-, ?el chico que examino esto levanto la letrina? ?Se metio aqui dentro?
Wilcox sacudio la cabeza.
– Estaba clavada. Recuerdo que eran clavos viejos porque me hizo venir a revisarlo. No habia nada que indicase que alguna tabla hubiese sido retirada o sustituida, ni martillazos, ni rayaduras, nada…
– Nada visible a simple vista -dijo Brown.
– Eso es. No hubo nada que nos llamara la atencion. -Sus ojos brillaban de disgusto.
– Pero sin embargo… -anadio Brown.
– Ya -asintio Wilcox-. Pero ya te he dicho que el pobre analista entro, miro un poco con la linterna y vomito. Yo asome la cabeza conteniendo la respiracion, eche un vistazo rapido y me marche. Es decir, nadie pudo comprobar si habia algo metido en el agujero…
– Si quisieras esconder algo deprisa pero quisieras asegurarte de meterlo en el ultimo sitio en que alguien husmearia… -La voz de Brown sonaba entre formal e irritada.
– ?Y por que no enterrarlo en el bosque?
– No habria sido tan dificil de encontrar, y menos con los malditos sabuesos. No es tan seguro. Lo que si es seguro es que nadie va a meter las narices en un agujero lleno de mierda si no es absolutamente imprescindible.
Wilcox asintio.
– Tienes razon, joder. ?Crees que…?
De pronto oyeron un inesperado grito a sus espaldas.
– ?Fuera de ahi!
Los tres hombres se volvieron para ver a la anciana encorvada sobre una escopeta de canones recortados que apoyaba en la cadera.
– ?Como no os largueis de ahi, os mando de cabeza al infierno! ?Fuera!
Cowart se quedo paralizado, pero los dos detectives empezaron a apartarse al punto, uno hacia la derecha, el otro hacia la izquierda, para no ofrecer un blanco compacto.
– Senora Ferguson -empezo Brown.
– ?Calla! -chillo apuntandole con la escopeta.
– Por favor, senora Ferguson… -dijo Wilcox con calma, levantando las manos en un gesto mas de suplica que
