Su voz, dice Morris. ?Quieres decir que no ha dicho su nombre?

No. Solo el mensaje, un recado breve y confuso. Tal como repito, integramente. «Hum.» Larga pausa. «Lo siento.» Larga pausa. «Volvere a llamar.»

?Estas segura de que era Miles?

Absolutamente.

Korngold dice: Sigo tratando de averiguar lo que quiere decir «lo siento». ?Siente haber llamado? ?Siente estar tan azorado como para no dejar un mensaje como es debido? ?Siente todo lo que ha hecho?

Imposible saberlo, contesta Morris, pero yo me inclinaria por lo de azorado.

Algo va a pasar, asegura Mary-Lee. Muy pronto. Cualquier dia.

He hablado con Bing esta manana, informa Morris, solo para asegurarme de que todo iba bien. Me ha dicho que Miles tiene novia, una joven cubana de Florida que ha venido a Nueva York a estar con el una semana o asi. Creo que se ha marchado hoy. Segun Bing, Miles pensaba ponerse en contacto con nosotros en cuanto ella se marchara. Eso explicaria el mensaje.

Pero ?por que llamarme a mi y no a ti?, pregunta Mary-Lee.

Porque Miles piensa que todavia sigo en Inglaterra y no estare localizable hasta el lunes.

?Y como sabe el eso?, pregunta Korngold.

Al parecer, llamo a mi oficina hace dos o tres semanas y le dijeron que el dia 5 volveria al trabajo. Eso es lo que me ha dicho Bing, en cualquier caso, y no veo por que iba a mentirme el muchacho.

Le debemos mucho a Bing Nathan, afirma Korngold.

Se lo debemos todo, conviene Morris. Intenta imaginarte estos siete anos pasados sin el.

Tendriamos que hacer algo por el, sugiere Mary-Lee. Extenderle un cheque, regalarle una vuelta al mundo en crucero, algo.

Lo he intentado, contesta Morris, pero no quiere dinero. Se mostro muy ofendido la primera vez que se lo ofreci, y aun se incomodo mas la segunda. Me dijo: No se cobra dinero por comportarse como un ser humano. Un joven con principios. Eso es de respetar.

?Que mas?, pregunta Mary-Lee. ?Alguna noticia sobre como le va a Miles?

No mucho, contesta Morris. Dice Bing que en general se muestra muy reservado, pero que a la demas gente de la casa le cae estupendamente y el se lleva bien con todos. Callado, como de costumbre. Un tanto deprimido, como es habitual, pero luego se animo cuando llego la chica.

Que ya se ha ido, recuerda Mary-Lee, y el ha dejado un mensaje en mi contestador diciendo que volvera a llamar. No se que voy a hacer cuando lo vea. ?Cruzarle la cara de un bofeton…, o darle un abrazo y besarlo?

Las dos cosas, sugiere Morris. Primero la bofetada y luego el beso.

Despues de eso dejan de hablar de Miles y pasan a Dias felices, el futuro del cine independiente, la extrana muerte de Steve Cochran, las ventajas e inconvenientes de vivir en Nueva York, la novedosa opulencia de Mary-Lee (que inspira las mejillas infladas y el comentario de preciosa hipopotama), las proximas novelas de Heller Books, y Willa, ni que decir tiene que hay que preguntar por Willa, es de rigor, pero Morris no tiene deseos de contarles la verdad, ninguna gana de desahogarse y hablarles de su miedo a perderla, de que ya la ha perdido, de manera que dice que Willa esta radiante, en plena forma, que el viaje a Inglaterra ha sido como una segunda luna de miel y que le resultaria dificil recordar una epoca en que haya sido tan feliz. Esa respuesta viene y se va en cuestion de segundos, y luego pasan a otras cosas, otras digresiones, otros comentarios sobre una serie de asuntos importantes e insignificantes, pero Willa ya esta en su cabeza, no puede quitarsela del pensamiento, y al ver a Korngold y su ex mujer al otro lado de la mesa, la intimidad y afabilidad de su forma de relacionarse, la furtiva y tacita complicidad que existe entre ellos, comprende lo solo que esta, la soledad en que vive, y ahora que la cena esta llegando a su conclusion teme volver al piso vacio de la calle Downing. Mary-Lee ha bebido el vino suficiente para encontrarse en uno de esos estados suyos expansivos y prodigos, y cuando salen los tres a la calle y se despiden, abre los brazos y le dice: Dame un abrazo, Morris. Un largo y fuerte abrazo para esta vieja gorda. El abraza el voluminoso abrigo lo bastante fuerte para sentir la carne en su interior, el cuerpo de la madre de su hijo, y entonces ella le responde con la misma fuerza, y luego, con la mano izquierda, le da unas palmaditas en la nuca, como diciendole no te preocupes mas, pronto acabaran estos tiempos aciagos y todo quedara perdonado. Vuelve a la calle Downing a pie, con todo el frio, la bufanda roja bien enrollada al cuello, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y esta noche el viento que sopla del Hudson es especialmente fuerte mientras el se dirige por Varick hacia el West Village, pero no se detiene a parar a un taxi, esta noche quiere andar, el ritmo de sus pasos lo tranquiliza como a veces lo hace la musica, como los ninos se calman cuando sus padres los mecen para que se duerman. Son las diez, no muy tarde, aun pasaran varias horas hasta que se vaya a la cama, y piensa que cuando abra la puerta del piso se instalara en el comodo sillon del cuarto de estar y pasara las ultimas horas del dia leyendo un libro, pero cual, se pregunta, que libro entre los miles que atestan las dos plantas del duplex, quiza la obra de Beckett si llega a encontrarla, piensa, la que Mary-Lee esta representando ahora, de la que han hablado esta noche, o si no esa de Shakespeare, el pequeno proyecto que ha emprendido en ausencia de Willa, releer todo Shakespeare, las palabras que han llenado sus horas durante estos ultimos meses entre la salida del trabajo y el sueno, y ahora le toca La tempestad, segun cree, o quizas El cuento de invierno, y si esta noche le resulta imposible leer, si sus pensamientos estan tan enredados con Miles y Mary-Lee y Willa como para no poder concentrarse en la lectura, vera una pelicula por television, el unico sedante en el que siempre se puede confiar, el tranquilizador parpadeo de imagenes, voces, musica, el tiron de las historias, siempre las historias, los miles, los millones de narraciones, y sin embargo uno nunca se cansa de ellas, siempre hay espacio en el cerebro para una mas, para otro libro, otra pelicula, y tras servirse un whisky en la cocina, se dirige al salon pensando en cine, se decidira por una pelicula si es que esta noche ponen alguna que merezca la pena ver.

Antes de que pueda sentarse en el comodo sillon y encender la tele, sin embargo, el telefono empieza a sonar en la cocina, de modo que da media vuelta y va a cogerlo, sorprendido por lo avanzado de la hora, preguntandose quien podra llamar un sabado a las diez y media de la noche. El muchacho es el primero que se le ocurre, Miles, que despues de llamar a su madre quiere probar con su padre, pero no, no puede ser, Miles no lo llamara hasta el lunes como muy pronto, a menos que suponga, quiza, que su padre ya ha vuelto de Inglaterra y esta pasando el fin de semana en casa, o, si no eso, tal vez solo quiera dejar un mensaje en el contestador, tal como ha hecho esta tarde en el de su madre.

Es Willa, que llama desde Exeter a las tres y media de la madrugada, Willa que solloza angustiada, que dice que tiene un ataque de nervios, que su mundo se esta viniendo abajo, que ya no quiere vivir. Sus lagrimas son incesantes y la voz que sale a traves de ellas apenas se oye, muy aguda, como de una criatura, y es un verdadero derrumbe, dice el para si, una persona mas alla de la ira, de la esperanza, una persona enteramente consumida, desdichada, infeliz, pulverizada por el peso del mundo, una tristeza tan agobiante como el lastre de la vida. El no sabe que hacer, aparte de hablar con ella en el tono mas reconfortante que es capaz de adoptar, decirle que la quiere, que cogera el primer avion para Londres manana por la manana, que debe aguantar hasta que el llegue, menos de veinticuatro horas, solo un dia mas, y le recuerda la crisis que le sobrevino alrededor de un ano despues de la muerte de Bobby, las mismas lagrimas, la misma voz debilitada, las mismas palabras, y ella supero entonces aquel trance lo mismo que ahora se sobrepondra a este, debe hacerle caso, el sabe de lo que esta hablando, siempre se ocupara de ella y no debe responsabilizarse de cosas de las que no tiene la culpa. Hablan durante una hora, dos horas, y el llanto acaba cediendo, al fin empieza a calmarse, pero justo cuando el piensa que ya puede colgar sin peligro, las lagrimas arrancan de nuevo. Le necesita tanto, dice ella, no puede vivir sin el, se ha portado horriblemente, de manera mezquina, vengativa y cruel, se ha convertido en una persona horrorosa, en un monstruo, y ahora se odia a si misma, nunca podra perdonarselo, y el trata de tranquilizarla de nuevo diciendole que debe irse a dormir, que esta agotada y ha de irse a la cama, que el estara alli manana mismo, y finalmente, al cabo, le asegura que se ira a acostar y aunque no consiga dormir le promete que no hara ninguna estupidez, se portara bien, se lo jura. Cuelgan al fin y antes de que caiga otra noche sobre la ciudad de Nueva York, Morris Heller esta de vuelta en Inglaterra, yendo de Londres a Exeter para encontrarse con su mujer.

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