instruccion preliminar del caso. ?Tienes algo que decirme al respecto?

En la cocina se instalo el silencio. Olshanski, de pie junto a la ventana, se habia vuelto de espaldas y solo oia como Volodya expulsaba el humo de tarde en tarde. Se giro y, pasmado, se quedo mirando a Lartsev, quien le dirigia una sonrisa radiante.

– ?Te parece divertido? -le pregunto Konstantin Mijailovich cejijunto.

– Mucho -asintio Volodya-. Gracias, Kostia. Gracias por decirmelo. Lastima que no lo hayas hecho en seguida. ?A que esperabas?

– No ha sido facil decidirme. ?Por que me das las gracias?

– Un dia lo sabras. ?Ninula! -grito Lartsev-. Cuelga ya el telefono, ven aqui, tenemos que brindar por tu marido, por Kostia. ?Es un tio fenomenal!

Kostia, el «tio fenomenal», experimentaba decepcion y alivio al mismo tiempo. Por supuesto, estaba contento porque Lartsev no se habia enfadado, ni habia intentado desmentirle o responderle de malos modos, con groserias (aunque Olshanski era consciente de que en materia de groserias le ganaba a cualquiera, por lo que no temia que rebasase las normas convencionales de la comunicacion). Pero lo malo era que, aunque no le dijo que no, tampoco le dijo que si, ni siquiera que tal vez. Habia preferido tomarlo todo a broma, cosa que hizo con un regocijo nada fingido. Y Olshanski sabia distinguir entre una sonrisa sincera y otra forzada. ?Que le pasaba a Volodya Lartsev?

Nadia Lartseva, de once anos de edad, era una nina obediente y muy capaz de valerse por si sola. Se habia estrenado en el desempeno de las funciones de la «senora de la casa» cuando su mama estuvo ingresada durante varios meses en la clinica. Fue entonces cuando Nadiusa, que en aquella epoca tenia ocho anos y solo habia salido a la calle asida a la mano de mama, escucho por vez primera a papa sermonearla sobre las reglas de seguridad personal. Cuando mama murio, la nina se acostumbro pronto a estar sola en casa y a resolver sus problemas sin ayuda de nadie. En el fondo se consideraba adulta y le molestaba muchisimo que su padre siguiera dandole la lata con sus advertencias contra los extranos, a los que no debia contestar nunca si le hablaban en la calle y, sobre todo, no aceptar de ellos ningun regalo ni acompanarles a ninguna parte, por mas cosas maravillosas que le prometiesen. «Pero si esto esta mas claro que el agua -se indignaba Nadia para sus adentros cada vez que el padre volvia a machacarle lo mismo-, ?o es que cree que soy tonta?»

Abandonada a su suerte durante dias enteros, Nadia no se tomaba muchas molestias con los deberes del colegio pero, en cambio, habia leido un monton de libros de adultos, con preferencia novelas policiacas, que en su momento Lartsev habia comprado en grandes cantidades para su mujer, cuando la enfermedad la obligo a permanecer en casa. Estos libros le habian ensenado que clase de desgracias les ocurrian a ninos excesivamente confiados, y se mantenia alerta, repasando en su mente, a todas horas y sin cansarse, las reglas que el padre le habia ensenado: no entrar sola en el portal sino esperar a que se acerque uno de los vecinos cuya cara le resulte familiar; no caminar junto a la calzada; no meterse en calles desiertas; no contestar a intentos de entablar conversacion; si algo le ocurriese en la calle, por ejemplo, un hombre desconocido se pusiese pesado haciendole preguntas y la siguiese, de ninguna forma ir a casa sino entrar en la tienda de alimentacion mas proxima a su bloque de viviendas, esperar alli hasta que apareciera algun vecino de la escalera y pedirle que la acompanara, etcetera. Las reglas eran muchas y casi todas le parecian perfectamente razonables, al menos cuando papa se las explicaba. Todas excepto, tal vez, unas cuantas. Por ejemplo, no acababa de comprender que tenia de malo aceptar regalos de desconocidos. Por mas que Lartsev se empenaba en aclararselo -por un lado, al aceptar un regalo se sentiria en deuda con el que se lo habia ofrecido y le costaria contestar con un no rotundo si este le pidiese lo que fuera, y por otro, un hombre malo o una mujer mala podian colocar algo en ese regalo, por ejemplo, dinero o una sortija con diamantes, y en este caso papa tendria serios disgustos-, todo era en balde.

– No lo entiendo -le contestaba la hija con sinceridad-. Hare lo que me dices pero no lo veo claro.

Esa tarde, en visperas de las fiestas de fin de ano, Nadia regresaba a casa despues de pasar unas horas con una companera de colegio. Juntas habian paseado, habian ido al cine y luego habian tomado te y unas empanadas riquisimas que habia hecho la abuela de la companera. En diciembre oscurecia pronto, y a las cinco y pico, cuando la nina salio a la calle, ya era noche cerrada. Delante del portal de su amiguita estaba aparcado un coche de color verde oscuro. La oscuridad no permitia distinguir el color pero Nadia lo habia visto antes, de dia, cuando ella y Rita volvian del cine…

Entonces el coche estaba aparcado a mitad de camino entre el cine y la tienda de calzado, y Nadia se fijo en el porque detras de la luna trasera, apoyada contra el cristal, habia una Barbie maravillosa, enorme y rubia, el sueno de todas las ninas que conocia. Nadia y Rita se pararon. Para ir a casa de los Lartsev habia que seguir recto pero si Nadia queria acompanar a Rita, tenia que torcer a la derecha.

– Creo que me voy a casa -dijo Nadia indecisa, manoseando frioleramente los picos del cuello de su anorak violeta y dando tirones a la bufanda.

En realidad, volver al piso vacio no le apetecia nada pero espero educadamente a que su companera la invitase.

– Dejate de tonterias -contesto despreocupadamente Rita, una nina alta y desgarbada, cuyas mejores notas eran aprobados, y que no reconocia las palabras «tener que»-. Vamos a mi casa. Hoy la abuelita hace empanadas. Anda, ven conmigo, al menos comeras algo bueno por una vez.

– Le he prometido a papa que despues del cine volveria a casa en seguida. Se enfadara -se resistio Nadia a si misma, sin ganas.

Ultimamente, una buena comida casera, buena de verdad, era una rareza en su casa: el padre no sabia cocinar y ella tampoco. Mientras vivia mama… Ademas, las empanadas de la abuela de Rita eran famosas entre todas las companeras de la clase. Eran unas autenticas obras de arte.

– ?Dejate de tonterias! -repitio Rita; era su frase favorita-. Le llamaras y le diras que estas conmigo. Si hace falta, la yaya hablara con el. Mira, si son las tres solamente. Venga, vamos.

Y Rita, altisima para su edad, le paso a su amiga un brazo por los hombros con gesto protector.

Las ninas doblaron la esquina y en ese momento Nadia vio con el rabillo del ojo a la Barbie rubia. El coche paso lentamente a su lado, doblando a la derecha tambien y se detuvo antes de llegar al cruce, detras del cual habia primero un edificio de cinco plantas y luego otro de dieciseis, en el que vivia Rita. Por un momento, un mal presentimiento le encogio a Nadia el corazon pero, al fin y al cabo, no estaba sola sino acompanada de una amiga, e iban juntas a su casa, donde las esperaba su abuela. Cuando ella, Nadia, saliera para volver a casa, el coche ya se habria marchado. Por algun motivo la nina estaba absolutamente convencida de que asi seria…

Sin embargo, el coche no se habia marchado. Habia luz en su interior y pudo ver con todos los detalles la muneca Barbie, desafiantemente elegante en su traje de noche, de color rojo intenso y adornado con lentejuelas. Nadia se asusto pero acto seguido intento dominarse. ?Por que habia decidido que el coche la esperaba precisamente a ella? Estaba parado, y parado seguiria.

Con resolucion, la nina se encamino hacia el cruce y luego hacia la tienda de calzado. Al llegar hasta la tienda, torcio a la derecha en direccion a su casa, y se sintio mas tranquila. Aqui habia mas luz, las farolas estaban encendidas, transitaba gente. Pero pronto vio el coche de antes, que se deslizo a su lado y, haciendo destellar las luces rojas de los frenos, se detuvo delante de su portal. Nadia aminoro la marcha y se puso a recordar lo que se debia hacer en esa situacion. Ya, aqui estaba, tenia que encontrar a alguien paseando a un perro. Papa le habia explicado que si veia a alguien pasear a un perro, lo mas probable era que viviera por el barrio, por lo tanto, se podia dar por descartado que tuviera algo que ver con los desconocidos que la habian asustado. Normalmente, los desconocidos que seguian a ninas pequenas procuraban hacerlo lo mas lejos posible de sus propias casas. Lo mejor seria buscar a una mujer con un perro. Y mejor aun, que el perro fuese grande.

Nadia miro a su alrededor. Alli solo habia casas sin un solo jardincillo, donde hubiese sido facil encontrar a algun «perrero». Pero sabia que, con toda seguridad, junto a su casa veria a alguno. Por alli solian deambular varios, porque no lejos de alli habia un gran patio ajardinado. El unico inconveniente era que iba a tener que pasar al lado de aquel coche. Pero quiza habria suerte y encontraria a alguien capaz de ayudarla antes de llegar a la altura del automovil.

Asi fue, hubo suerte. A unos quince metros del coche vio a una mujer ataviada con tejanos, chaqueta y gorro deportivo, que le parecio simpatica y que caminaba al lado de un doberman enorme, de aspecto amenazador. Nadia lleno de aire los pulmones y pronuncio la frase que habia preparado de antemano:

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