exquisitos modales de caballero decimononico. Yo me quede a solas con Marina en la sala de los retratos. Me sonrio enigmaticamente y me dijo que estaba escribiendo sobre mi. La idea me dejo aterrado.
– ?Sobre mi? ?Que quieres decir con escribir sobre mi?
– Quiero decir acerca de ti, no encima de ti, usandote como escritorio.
Hasta ahi ya llego. Marina disfrutaba con mi subito nerviosismo.
– ?Entonces? -pregunto. ?O es que tienes tan bajo concepto de ti mismo que no crees que valga la pena escribir sobre ti?
No tenia respuesta para aquella pregunta. Opte por cambiar de estrategia y tomar la ofensiva. Eso me lo habia ensenado German en sus lecciones de ajedrez. Estrategia basica: cuando te pillen con los calzones bajados, echa a gritar y ataca.
Bueno, si es asi, no tendras mas remedio que dejarme leerlo apunte.
Marina enarco una ceja, indecisa.
– Estoy en mi derecho de saber lo que se escribe sobre mi -anadi.
– lo mejor no te gusta.
– A lo mejor. O a lo mejor si.
– Lo pensare.
– Estare esperando.
El frio llego a Barcelona al estilo habitual: como un meteorito. En apenas un dia los termometros empezaron a mirarse el ombligo. Ejercitos de abrigos salieron de la reserva sustituyendo a las ligeras gabardinas otonales. Cielos de acero y vendavales que mordian las orejas se apoderaron de las calles.
German y Marina me sorprendieron al regalarme una gorra de lana que debia de haber costado una fortuna.
– Es para proteger las ideas, amigo Oscar explico German. No se le vaya a enfriar el cerebro.
A mediados de noviembre Marina me anuncio que German y ella debian ir a Madrid por espacio de una semana. Un medico de La Paz, toda una eminencia, habia aceptado someter a German a un tratamiento que todavia estaba en fase experimental y que solo se habia utilizado un par de veces en toda Europa.
– Dicen que ese medico hace milagros, no se… -dijo Marina.
La idea de pasar una semana sin ellos me cayo encima como una losa. Mis esfuerzos por ocultarlo fueron en vano. Marina leia en mi interior como si fuera transparente. Me palmeo la mano.
– Es solo una semana, ?eh? Luego volveremos a vernos.
Asenti, sin encontrar palabras de consuelo.
– Hable ayer con German acerca de la posibilidad de que cuidases de Kafka y de la casa durante estos dias… - aventuro Marina.
– Por supuesto. Lo que haga falta.
Su rostro se ilumino.
– Ojala ese doctor sea tan bueno como dicen -dije.
Marina me miro durante un largo instante. Tras su sonrisa, aquellos ojos de ceniza desprendian una luz de tristeza que me desarmo.
– Ojala.
El tren para Madrid partia de la estacion de Francia a las nueve de la manana. Yo me habia escabullido al amanecer. Con los ahorros que guardaba reserve un taxi para ir a recoger a German y Marina y llevarlos a la estacion. Aquella manana de domingo estaba sumida en brumas azules que se desvanecian bajo el ambar de un alba timida.
Hicimos buena parte del trayecto callados. El taximetro del viejo Seat 1500 repiqueteaba como un metronomo.
– No deberia usted haberse molestado, amigo Oscar -decia German.
– No es molestia -replique. Que hace un frio que pela y no es cuestion de que se nos enfrie el animo, ?eh?
Al llegar a la estacion, German se acomodo en un cafe mientras Marina y yo ibamos a comprar los billetes reservados en la taquilla.
A la hora de partir German me abrazo con tal intensidad que estuve a punto de echarme a llorar. Con ayuda de un mozo subio al vagon y me dejo a solas para que me despidiese de Marina. El eco de mil voces y silbatos se perdia en la enorme boveda de la estacion.
Nos miramos en silencio, casi de refilon.
– Bueno… -dije.
– No te olvides de calentar la leche porque…
– Kafka odia la leche fria, especialmente despues de un crimen, ya lo se. El gato senorito.
El jefe de estacion se disponia a dar la salida con su banderin rojo. Marina suspiro.
– German esta orgulloso de ti -dijo.
– No tiene por que.
– Te vamos a echar de menos.
– Eso es lo que tu te crees. Anda, vete ya.
Subitamente, Marina se inclino y dejo que sus labios rozasen los mios. Antes de que pudiese pestanear subio al tren. Me quede alli, viendo como el tren se alejaba hacia la boca de niebla. Cuando el rumor de la maquina se perdio, eche a andar hacia la salida. Mientras lo hacia pense que nunca habia llegado a contarle a Marina la extrana vision que habia presenciado aquella noche de tormenta en su casa. Con el tiempo, yo mismo habia preferido olvidarlo y habia acabado por convencerme de que lo habia imaginado todo.
Estaba ya en el gran vestibulo de la estacion cuando un mozo se me acerco algo atropelladamente.
– Esto… Ten, esto me lo han dado para ti.
Me tendio un sobre de color ocre.
– Creo que se equivoca -dije.
– No, no. Esa senora me ha dicho que te lo diese insistio el mozo.
– ?Que senora?
El mozo se volvio a senalar el portico que daba al Paseo Colon.
Hilos de bruma barrian los peldanos de entrada. No habia nadie alli. El mozo se encogio de hombros y se alejo.
Perplejo, me acerque hasta el portico y sali a la calle justo a tiempo de identificarla. La dama de negro que habiamos visto en el cementerio de Sarria subia a un anacronico carruaje de caballos. Se volvio para mirarme durante un instante. Su rostro quedaba oculto bajo un velo oscuro, una telarana de acero. Un segundo despues la portezuela del carruaje se cerro y el cochero, envuelto en un abrigo gris que le cubria completamente, azoto los caballos.
El carruaje se alejo a toda velocidad entre el trafico del Paseo Colon, en direccion a las Ramblas, hasta perderse.
Estaba desconcertado, sin darme cuenta de que sostenia el sobre que el mozo me habia entregado. Cuando repare en el, lo abri. Contenia una tarjeta envejecida. En ella podia leerse una direccion:
Mijail Kolvenik, Calle Princesa, 33, 4? 2?
Di la vuelta a la tarjeta. Al dorso, el impresor habia reproducido el simbolo que marcaba la tumba sin nombre del cementerio y el invernadero abandonado. Una mariposa negra con las alas desplegadas.
Capitulo 10
