Asi llegamos a una calle estrecha y de piso irregular en la que yo nunca antes habia estado. Alli fue donde cayo Donop. Pense que habria resbalado en el suelo cubierto de hielo, y le tendi la mano para ayudarle; pero tenia un balazo en el cuello. Busco a tientas mi mano y me entrego todo lo que poseia: un reloj de plata, dos paquetes de cartas, dos billetes de banco, unos cuantos napoleones de oro, una traduccion suya de Suetonio apenas comenzada, una pequena figura de plata con imagenes mitologicas grabadas en relieve y una botella de vino medio vacia. Un granadero que paso corriendo encorvado bajo el peso de su mochila, a la que llevaba atadas sus botas, una cacerola de cobre y una ponchera de plata, se detuvo y lanzo una mirada codiciosa a las monedas de oro que tenia yo en la mano. Me lo guarde todo, pero la mayor parte la perdi dos minutos mas tarde durante la huida. Solo conservo aun el pequeno relieve de plata que representa a Venus y las Horas.
Seguiamos corriendo cuando de repente oimos un silbido penetrante que era contestado desde dos puntos diferentes. En ese mismo momento se nos hizo fuego por delante. Nos detuvimos y miramos a nuestro alrededor.
A culatazos derribamos la puerta de la casa ante la que nos habiamos detenido. Subimos por una retorcida escalera de madera debilmente iluminada; una lampara de aceite ardia en una hornacina debajo de un santo de escayola. La habitacion en la que entramos debia de ser el almacen de un panadero o de un pastelero. Vimos sacos de harina, canastos de castanas o nueces, un barril lleno de huevos empacados en paja de avena y un cajon de chocolate sobre cuya tapa estaba escrito en letras negras:
Dejamos la puerta abierta y cargamos nuestros fusiles. No tuvimos que esperar demasiado: ya oiamos los pasos de los espanoles por la escalera.
Asomo una cabeza, de rostro huesudo y pelo corto y erizado. La reconoci de inmediato, era la del vendedor ambulante de especias de la esquina de la Calle de los Carmelitas. Levante la pistola, pero alguien detras de mi se me adelanto y abrio fuego. Otras figuras aparecieron y se lanzaron sobre nosotros, sonaron disparos, un hacha cayo sobre la mesa dirigida a mis dedos, el humo de la polvora lleno la habitacion.
Cuando pudimos ver claro otra vez, estabamos solos, pero solo cuatro de nosotros nos manteniamos en pie. Desde la escalera nos llego el ruido de una aparatosa caida. Volvimos a cargar nuestros fusiles. Cargamos tambien las armas de los dos caidos, y las dejamos sobre la mesa listas para ser usadas.
Uno de los granaderos se dirigio a mi y me recordo que hacia anos habiamos sido companeros de escuela. Me pidio una pizca de tabaco. Otro se saco las botas, pues tenia los pies llagados por la carrera. Me sentia desfallecer de cansancio.
Entonces vinieron los guerrilleros por segunda vez.
Una bala me paso zumbando junto a la oreja; detras de mi algo cayo al suelo con estrepito. Oi maldiciones y gritos, alguien me agarro por las piernas, la mesa se volco, una mano me cogio por la garganta y fui derribado.
– ?Abran paso! -oi una voz desde la puerta mientras caia. Por encima de mi rostro quedo en suspenso un sable empunado por una mano en alto; quedo eternamente en suspenso, sin abatirse sobre mi-. ?He dicho que abran paso! -volvi a oir la misma voz. Una luz deslumbrante me ilumino la cara, el sable desaparecio y en su lugar vi inclinado sobre mi un penacho blanco y un capote escarlata.
Dos manos soltaron despacio mi garganta. La cabeza me cayo pesadamente hacia atras, golpeandose violentamente contra el borde de un cajon.
– ?Que locura! ?Seguir con el mismo disfraz! -sono junto a mi oido-. ?Cogedlo y llevadlo abajo!
Senti que me elevaban en el aire.
– ?Es que no os dije ya en su momento -oi- que corriais el peligro de no ser reconocido por mis hombres?
Quise abrir los ojos, pero no me fue posible. Senti en la cara el impacto del viento frio y humedo. Alguien me echo un capote encima. Senti un balanceo, me parecia estar aun en el rio, sentado en el bote junto a la Monjita, las aguas arrastraban grandes trozos de hielo que chocaban contra el casco del bote, y desde la orilla se oia a los sauces zumbar al viento.
Luego, de repente, ceso el movimiento, ya no sentia balanceo alguno, yacia blandamente sobre alfombras o mantas.
– ?A quien diablos me trae, capitan? -oi una voz quejosa y malhumorada.
– Al marques de Bolibar -fue la respuesta.
De nuevo un rayo de luz cayo sobre mi cara. Oi murmullos y pasos leves que se alejaban. Una puerta se cerro.
Me dormi.
El marques de Bolibar
Cuando me desperte estaba muy avanzado el dia.
Amodorrado, antes de poder abrir los ojos tuve la incierta sensacion de que la habitacion estaba abarrotada de gente que me contemplaba en silencio. Me parecio oir su respiracion y el roce de sus capotes. Despues, cuando estuve del todo despierto, vi a tres personas que salian furtivamente del cuarto, cada una de ellas haciendole a las otras senas de que no pisaran demasiado fuerte y desapareciesen sin hacer ruido.
En la habitacion quedaron solo dos personas: el capitan ingles de los fusileros de Northumberland, que estaba de pie delante de mi cama cubierto con su capote escarlata y con los brazos cruzados, y el Tonel, que estaba sentado detras de la estufa.
Cuando le vi, volvieron a mi mente de inmediato los sucesos del dia anterior, que el sueno me habia hecho olvidar: el asalto de la guerrilla, la muerte del coronel, de Donop y de Castel-Borckenstein, el desastre que se habia abatido sobre ambos regimientos. Un asombro sin limites ante el hecho de que siguiera vivo se apodero de mi, y justo despues me sobrevino un terror paralizante al verme frente a frente con mi mortal enemigo el Tonel. Pero aquel miedo no duro mas que un instante, y en el siguiente me vino a la mente una idea que me lleno de profunda serenidad: no tenia derecho a ser el ultimo del regimiento que quedara con vida. ?Y podria desear algo mejor que seguir a mis camaradas a la muerte?
– Se ha despertado -oi decir al oficial ingles.
El Tonel profirio con su voz ronca algo que sono como un gemido. Sus piernas, vivamente iluminadas por las llamas de la estufa y extendidas encima de una silla, estaban estrechamente envueltas en panos, pues aquel hombre habia sufrido siempre de gota. Tenia el brazo izquierdo vendado desde el codo hasta el hombro.
– Mis respetos, senor marques -gimio, mientras se frotaba con un trozo de pizarra el gotoso tobillo-. ?Como esta la salud de su excelencia?
Lo mire creyendo que se estaba burlando de mi.
– No ha sido cosa facil dar con vos -informo el capitan-. Ha sido una casualidad, senor marques, la que me ha proporcionado el honor de poneros a salvo.
Salte de la cama. Me daba cuenta ahora, con asombro, de los extranos caminos por los que el destino me conducia de vuelta a la vida. Senti un escalofrio al pensar que yo, su asesino, tendria que hacer el papel del marques de Bolibar. Y resolvi poner fin de inmediato a aquella horrible fantasmagoria.
– Yo no soy el que ustedes piensan -le dije al capitan, forzandome a mi mismo a mirarle a la cara-. El marques de Bolibar esta muerto desde hace tiempo. Soy un oficial aleman de las tropas de la Liga de Renania.
Me senti aliviado tras aquella confesion, y espere con calma mi destino.
El ingles miro primero al Tonel y luego a mi. Sonrio.
– Claro, claro, un oficial aleman -dijo-. Ya lo se. Precisamente el mismo oficial que hace unos dias se asomo por la casa de campo del senor marques, justo una media hora despues de su desaparicion. Un extrano azar, del cual me ha puesto en conocimiento vuestro mayordomo, senor marques. Ha estado aqui esta manana mientras vos dormiais.
– ?Maldita sea! Tengo las piernas que parecen un alfiletero -tercio el Tonel-. Nadie se imagina lo que llega a doler y a pinchar esto.
– ?Esta usted en un error, mi capitan! -exclame-. Soy el teniente Jochberg del regimiento de Nassau.
– Claro, claro, del extinto regimiento de Nassau. De todos los soldados del Emperador, en estos momentos sois sin duda el mas extrano, senor marques.
– ?Soldados del Emperador? -grito furioso el Tonel. Intento ponerse en pie, pero en seguida volvio a caer en su