– Si necesita que diga que Pounds es una victima inocente, no voy a decirlo.
– No necesito eso. Solo necesito que examine esta situacion y como pudo ocurrir.
– No lo se. Joder, ocurrio y punto.
– Cuando agrede fisicamente a alguien, ?no siente que se rebaja al mismo nivel que el hombre que quedo en libertad?
– Ni de lejos, doctora. Deje que le diga algo. Puede usted mirar todas las partes de mi vida, puede agregar los terremotos, los incendios, las inundaciones, los disturbios e incluso Vietnam, pero cuando se trata de mi y de Pounds en esa sala acristalada, nada de eso importaba. Puede llamarlo un momento de locura o como le parezca. A veces, el momento es lo unico que importa y en ese momento hice lo que debia. Y si el objetivo de estas sesiones es que comprenda que me equivoque, olvidelo. Irving me acorralo el otro dia en el vestibulo y me pidio que pensara en escribir una carta de disculpa. A la mierda. Hice lo que debia.
Hinojos asintio con la cabeza, se acomodo en su silla y parecio mas incomoda de lo que habia estado durante la larga diatriba de Bosch. Al final, Hinojos miro su reloj y Bosch el de el. Se le habia acabado el tiempo.
– Bueno -dijo Bosch-. Supongo que he hecho retroceder un siglo la causa de la psicoterapia, ?eh?
– No, en absoluto. Cuanto mas se conoce a una persona y mas se conoce su historia, mas entiende uno las cosas que pasan. Por eso disfruto con mi trabajo.
– Yo tambien.
– ?Ha hablado con el teniente Pounds tras el incidente?
– Lo vi cuando fui a dejarle las llaves de mi coche. Consiguio que me lo retiraran. Fui a su despacho y casi se puso histerico. Es un hombre muy pequeno y creo que lo sabe.
– Normalmente lo saben.
Bosch se inclino hacia adelante, preparado para levantarse e irse, y se fijo en el sobre que Hinojos habia apartado a un lado de la mesa.
– ?Y las fotos?
– Sabia que volveria a sacar el tema. -La psiquiatra miro el sobre y torcio el gesto-. Necesito pensar en ello. A varios niveles. ?Puedo guardarmelas mientras usted se va a Florida? ?O va a necesitarlas?
– Puede quedarselas.
A las cuatro y cuarenta y cinco de la manana hora de California, el avion aterrizo en el aeropuerto internacional de Tampa. Bosch se apoyo con cara de sueno en la ventanilla de la cabina, observando por primera vez el sol que se alzaba en el cielo de Florida. Mientras el avion rodaba por la pista, se saco el reloj y movio las manecillas para adelantarlo tres horas. Estuvo tentado de registrarse en el motel mas cercano para dormir un poco, pero sabia que no tenia tiempo. Segun el mapa de AAA que llevaba consigo, parecia que habia al menos dos horas de coche hasta Venice.
– Es bonito ver un cielo azul.
Era la mujer que tenia al lado, en el asiento del pasillo. Estaba inclinada hacia el, mirando asimismo por la ventanilla. Rondaria los cuarenta y cinco anos y tenia el pelo prematuramente gris, casi blanco. Habian hablado un poco en la primera parte del vuelo y Bosch sabia que no iba de visita, sino que regresaba a Florida. Habia estado cinco anos en Los Angeles y ya tenia suficiente. Volvia a casa. Bosch no pregunto quien o que la esperaba alli, pero se habia preguntado si ya tenia el pelo cano la primera vez que aterrizo en Los Angeles cinco anos antes.
– Si -contesto Bosch-. Estos vuelos nocturnos se hacen eternos.
– No, me referia a la contaminacion. Aqui no hay.
Bosch la miro a ella y luego por la ventanilla, examinando el cielo.
– Todavia no.
Pero la mujer tenia razon. El cielo tenia una tonalidad de azul que el raramente veia en Los Angeles. Era del color de las piscinas, con nubes blancas hinchadas que flotaban como suenos en las capas altas de la atmosfera.
El avion tardo en vaciarse, Bosch aguardo hasta el final, se levanto y estiro la espalda para aliviar la tension. Las vertebras le crujieron como fichas de domino. Cogio su bolsa de viaje del portaequipajes y salio.
En cuanto piso el suelo para subir al autocar, la humedad le envolvio como una toalla, con un calor como de incubadora. Llego a la terminal dotada de aire acondicionado y desecho su plan de alquilar un descapotable.
Al cabo de media hora estaba en la autovia 275, cruzando la bahia de Tampa en otro Mustang de alquiler. Tenia las ventanillas subidas y el aire acondicionado en marcha, pero seguia sudando porque aun no se habia aclimatado a la humedad.
Lo que mas le impresiono de Florida en su primer recorrido en automovil fue lo llano que era el terreno. Durante cuarenta y cinco minutos no aparecio una sola cuesta, hasta que llegaron a la montana de acero y hormigon llamada Skyway Bridge. Bosch sabia que el empinado puente que se extendia por encima de la boca de la bahia era un sustituto del que se habia caido, pero condujo sin miedo y por encima del limite de velocidad. Al fin y al cabo, venia del Los Angeles posterremoto, donde el limite no oficial de velocidad bajo los puentes y en los pasos elevados estaba en el extremo derecho del velocimetro.
Despues del puente, la autovia se fundia con la 75 y Bosch llego a Venice a las dos horas de haber aterrizado. Los moteles pintados en tonos pastel del Tamiami Trail le sedujeron, pero se propuso vencer la fatiga y siguio conduciendo. Busco una tienda de regalos y un telefono publico.
Encontro ambos en el Coral Reef Shopping Plaza. La tienda de Tacky's Gifts and Cards no abria hasta las diez, y a Bosch le sobraban cinco minutos. Fue a un telefono publico situado en la pared exterior color arena del centro comercial y busco en la guia el numero de la oficina de correos. Habia dos, de manera que Bosch saco su libreta y comprobo el codigo postal de Jake McKittrick. Llamo a una de las oficinas y averiguo que el codigo postal que tenia Bosch correspondia a la otra. Le dio las gracias al empleado que le proporciono la informacion y colgo.
Cuando abrio la tienda de regalos, Bosch fue al pasillo de tarjetas y encontro una de cumpleanos que venia con un sobre de color rojo brillante. Se lo llevo al mostrador sin leer siquiera el texto de la tarjeta. Cogio un callejero de un expositor situado junto a la caja y lo dejo asimismo sobre el mostrador.
– Es una tarjeta muy bonita -dijo una mujer mayor que atendia la caja-. Estoy segura de que a ella le encantara.
La mujer se movia como si estuviera bajo el agua y Bosch sintio ganas de inclinarse sobre el mostrador y pulsar el mismo los numeros con tal de terminar.
En el Mustang, Bosch puso la tarjeta en el sobre, lo cerro y escribio el nombre de McKittrick y el numero del apartado de correos en el anverso. A continuacion arranco y volvio a la carretera.
Tardo quince minutos, ayudandose del plano, en llegar a la oficina de correos de West Venice Avenue. Cuando entro, la encontro casi desierta. Un hombre mayor estaba de pie ante una mesa, escribiendo lentamente una direccion en un sobre. Dos ancianas hacian cola en un mostrador. Bosch se coloco detras de ellas y se dio cuenta de que estaba viendo a muchos ciudadanos mayores en Florida, y eso que solo llevaba alli unas horas. Era lo que siempre habia oido decir.
Bosch miro a su alrededor y vio la camara de video en la pared de detras del mostrador. Sabia por su situacion que estaba mas para grabar a los clientes y posibles atracadores que para vigilar a los empleados, aunque sus lugares de trabajo probablemente tambien quedaban a plena vista. No se amedrento.
Saco del bolsillo un billete de diez dolares, lo doblo con cuidado y lo sostuvo junto con el sobre rojo. Despues comprobo el cambio que llevaba y busco el importe adecuado. Le parecio un tiempo exasperantemente largo el que tardo el empleado en atender a la mujer.
– El siguiente.
Era Bosch. Se acerco al mostrador donde esperaba un hombre de unos sesenta anos. El empleado lucia una barba blanca impecable, tenia sobrepeso y su piel le parecio a Bosch demasiado colorada, como si estuviera furioso por algo.
– Necesito un sello para esto.
Bosch presento el sobre y las monedas. El billete de diez dolares estaba doblado encima. El empleado de correos actuo como si no lo hubiera visto.
– Me estaba preguntando si ya han puesto el correo de hoy en los buzones.
– Estan haciendolo ahora mismo.
Le dio a Bosch el sello y barrio las monedas de encima del mostrador. No toco el billete de diez ni el sobre rojo.
