– ?Ah, si?

Bosch cogio el sobre lamio el sello y lo coloco. Despues volvio a poner el sobre encima del billete de diez. Estaba seguro de que el empleado de correos se habia fijado.

– Vaya por Dios, me encantaria darle esto a mi tio Jake. Hoy es su cumpleanos, ?hay algun modo de que alguien lo lleve alli dentro? De esta forma lo recibira cuando venga hoy. Se lo entregaria en persona, pero tengo que volver a trabajar.

Bosch deslizo el sobre con el billete de diez por debajo del mostrador, acercandoselo al hombre de la barba blanca.

– Bueno -dijo el-. Vere que puedo hacer.

El empleado movio el cuerpo y giro levemente, ocultando la transaccion a la camara de video. En un movimiento fluido, saco del mostrador el sobre y el billete de diez. Rapidamente se paso el billete a la otra mano y se lo metio en el bolsillo.

– Ahora vuelvo -dijo a la gente que seguia en la cola.

Ya en el vestibulo, Bosch encontro el buzon 313 y miro por el pequeno panel de cristal. El sobre rojo estaba alli junto con dos cartas. El remite de uno de los sobres blancos era parcialmente visible.

City of

Departm

P.O.Bo

Los Ang

90021-3

Bosch se sentia razonablemente convencido de que el sobre contenia el cheque de la pension de McKittrick. Habia llegado antes de que retirara el correo. Salio de la oficina, se compro dos cafes y una caja de donuts en la tienda abierta las veinticuatro horas y volvio al Mustang para esperar en el creciente calor. Ni siquiera era mayo. No podia imaginar como seria pasar alli un verano.

Aburrido de vigilar la puerta de la oficina de correos durante una hora, Bosch encendio la radio y la encontro sintonizada en una emisora en la que sermoneaba un evangelista sureno. Harry tardo varios segundos en darse cuenta de que el tema del predicador era el terremoto de Los Angeles. Decidio no cambiar de emisora.

«Y pregunto si es una coincidencia que esta calamidad cataclismica se haya centrado en el corazon mismo de la industria que mancha a toda esta nacion con el lodo de la pornografia. ?Yo creo que no! Creo que el Senor asesto un poderoso golpe a los infieles implicados en este negocio vil de miles de millones de dolares cuando abrio la tierra por la mitad. Es una senal, amigos, una senal de las cosas que estan por venir. Una senal de que no todo esta bien en…»

Bosch apago la radio. Una mujer acababa de salir de la oficina de correos con un sobre rojo entre otras cartas. Bosch observo como atravesaba el aparcamiento hasta un Lincoln Town Car plateado. Instintivamente Bosch anoto la matricula, a pesar de que en esa parte del estado no tenia ningun contacto policial que pudiera investigarla para el. Bosch calculo que la mujer tenia unos sesenta y cinco anos. Habia estado esperando a un hombre, pero la edad de ella la hacia encajar. Arranco el Mustang y espero a que la mujer saliera de la plaza de aparcamiento.

La mujer se dirigio hacia el norte por la carretera principal, hacia Sarasota. El trafico avanzaba con lentitud. Despues de recorrer tres kilometros en quince minutos, el Town Car doblo a la izquierda en Vamo Road y a continuacion, casi de inmediato, doblo a la derecha en un camino privado camuflado entre arboles altos y hierba muy crecida. Bosch estaba a solo diez segundos de ella. Cuando la mujer doblo por el camino, Bosch redujo la velocidad, pero no giro. Vio un letrero entre los arboles.

Bienvenidos a

PELICAN COVE

Casas en condominio. Amarres

El Town Car paso junto a la caseta de un vigilante y tras el bajo una barrera a rayas rojas y blancas.

– ?Mierda!

Bosch no habia pensado en una comunidad con barrera. Creia que esas cosas eran raras fuera de Los Angeles. Miro de nuevo el cartel antes de dar la vuelta y dirigirse hacia la carretera principal. Se acordo de que habia visto otro centro comercial justo antes de doblar en Vamo.

Habia ocho viviendas en Pelican Cove que figuraban en la seccion inmobiliaria del Sarasota Herald Tribune, pero solo tres las vendia el propietario. Bosch fue a un telefono publico y llamo al primero. Le salio una cinta. En la segunda llamada, la mujer que contesto explico que su marido iba a pasar el dia jugando a golf y que ella se sentia incomoda ensenando la propiedad sola. En la tercera llamada, la mujer que respondio invito a Bosch a venir enseguida e incluso le dijo que tendria preparada limonada fresca para cuando llegara.

Bosch sintio un momentaneo pinchazo de culpa por aprovecharse de una desconocida que solo intentaba vender su casa, pero se le paso enseguida, en cuanto considero que la mujer nunca sabria que habia sido utilizada y que no tenia alternativa para llegar a McKittrick.

Despues de que el vigilante le dejara pasar y le explicara como llegar al apartamento de la senora de la limonada, Bosch recorrio el complejo densamente arbolado, buscando el Town Car plateado. No tardo mucho en descubrir que el complejo era basicamente una comunidad de jubilados. Paso junto a muchos ancianos en coches o paseando, todos ellos con el pelo blanco y la piel dorada por el sol. Enseguida encontro el Town Car y comprobo su localizacion con el plano que le habia dado el vigilante. Estaba a punto de hacer una visita de rigor a la mujer de la limonada para evitar sospechas, pero entonces vio otro Town Car plateado. Supuso que era un vehiculo popular entre la tercera edad. Saco su libreta y comprobo el numero de matricula que habia anotado. Ninguno de los dos coches era el que habia seguido antes.

Siguio conduciendo y finalmente encontro el Town Car correcto en una casa apartada, en el extremo de la urbanizacion. Estaba aparcado enfrente de un edificio de dos plantas, de madera oscura, rodeado por robles y arboles papeleros. Bosch creyo distinguir seis apartamentos en el edificio. Facil, penso. Consulto el plano y volvio a ponerse en camino hacia la senora de la limonada, que ocupaba el segundo piso de un edificio situado en el otro extremo del complejo.

– Es usted joven -dijo la mujer que abrio la puerta. Bosch estuvo a punto de decirle que ella tambien, pero se mordio la lengua. Aparentaba treinta y tantos, lo cual situaba su nacimiento al menos tres decadas mas tarde que el de cualquiera de las personas que Bosch habia visto en la urbanizacion hasta entonces. Tenia un rostro atractivo y moreno, enmarcado por un cabello que le llegaba a los hombros. Llevaba vaqueros, una camisa Oxford y un chaleco negro con un estampado colorido en la parte delantera. No se habia preocupado de maquillarse en exceso, lo cual a Bosch le gusto. Tenia unos ojos verdes serios que a Bosch tampoco le desagradaron.

– Soy Jasmine; ?usted es el senor Bosch?

– Si; Harry. Acabo de llamar.

– Ha venido deprisa.

– Estaba cerca.

Ella lo invito a entrar y empezo la visita.

– Hay tres habitaciones, como decia el periodico. La habitacion principal tiene bano en suite. El segundo cuarto de bano esta junto al vestibulo principal. Pero lo mejor de la casa es la vista.

Le senalo a Bosch unas puertas correderas de cristal que daban a una amplia extension de agua punteada de islas de mangles. En las ramas de los arboles de esas islas, por lo demas virgenes, habia centenares de aves. La mujer tenia razon, la vista era hermosa.

– ?Que es eso? -pregunto Bosch-. El agua.

– Es… Usted no es de por aqui, ?verdad? Es Little Sarasota Bay.

Bosch asintio al tiempo que reparaba en el error que acababa de cometer al formular la pregunta.

– No, no lo soy. Pero estoy pensando en mudarme.

– ?De donde es?

– De Los Angeles.

– Ah, si, he oido que mucha gente se esta marchando de alli porque el suelo no para de temblar.

– Algo asi.

Jasmine lo condujo por un pasillo hasta lo que deberia ser la habitacion principal. Bosch quedo inmediatamente impresionado por como la habitacion no encajaba con aquella mujer. Era oscura, pesada y vieja. Un escritorio de

Вы читаете El ultimo coyote
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату