lado la impresion de un adolescente debil. El rostro del segundo no era tan feo; los cabellos, mas largos, caian sobre los hombros. El cuerpo estaba cubierto de una pelambrera menos espesa, sobre todo en el pecho, cuya forma denotaba a un ser femenino.

La mujer se dirigio hacia la choza del centro. Marchaba un poco inclinada hacia delante y contoneandose. Sus brazos, caidos, le llegaban casi a las rodillas. Tenia los musculos de los brazos y de las piernas muy desarrollados. Se acerco a la choza de los prisioneros, hincose de rodillas ante 1a hoguera, tendio las manos hacia ella como rogando y luego entro en la choza a cuatro patas.

— ?Ha ido a visitar a nuestros companeros! — dijo Kahstanov.

— ?Y si aprovechasemos que hay poca gente en el campamento para anunciarles nuestra llegada? — propuso Maksheiev.

- ?De que manera? No podemos acercarnos sin que nos vean.

— Vamos a hacer un par de disparos en el bosque y nuestros amigos adivinaran de lo que se trata, puesto que ellos mismos nos propusieron esta manera de anunciarnos.

— ?Y si se alarman los salvajes?

— Como desconocen las armas de fuego, no comprenderan de lo que se trata.

— Pueden lanzarse en nuestra persecucion.

— No lo creo. El miedo se lo impedira.

— Bueno, pues vamos a probar.

Los exploradores retrocedieron un poco en el bosque y dispararon dos veces con cierto intervalo. Luego volvieron a su puesto de observacion en el lindero.

El campamento estaba en efervescencia. Junto a cada una de las chozas habia ahora varios adultos, mujeres en su mayoria, y ninos de diversas edades. Todos miraban hacia el sitio de donde habia llegado aquel ruido desconocido y hablaban entre ellos. Delante de la choza central, cerca de la hoguera, se encontraban los prisioneros, desnudos de cintura para arriba y con los pantalones hechos harapos. Tenian la piel bronceada, los cabellos enmaranados y una larga barba enmarcaba su rostro.

Tambien miraban hacia el lindero con los rostros resplandecientes de alegria.

Subitamente, habiendose puesto sin duda de acuerdo, los dos se volvieron hacia donde habian restallado dos disparos y levantaron los brazos. Los salvajes cayeron en seguida de rodillas y se prosternaron. Se hizo el silencio. Igolkin se irguio entonces y grito hacia el bosque, haciendose un portavoz con las manos:

— Casi todos los hombres de la tribu se han marchado hoy de caza muy lejos y manana se iran las mujeres para ayudarles a despedazar y traer los animales. Solo quedaran los viejos y los ninos. Entonces, pueden venir a liberarnos. Traigannos ropa interior y ropa de abrigo. ?No han tenido ningun contratiempo? ?Han regresado todos? Si me han comprendido, hagan otro disparo en caso de que todo marche bien y dos en caso de que haya ocurrido algo.

Maksheiev retrocedio a rastras inmediatamente y disparo. Al escucharse la detonacion, Igolkin volvio a levantar los brazos; y los salvajes, que se habian incorporado mientras gritaba y le consideraban sorprendidos, volvieron a prosternarse.

Igolkin les dejo permanecer asi un rato y luego, volviendose de cara al fuego, se puso a cantar a voz en grito una alegre cancion de marineros. Arrastrandose, los hombres primitivas se acercaron mas y formaron un ancho circulo en torno a la hoguera, intercambiando algunas exclamaciones de asombro. Se conoce que los prisioneros nunca habian hecho hasta entonces nada semejante.

Maksheiev conto unos cincuenta adultos, en su mayoria mujeres. Los ninos y los adolescentes eran mucho mas numerosos. Estaban de pie o sentados, fuera del circulo de los adultos, y por sus rostros podia verse la enorme satisfaccion que les causaba el canto de Igolkin. Los adultos parecian sorprendidos e incluso asustados por el.

Despues de cantar unos diez minutos, Igolkin levanto otra vez los brazos y se dirigio hacia la choza con Borovoi que, durante el canto, habia permanecido inmovil junto a la hoguera. Los oyentes volvieron tambien a sus viviendas. Sin embargo, dos mujeres se acercaron a la choza de los prisioneros y se instalaron a la entrada, sin duda con el proposito de velar su sueno.

Pronto quedo el campamento envuelto en silencio. Solo crepitaba lea hoguera moribunda en medio del circulo vacio.

Kashtanov y Maksheiev volvieron adonde estaban sus companeros y les refirieron cuanto habian visto y escuchado. Luego discutieron juntos el plan que habian de seguir para librar a sus amigos.

Capitulo LII

LIBERACION DE LOS PRISIONEROS

Despues de un sueno reparador, los viajeros cargaron todo el equipaje en los trineos y se prepararon para ponerse en marcha inmediatamente. Luego se dirigieron hacia el campamento de los salvajes llevando ropa y calzado destinados a los prisioneros, sus escopetas y regalos para los salvajes. Al llegar cerca del calvero escucharon gritos y ladridos. Se conoce que la gente no se habia marchado todavia. Por eso, los exploradores se acercaron con precaucion hasta el lindero y se pusieron a observar desde detras de los arbustos.

Vieron que todo el campamento estaba agitado. Los cazadores llenaban el circulo formado por las chozas.

Hombres y mujeres sacaban de sus viviendas lanzas, jabalinas, raspadores y manojos de correas. Los chiquillos se metian por todas partes, tocaban las armas, recibian pescozones, gritaban y chillaban. Los adolescentes probaban las jabalinas, verificaban la punta de las lanzas haciendo como si se pinchasen los unos a los otros. Unos quince perros, en los que se podia reconocer facilmente a los perros de la expedicion, aunque casi en estado salvaje, se mantenian fuera del circulo alejados de las chozas. Evidentemente se preparaban a acompanar a los,cazadores y, entretanto, se peleaban y se mordian.

Las armas estuvieron por fin reunidas, y los adultos, provistos de sus lanzas, se encaminaron hacia el Este. Les seguian los adolescentes llevando las jabalinas, los cuchillos y las correas. Se conoce que hacian de escuderos y portadores. Los chiquillos, unos de pie y otros a cuatro patas, corrian detras y a los lados lanzando gritos. Los perros seguian de lejos. Al final del calvero, los pequenos aflojaron el paso y volvieron hacia atras, mientras el grupo de calzadores, compuesto lo menos de cincuenta personas, avanzo en fila india por un sendero y desaparecio poco a poco en el bosque.

Solo habian quedado en el campamento los viejos, que se dedicaron a limpiar las chozas y sacudir las pieles que servian de camas y de mantas. Unas viejas encorvadas abandonaron sus chozas y se sentaron a la puerta. Los mas pequenos salian a rastras y los ninos de pecho eran sacados en brazos y acostados en unas pieles junto a las chozas mientras las limpiaban.

Pero tres mujeres adultas habian quedado cerca de la choza de los prisioneros, sin duda como centinelas. Una de ellas se puso a sacar correas de un trozo de cuero con un cuchillo de hueso. Otra tallaba varitas para las flechas con un cuchillo de la misma materia y la tercera partia unos grandes huesos para hacer con sus trozos puntas de lanzas y de flechas.

Al poco rato salio lgolkin de la choza, medio desnudo como la vispera. Echo mas lena a la hoguera y se sento junto a las mujeres. Despues de intercambiar con ellas algunas palabras, saco su gran cuchillo de marinero y les ayudo a cortar las correas, con lo cual el trabajo avanzo mucho mas de prisa. Borovoi salio a su vez, pero, en lugar de buscarse una ocupacion, volvio los ojos hacia el sitio donde habian restallado la vispera los disparos de sus companeros.

Al ver aquella escena de amistosa colaboracion entre un marinero del siglo XX y unos seres de la Edad de Piedra, los observadores, ocultos entre los matorrales, no pudieron evitar una sonrisa. El escaso numero de personas que habian quedado y lo primitivo de su armamento les infundia la seguridad de que lograrian liberar a sus companeros, de buen grado o por la fuerza. De todas formas, habia que aguardar todavia hora y media o dos horas para que los cazadores se alejasen bastante y no pudiesen oir las llamadas ni los disparos y tampoco consiguieran las mujeres de guardia darles alcance y volverlos a traer en breve plazo.

Los ninos que habian acompanado a los cazadores iban regresando y se ponian a jugar dentro y fuera del

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