A pesar de su actitud aparentemente despreocupada, Stephen supo detectar cierta nota de amargura en aquellas palabras, una amargura que el se sentia impelido a desterrar.
– Te aseguro que tu podrias inspirar la vena poetica en cualquier hombre.
– ?Ah, si? -Una chispa de malicia ilumino los ojos de Hayley-. ?Hasta en ti?
– Hasta en mi.
– No te creo.
– Me encantaria demostrartelo… pero te costara lo que nos hemos apostado.
– ?Te refieres a que entonces no podre obligarte a arrancar las malas hierbas del jardin?
– Exactamente.
Hayley se dio varios golpecitos en la mejilla con los dedos mientras consideraba ambas opciones.
– Esta bien. -Levantando una ceja con malicia, anadio-: Asi podre poner a prueba tus dotes como tutor, comprobando lo bien que manejas el lenguaje. -Se puso comoda de una forma un tanto teatral, colocandose ruidosamente la falda alrededor del cuerpo y luego dijo-: Estoy lista. Soy todo oidos.
Stephen paseo lentamente la mirada por el rostro de Hayley, deteniendose largamente en su boca y luego volviendo a reencontrarse con sus ojos.
Stephen rozo suavemente sus labios con los de Hayley y luego se retiro. Ella lo miro fijamente, claramente aturdida.
– ?Y bien? -pregunto el-. ?He pasado la prueba?
– ?Prueba? ?Que prueba?
– La de mis dotes como tutor. -Alargo el brazo y le acaricio la tersa mejilla con un dedo.
Ella se quedo paralizada.
– Me has tocado.
– Si.
– Pero creia que no te gustaba.
El no podia dejar de mirarla.
– Si que me gusta, Hayley. Mucho.
Los ojos de Stephen se detuvieron en un resplandeciente rizo que se habia escapado del fino recogido que llevaba Hayley aquella noche. En vez de inspirarle decoro, lo unico que le inspiraba aquel mono era el deseo de arrancarle todos aquellos alfileres de la sedosa melena y ver como se le desparramaba por la espalda. La necesidad de volverla a besar turbaba sus sentidos y le invadio el intenso deseo de fundirse con ella. Aquella mujer habia tocado algo muy profundo en su interior, una parte de el que ni siquiera sabia que existia antes de conocerla.
– Gracias por el poema. Es precioso.
La suave caricia de la voz de Hayley en su oreja debilito las defensas de Stephen. Apartando firmemente su sentido comun, Stephen dio rienda suelta a sus deseos, largamente reprimidos. Introdujo los dedos entre los sedosos rizos de Hayley y cubrio sus labios con los suyos, buscando con la lengua la entrada de su boca.
Ella le rodeo el cuello con los brazos y abrio los labios, acogiendo el empuje de la lengua de Stephen y devolviendole el beso con un abandono que todavia alimento mas el fuego que ardia dentro de el. Stephen hundio su boca en la de ella una y otra vez, aumentando la duracion y la intensidad con cada beso hasta que sintio que iba a explotar. Sin separar su boca de la de Hayley, la sento sobre sus muslos. Stephen contuvo un gemido cuando ella, al cambiar de postura, apreto involuntariamente las nalgas contra su creciente excitacion.
«Tengo que parar. Parar de besarla. Parar de tocarla.» Pero, mientras se repetia aquellas palabras, empezo a acariciar la calida y prominente redondez de su seno. El pezon se contrajo al entrar en contacto con su palma, y el supo que su conciencia acababa de perder la batalla. Con un hondo gemido, Stephen empujo la espalda de Hayley contra los cojines del sofa, recostandola y medio cubriendola con su cuerpo.
Enredo los dedos en los sedosos cabellos de Hayley, luego recorrio sus costados con ambas manos y volvio a subir a los senos, acariciando sus tersos contornos y apresandolos con las palmas de las manos. Completamente perdido en la exquisitez de aquel tacto y de aquel embriagador perfume a rosas, sus labios recorrieron el cuello de Hayley y siguieron descendiendo, besandole los senos a traves del fino tejido del vestido.
El levanto la cabeza.
– Abre los ojos, Hayley.
Ella abrio lentamente los parpados y, al contemplar el brillo del deseo en sus acuosas profundidades, Stephen sintio que se le tensaban los genitales con un palpitante dolor. Se llevo la palma de Hayley a los labios y la beso ardientemente. Ella elevo la parte inferior del cuerpo, haciendo gemir a Stephen al apretar los muslos contra su excitacion. Mirando fijamente aquellos luminosos ojos, rebosantes de deseo, nublados por el placer, Stephen apreto los dientes para contener el acuciante impulso de poseerla. Queria hacer muchisimo mas que besarla.
Ella era una hembra acogedora y entregada que pedia mas, y el un macho que ardia en deseos carnales, atormentado por aquel palpitante dolor en la entrepierna. El impulso de levantarle las faldas y hundirse en su calidez de terciopelo le estaba volviendo loco. «Es mia. En menos de diez segundos podria estar dentro de ella, poniendo fin a este incesante e insoportable dolor.»
Pero no podia hacerlo. Hayley era virgen y, sin lugar a dudas, estaba mareada y confusa a consecuencia de aquel generoso trago de brandy. Y ella merecia muchisimo mas que un rapido revolcon en un sofa con un hombre que iba a marcharse dentro de poco, un hombre que le habia pagado su bondad con mentiras y duras criticas.
Pero, ?maldita sea!, Hayley no se parecia a ninguna de las virgenes que el habia conocido. El era alergico a las mujeres inocentes. Eran apocadas, aburridas, sosas y generalmente iban custodiadas por una madre obsesionada con encontrarles marido. Hayley le retaba, le provocaba, le confundia y le fascinaba. Y, lo peor de todo, le excitaba hasta el punto de provocarle dolor.
Nunca supo de donde saco las fuerzas para alejarse de Hayley, pero, murmurando una blasfemia contra si mismo, se obligo a separarse de ella y se incorporo, sentandose en el sofa. «??Maldita sea!! ??Maldita sea!!»
Apoyando la cabeza en las manos, Stephen cerro los ojos e intento calmar sus desquiciados nervios. Tenia que alejarse de aquella mujer. De alguna forma, ella habia sido capaz de despojarle de su sentido comun. Se moria por ella. Su cuerpo pedia a gritos el contacto con su piel. Le estaba volviendo completamente loco. «No deberia haber iniciado esto. Deberia haber dejado que siguiera enfadada conmigo.» Pero habia preferido egoistamente volver a ver aquel brillo tentador en sus ojos.
Ella se incorporo y se apoyo en el brazo de Stephen.
– Oh… la cabeza -se quejo- ?Como me late!
«Yo se muy bien lo que es latir, creeme», penso y, sacando fuerzas de flaqueza, se levanto.
– Subamos arriba -dijo laconicamente. La cogio firmemente por las axilas, la ayudo a ponerse en pie y luego practicamente la arrastro por el salon.
– ?Espera! -le dijo respirando con dificultad-. Todo me da vueltas.
Pero Stephen no espero. No se atrevio a hacerlo. Sujetandola con firmeza con un brazo, medio la guio, medio la arrastro escaleras arriba. No se detuvo hasta que llegaron a la alcoba de Hayley. Abrio la puerta, la empujo
