Stephen volvio a penetrar la acogedora calidez de Hayley, incapaz de controlarse por mas tiempo. Una fuerza inexplicable se habia apoderado de el. Por completo. Su cuerpo se movia involuntariamente, entrando y saliendo de ella, cada vez mas deprisa, cada vez con mas intensidad. El sudor le salpicaba la frente y le cubria la espalda, resbalandole por la piel. Cuando sintio que las aterciopeladas paredes de Hayley se contraian a su alrededor, perdio el control por completo. Embistio una y otra vez, cegado por la pasion, dominado por un torrente de sensaciones. Cuando alcanzo el climax, sus espasmos fueron increiblemente fuertes. Y la penetro por ultima vez, con impetu salvaje.

Cuando por fin cesaron los espasmos, Stephen se desplomo sobre ella, incapaz de moverse, apenas capaz de respirar. Sabia que probablemente la estaba aplastando, pero no podia mover ni un musculo.

Hayley lo rodeo con los brazos, acariciando su resbaladiza espalda, empapada de sudor, y se apreto contra su pecho.

– Quiero hacer otra vez el amor -le susurro al oido al cabo de varios minutos.

Si Stephen hubiera sido capaz de reir, lo habria hecho. «?Por Dios! ?Esta mujer me va a matar! Pero vaya forma tan maravillosa de morir.»

Capitulo 22

Varias horas despues, mientras Hayley dormia, Stephen yacia en la misma cama, con los ojos como platos, mirando el techo. Se sentia mas vivo de lo que se habia sentido en toda su vida, pero su estado de euforia enseguida dio paso a un profundo sentimiento de aborrecimiento y odio contra si mismo.

Hacer el amor con Hayley habia sido algo imperdonable, estupido, aparte de absolutamente egoista, pero no le sabia mal haberlo hecho. Intento sentir remordimientos, pero le resultaba imposible. La noche habia sido demasiado hermosa, demasiado magica para estropearla con auto reproches.

En cierto modo, habia sido inevitable. Habia deseado a Hayley desde el primer momento en que la vio dormida en el sofa, agotada de tanto cuidarle. Habia algo en ella que le habia atraido desde el principio.

Las emociones que Hayley era capaz de despertar en el le aturdian sobremanera. El nunca habia sentido nada mas que deseo carnal por cualquiera de sus ex amantes, mujeres que se le acercaban porque sabian que era marques. Ninguna de aquellas mujeres superficiales le habia conmovido o provocado ninguna emocion. ?Se le habrian acercado si no hubieran sabido que era un marques? Tal vez, pero seguro que solo en busca de placer sexual.

Pero Hayley no sabia quien era el. Y le habia hecho sentir cosas que el habria jurado que era incapaz de sentir.

Como los celos. Stephen habia experimentado su primer ataque de celos la primera vez que Hayley menciono el nombre de Poppledart. La mera idea de que otro hombre, cualquier hombre, pudiera tocarla le ponia furioso, llenandole de una rabia gelida y malsana.

Y luego estaba aquel repentino e inaudito encarinamiento con los ninos, las ancianas y los sirvientes irreverentes. ?De donde diablos habia salido todo aquello?

Y luego estaba aquella maldita palabra.

Callie le queria. Y Hayley le queria. Un nudo del tamano de una taza de te se le alojo en la garganta. «?Dios! ?Tengo casi treinta anos y nadie me habia dicho nunca esas palabras hasta que llegue aqui!» Su propia familia, exceptuando a Victoria, apenas le soportaban y, sin embargo, los Albright, a quienes hacia solo unas semanas que conocia, le querian.

Stephen nego repetidamente con la cabeza. La mujer que tenia entre sus brazos le importaba mucho. ?Como no iba a importarle? No tenia ni un apice de maldad o mentira. Pero, ?la queria? Stephen dudaba de su capacidad de querer realmente a alguien. La vida entre miembros de la alta sociedad que intentaban ascender cada vez mas en la escala social y que, si te descuidabas, te asestaban una punalada por la espalda le habia vuelto demasiado cinico, demasiado hastiado y demasiado descreido. Estaba demasiado corrompido desde el punto de vista moral para creer en ese cuento de hadas al que cantan universalmente los poetas: el amor.

Hayley se agito en suenos y los brazos de Stephen se apretaron con mas fuerza alrededor de su cuerpo. El sabia que ella sufriria mucho cuando se enterara de su marcha, pero tenia que irse. Tenia un asesino que desenmascarar, un detalle que parecia olvidar con pasmosa facilidad. Tenia que concentrar todas sus energias en descubrir la identidad de su enemigo, o seria hombre muerto. Una vez que apresaran a la persona que queria verlo muerto, el podria reanudar su vida.

Y Hayley reanudaria la suya. Ella creia estar enamorada de Stephen Barrettson, tutor, pero Stephen sabia que aborreceria a Stephen Barrett, marques de Glenfield. «Tal vez encuentre la felicidad al lado de Poppledink.»

Aquella idea lleno a Stephen de una rabia incandescente, pero lucho contra ella con todas sus fuerzas. Ella se merecia ser feliz. El no podia quedarse alli, y sabia que su estilo de vida superficial y disoluto entre la gente de la ciudad horrorizaria a Hayley.

Ella no aguantaria ni cinco minutos entre las mujeres libertinas e inmorales de Londres. La ciudad la despojaria de todas aquellas cosas maravillosas y fascinantes que la hacian unica. Si, ella merecia a alguien mejor que el. Fuera quien fuese el hombre que acabara con ella, iba a ser un canalla con suerte.

«Siempre y cuando yo no le vea ponerle las manos encima. O se convertira en un canalla muerto.»

A la manana siguiente, Hayley se desperto lentamente. La calida luz del sol se colaba entre las cortinas de su alcoba. Se desperezo y sus musculos protestaron por un dolor sumamente placentero. Le inundaron los recuerdos de la noche anterior, y un ardiente rubor la bano de pies a cabeza. Volvio la cabeza, esperando ver a Stephen estirado a su lado, pero la cama estaba vacia. Se dio la vuelta, apoyando la cabeza en la impronta que habia dejado Stephen en la almohada junto a la suya y respiro hondo.

El lino blanco de la almohada olia exactamente como el. A limpio, con toques de madera y almizcle. Colocandose la almohada sobre la cara, la abrazo y suspiro de pura felicidad.

La noche anterior Stephen la habia hecho mujer. Y se sentia mujer. Una sonrisa de complicidad curvo los labios de Hayley, al evocar el tacto de las manos de Stephen, el sabor de su piel, la sensacion de tenerlo en su interior, clavado en sus entranas. Un placentero escalofrio atraveso todo su cuerpo. ?Como iba a impedir que el resto de la familia se enterara? Seguro que su rostro la delataba.

Se levanto de un salto y corrio hasta el tocador. Se miro fijamente en el espejo en busca de signos visibles de su recien estrenada condicion de mujer. Extranamente, tenia el mismo aspecto de siempre, con la salvedad de los labios hinchados y aquel brillo de felicidad en los ojos.

Sintiendose como si estuviera flotando en una nube, Hayley se vistio a toda prisa. No estaba segura de lo que iba a decirle a Stephen aquella manana; lo unico que sabia era que se moria de ganas de verle. Seguro que, despues de la maravillosa noche que habian pasado juntos, podria convencerle para que se quedara en Halstead. Era imposible que siguiera pensando en marcharse despues de lo que habian compartido.

El le habia dicho que no tenia nada que ofrecerle, pero ella solo lo queria a el. Se abrazo a si misma y empezo a dar vueltas por la habitacion, girando como una peonza, ?Nada era imposible aquella manana! Tenian que encontrar un trabajo para Stephen como tutor cerca de Halstead; el tenia que escribir una carta renunciando al trabajo que tenia programado. ?Y hasta se atreveria a sonar con posibles planes de boda? Un hormigueante escalofrio la atraveso de pies a cabeza ante la mera idea. ?Habia tantas cosas maravillosas que hacer!

Acababa de abrocharse el ultimo boton del vestido cuando oyo que alguien llamaba a la puerta.

– Adelante -dijo.

Pamela entro en la alcoba, con una mirada extrana e inquietante en el rostro.

– ?Pamela! -Hayley corrio hacia ella y le dio un abrazo-. ?Que tal fue el resto de la fiesta con Marshall? ?Te lo pasaste bien?

Pamela sonrio.

– Fue maravilloso. Hayley…

– Me muero de ganas de oirlo -la interrumpio-. Quiero que me lo cuentes todo con pelos y senales. Venga, vamos abajo para hablar sobre ello delante de una humeante taza de te.

– Luego, Hayley. Ahora tengo algo que contarte.

Por primera vez desde que Pamela habia entrado en la habitacion, Hayley se percato de su expresion preocupada.

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