dio antes de que abandonara Londres, no he escrito a lord Greybourne para informarle de nada relacionado con el museo.

Afectuosamente,

Simon Wentworth

Andrew dejo escapar un largo suspiro y se meso los cabellos. Su mente proyecto el brillante suelo de tarima y las paredes profusamente revestidas con paneles de madera del museo. Y todas aquellas hermosas ventanas de cristal viselado… ?Maldicion! Todo ese trabajo destruido. Se sintio presa de la nausea. Y doblemente, ante la idea de dejar a Catherine, sobre todo en ese momento. Pero no tenia eleccion. Y debia decirselo. Se metio la nota en el bolsillo del chaleco y salio en silencio de su habitacion.

Con la piel todavia hormigueante tras un bano caliente, Catherine miro por la ventana de su habitacion el suave resplandor del sol de la manana reflejando destellos de plata en la hierba cubierta de rocio. Su mirada deambulo libremente hacia el jardin… hacia el sendero que Andrew y ella habian recorrido la noche anterior.

Sus ojos se cerraron. Por su mente destellaron vividas imagenes de como habian pasado las horas hasta poco antes del amanecer… explorandose intima y mutuamente los cuerpos. Compartiendo el vino, el pan y el queso. Andrew dandole de comer las fresas. Riendo. Tocandose. Volviendo a hacer el amor, despacio, saboreando cada caricia. Cada mirada. Cada beso. Cada embestida de su cuerpo dentro del suyo.

A pesar de todas las veces que Catherine habia imaginado lo que seria estar con un amante, de toda la curiosidad que la Guia habia despertado en su mente, nunca, ni una sola vez, habia imaginado nada semejante a lo vivido la noche anterior. Siempre habia creido que la imaginacion podia conjurar escenarios que la realidad jamas llegaba a igualar.

?Que equivocada habia estado al creer algo asi!

La imaginacion no podia experimentar la maravilla de los labios y las manos de Andrew adorandola, quemandolo todo, cualquier pensamiento, excepto el. Sentir sus pechos aplastados contra su calido pecho desnudo de hombre. El olor almizcleno del acto amatorio envolviendolos en la luz dorada y en el aire quieto del belvedere. La textura de su piel firme bajo las yemas de sus dedos. Y el placer de mirarle…

Dejo escapar un largo y femenino suspiro. Dios santo, el placer de mirarle… su cuerpo fuerte y musculoso brillando en la parpadeante luz, totalmente excitado. Para ella. Por ella. Sus ojos negros de deseo. Ardientes de deseo. Colmados de un ardor totalmente ligado con la suavidad de sus caricias. La expresion embelesada de Andrew al excitarla mas alla de lo humanamente soportable. Y luego la sensual y saciada languidez resplandeciendo en esos ojos en los instantes posteriores a la pasion. Su rapida sonrisa. Su preciosa sonrisa. Y aun asi, detras de su humor, aquel enfervorizador calor destellando justo debajo de su superficie.

Desgraciadamente, Catherine sospechaba que sentia algo mas que un simple calor enfebrecido por Andrew. Y eso era inaceptable. Inquietante. Y, sobre todo, aterrador.

No podia ni debia permitirse olvidar que eso era temporal. Conocia a la perfeccion el mal de amores implicito en una relacion permanente. Y a menos que olvidara…

Cruzo la estancia hasta su armario y se arrodillo para coger un pequeno joyero de caoba que conservaba escondido en el rincon trasero bajo unas mantas. Abrio la tapa y saco el anillo que guardaba dentro. Se levanto y miro fijamente el anillo de boda de diamantes que tenia en la palma de la mano. Cinco kilates de perfecta brillantez, rodeados de una docena de piedras mas pequenas, todas de identica perfeccion. Un anillo que la mayoria de las mujeres codiciarian. Desgraciadamente, Catherine no era como las demas mujeres. Habia conservado aquel doloroso recuerdo del pasado para no olvidar jamas el vacio que resultaba de todas sus promesas. Una mirada a la joya era un recordatorio forzoso de que no debia ni podia permitir que una noche de pasion perturbara su sentido comun. Independientemente de lo que fueran esos… sentimientos hacia Andrew, tenia que dejarlos a un lado. Olvidarlos. Disfrutarian de unos dias mas juntos y luego cada uno seguiria su camino, conservando ambos maravillosos recuerdos, pero nada mas.

Satisfecha en cuanto se aseguro de haber colocado todo en su justa perspectiva, estaba a punto de volver a poner en su sitio el joyero cuando oyo que alguien llamaba con suavidad a su puerta. Se metio el anillo en el bolsillo y, preguntandose si Mary habria olvidado algo cuando le habia subido el desayuno, dijo:

– Pase.

Se abrio la puerta y Andrew aparecio en el umbral. Limpio y recien afeitado, con el pelo pulcramente peinado, sus pantalones de gamuza y su chaqueta azul marino acentuando sus atractivos rasgos morenos, la corbata perfectamente anudada y las botas lustrosas como espejos. Lo vio alto y fornido, masculino y atractivo y, con los ojos clavados en ella, quiza un poco rapaz y peligroso. El corazon le dio un vuelco y sintio hormiguear de pura alerta cada una de sus terminaciones nerviosas.

La mirada de Andrew descendio por su cuerpo, provocando en Catherine una mayor conciencia de que no llevaba puesto nada bajo la bata de saten ligeramente anudada alrededor de la cintura. Le temblo la piel de anticipacion bajo la mirada pausada de el. Cuando por fin los ojos de ambos volvieron a encontrarse, Andrew echo la mano hacia atras y cerro la puerta. El silencioso chasquido reverbero en su cabeza e intento desesperadamente recordar el sabio consejo de la Guia sobre como saludar al amante tras pasar una noche desnuda en sus brazos. Su sentido comun le grito que el no deberia estar alli, que no le queria alli. Su dormitorio era su santuario. Su refugio. El de ella. Desgraciadamente, los ensordecedores latidos de su corazon ahogaron su sentido comun.

Andrew camino despacio hacia ella con todo el aspecto de un lustroso gato salvaje acechando a su presa, y el ritmo del corazon de Catherine se duplico al ver el voraz destello que iluminaba sus ojos. Viendose de pronto incapaz de cualquier movimiento o discurso, espero a que el se detuviera, a que sonriera, a que dijera buenos dias, pero el no hizo nada de eso. Por el contrario, avanzo directamente hacia Catherine, la estrecho sin mediar palabra entre sus brazos y bajo la boca hasta la de ella.

«Oh, Dios», fue su ultimo pensamiento coherente mientras se limitaba a entregarse a la exigencia de aquel beso. El limpio aroma de Andrew la rodeo, como tambien el calor de su cuerpo. La fuerza de sus brazos. La apremiante presion de sus muslos contra los suyos.

Catherine separo los labios y fue recompensada con la sensual caricia de una lengua contra la suya. Y sus manos, esas gloriosas, grandes y callosas manos que solo podian ser descritas como magicas, parecian estar por todas partes. Peinandole los cabellos. Deslizandose por su espalda. Agarrandole las nalgas. Acariciandole los pechos. Y todo ello mientras su boca devoraba la de ella con una ardiente avidez que la dejo sin aliento y hambrienta de mas. ?Habian pasado solo unas horas desde que habia estado en sus brazos? En cierto modo, le parecian anos.

Los brazos de Andrew se estrecharon a su alrededor y Catherine se deleito con su fuerza, elevandose sobre las puntas de los pies, intentando acercarse mas a el. De pronto, el cambio el ritmo de su frenetico beso, suavizandolo hasta convertirlo en un lento y profundo fundido de bocas y lenguas que le disolvio las rodillas. Cuando por fin el levanto la cabeza, Catherine no podria haber jurado que recordaba como se llamaba.

– Buenos dias, Catherine -susurro contra sus labios.

«Catherine. Si, claro. Ese es mi nombre.»

Supuso que habia murmurado «buenos dias», aunque no estaba segura de haberlo hecho. El se inclino hacia delante y arrimo sus labios contra el sensible pliegue donde su cuello entroncaba con su hombro.

– Hueles maravillosamente. -Su calido aliento le acaricio la piel, despertando en ella un bombardeo de ardientes escalofrios-. Como un jardin de flores.

Reuniendo todas sus fuerzas, Catherine senalo la banera de bronce situada en un rincon de la habitacion.

– Acabo de banarme.

Andrew se volvio, miro a la banera y gimio.

– ?Quieres decir que si hubiera llegado hace unos minutos te habria sorprendido en el bano?

– Eso me temo.

Sus dientes le tiraron levemente del lobulo de la oreja.

– Debere procurar corregir mi lamentable sentido de la oportunidad. Aunque, no se si mi corazon habria podido soportar verte en el bano. ?Tienes alguna idea de hasta que punto tenerte ante mis ojos, simplemente ahi de pie en camison, me ha afectado?

Catherine se recosto en el circulo de sus brazos. Sin duda pretendia mostrarse remilgada. Timida. Aunque la

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