Recuerdo que algo parecido le ocurrio hace anos a sir Whitscour durante las obras de restauracion de su propiedad en Surrey.
– Lo recuerdo -dijo lord Borthrasher, levantando su prominente barbilla-. En cuanto sir Whitscour termino de recomponer todos los danos, volvieron a destrozarselo todo. Quiza estemos ante una situacion similar.
– Les doy mi palabra de que se tomaran las medidas necesarias para asegurarnos de que el museo no sufra mas danos. Contrataremos a guardias adicionales para que patrullen el perimetro de la propiedad -dijo.
– Todo eso esta muy bien -dijo el senor Carmichael-, pero, segun me ha dicho el magistrado, el museo contaba ya con vigilancia y los vandalos han dejado sin sentido a su hombre. Independientemente de la cantidad de guardias que pueda emplear, no seran impedimento alguno para una potencial banda de maleantes. -Sacudio la cabeza-. Siento decirle, senor Stanton, que lo que he visto aqui, junto con lo que oi anoche, me convence de que invertir en su museo no es un riesgo que este dispuesto a correr.
– ?Lo que oyo anoche? -pregunto Andrew-. ?A que se refiere?
– Durante la velada a la que asisti me llegaron rumores sobre la seguridad economica, o mas bien la falta de ella, de la empresa que gestiona el museo. Como tambien sobre cuestiones concernientes a la autenticidad de algunas de las antiguedades que lord Greybourne y usted afirman poseer.
Andrew se obligo a conservar los rasgos del rostro perfectamente inmutables mientras era presa de una oleada de rabia.
– No tengo la menor idea de donde han podido surgir rumores tan malevolos, pero lo cierto es que me sorprende que haya prestado atencion a tan ridiculos chismes, senor Carmichael. Le aseguro que el museo goza de una perfecta salud financiera. Estaria encantado de mostrarles, a todos ustedes, las cuentas como prueba de ello. En cuanto a las antiguedades, todas han sido debidamente autentificadas por expertos adjuntos al Museo Britanico.
La frialdad no desaparecio de los ojos del senor Carmichael.
– No tengo deseos de ver esas cuentas, puesto que este proyecto no tiene ya para mi ningun interes ni consecuencia. Simplemente doy gracias por no haber invertido ni una sola libra en esta locura. -Se volvio hacia sus acompanantes e inclino la cabeza-. Naturalmente, ustedes tres deben tomar sus propias decisiones sobre esta cuestion. Lord Avenbury, lord Ferrymouth y el duque de Kelby esperan ansiosos oir lo que hoy hemos visto aqui, y creo no equivocarme al pensar que el informe no va a parecerles en absoluto favorable.
– Para usted es facil dar marcha atras, Carmichael -gruno lord Borthrasher-. Para mi es demasiado tarde. Ya he dado quinientas libras.
– Inversion que vera sus frutos en cuanto… -empezo Andrew.
– Lamento decir que estoy con Carmichael en esto -dijo lord Kingsly-. Greybourne es un buen hombre, pero esta claro que su interes por el museo ha menguado ostensiblemente desde su boda y yo no estoy dispuesto a malgastar mi dinero. Ya se encarga de ello mi esposa.
– Debo mostrar mi acuerdo con los caballeros -dijo la senora Warrenfield con su voz ronca colmada de pesar-. Lo siento de verdad, senor Stanton, pero como usted bien sabe, tengo una salud fragil. Sencillamente seria demasiado para mi delicado estado tener que estar preocupandome constantemente por no recibir nada a cambio de mi inversion.
Andrew rechino los dientes. A juzgar por la expresion de sus rostros, no le cupo duda de que ningun intento por su parte serviria para hacerles cambiar de opinion… al menos no ese dia.
– Entiendo. Aunque comprendo lo que les preocupa, les aseguro que sus temores son totalmente infundados. Cuando las reparaciones se hayan completado, espero que reconsideren su postura.
Las expresiones de los alli reunidos acallaron cualquier esperanza de que las cosas fueran a tener ese final. Tras desearle un buen dia, se marcharon en grupo y Andrew se paso la mano por la cara. Maldicion. Lord Kingsly y la senora Warrenfield habian insinuado que pretendian hacer una inversion de mil libras. Sin embargo, esa perdida no suponia un golpe tan duro como las cinco mil libras que el senor Carmichael se habia mostrado dispuesto a invertir. ?Y cuantos potenciales inversores mas seguirian su ejemplo y terminarian retirandose de la empresa? Andrew sospecho que Avenbury, Ferrymouth y Kelby seguirian su ejemplo como corderitos. Habia esperado tener buenas noticias cuando le escribiera a Philip esa misma noche, pero desgraciadamente estaba resultando tarea harto dificil encontrar una buena noticia que dar.
Dio un largo suspiro y se meso los cabellos, presa de la mas absoluta frustracion. El vandalismo, los daninos rumores, la desercion de inversores… cualquiera de esos problemas podia llamar al desastre. La combinacion de todos ellos decia muy poco a favor del futuro del museo, y a su vez no auguraba nada bueno para el estado financiero personal de Andrew, la mayor parte de cuyos fondos habian sido invertidos en el proyecto. Ahora, mas que nunca, necesitaba la cuantiosa recompensa que le habian ofrecido lord Markingworth, lord Whitly y lord Carweather por descubrir la identidad de Charles Brightmore. Ya solo le quedaba rezar para que la recompensa no quedara fuera de su alcance.
Despues de asegurarse de que las labores de limpieza estuvieran bajo control, decidio llegado el momento de dedicar parte de sus esfuerzos al asunto Brightmore. Le dijo a Simon que volveria en unas horas y se marcho del museo.
De un modo u otro, daria con las respuestas que estaba buscando.
Capitulo 17
Las cuestiones relacionadas con el amor y con los asuntos del corazon son muy semejantes a las campanas militares. La estrategia es clave, y cada movimiento debe ser cuidadosamente planeado para evitar caer presa de posibles emboscadas. Sin embargo, si, en el intento por conseguir sus objetivos intimos, la mujer moderna actual se encuentra en una situacion que destila fracaso, no deberia vacilar en hacer lo que muchos grandes estrategas han hecho en el pasado: retirarse a la mayor brevedad.
CHARLES BRIGHTMORE
Catherine avanzo con paso firme por el sendero pulcramente barrido que llevaba a la modesta casa acogedoramente enclavada en la sombra de un bosquecillo de altos olmos, presa de una abrumadora combinacion de rabia, confusion y desesperacion que apenas lograba comprender. Desde la parte trasera de la residencia de piedra llegaron hasta ella apagados sonidos, entre ellos el planidero balido de una oveja y el graznido de varios patos.
Cuando levanto la mano para llamar a la puerta, una voz grave la detuvo.
– Hola, lady Catherine.
Catherine se volvio. El doctor Oliver caminaba hacia ella con el rostro iluminado por una sonrisa sorprendida. Bajo el brazo acunaba un pequeno cerdo que no dejaba de resoplar.
– ?Un nuevo paciente, doctor Oliver? -pregunto, con la esperanza de que su sonrisa no resultara forzada.
El doctor se rio.
– No, es el pago de mi ultimo paciente. Solo estaba intentando tranquilizarle. No me gusta demasiado el beicon.
– Estoy segura de que se ha quedado muy tranquilo.
El medico sostuvo el lechon en alto y, muy serio, le pregunto:
– ?Estas muy tranquilo?
Una serie de resoplidos dieron respuesta a su pregunta y el medico asintio.
– Me alegra oirlo. -Con absoluta indiferencia, volvio a acomodar al lechon en su brazo doblado y a continuacion saludo a Catherine con una formal reverencia-. ?Que la trae a mi humilde morada? Espero que no haya nadie enfermo.
– No, estamos todos muy bien, gracias. He venido a pedirle algo.
– Y sera para mi un honor y un placer atenderla. Si espera aqui un instante mientras dejo a mi pequeno amigo en el corral de la parte trasera de la casa, podremos entrar.
