– Cierto -concedio Andrew, entrando en el establo. Con suavidad cogio al pequeno cachorro en brazos y fue recompensado con un satisfecho suspiro perruno.

– Llevo queriendo tener uno desde que tu tio Philip adquirio a Prince, un perro precioso, sin duda. ?Te gustaria cogerlo?

Spencer, con los ojos como platos, asintio.

– Oh, si, por favor.

Con sumo cuidado, Andrew le hizo entrega del perro adormecido. Segundos mas tarde, el cachorro levanto la cabeza y solto un tremendo bostezo, dejando a la vista su lengua rosada. En cuanto vio a Spencer, de inmediato se transformo en una alborotada masa de jubilo canino y movimientos de cola, lamiendo cada centimetro de la barbilla de Spencer que pudo alcanzar, para absoluto deleite del nino, quien no podia parar de reir.

Andrew se acerco un poco a Catherine y dijo sotto voce:

– Me parece que a mi perro le gusta su hijo.

– Humm. Y es evidente que a mi hijo le gusta su perro. Aunque tengo la ligera sospecha de que usted sabia…

– ?Que se enamorarian en cuanto se vieran? -Sintio que Andrew se volvia a mirarla, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener la mirada fija en Spencer-. Si, admito que lo sospeche.

– Es fantastico, senor Stanton -dijo Spencer, aceptando los extaticos lametones del cachorro en las mejillas-. ?Donde lo ha comprado?

– En el pueblo, al herrero. Me he detenido a hacer unas compras y me ha ensenado toda la camada que su perra habia parido hace apenas dos meses. Seis adorables diablillos. Me ha sido muy dificil decidirme. Este pequenin me ha elegido y el sentimiento ha sido mutuo.

– No me cabe duda -murmuro Spencer, hundiendo la cara en el pelo rizado del perro.

Incapaz de resistirse por mas tiempo, Catherine tendio la mano y rasco al perro detras de las orejas. Una mirada de absoluta devocion asomo a los ojos negros del cachorro.

– Oh, eres un encanto, ?verdad? -dijo, echandose a reir.

– ?Como se llama? -pregunto Spencer.

– El herrero le llamaba Sombra, y lo cierto es que el nombre parece irle de perlas, pues el pequenin no paraba de seguirme por todas partes. ?Que te parece?

Spencer tendio los brazos y sostuvo al cachorro en el aire, inclinando primero la cabeza hacia la derecha y luego a la izquierda. Con la lengua rosada asomandole entre los dientes y las diminutas orejas erguidas, el cachorro imito sus acciones, inclinando su pequena cabeza. Todos se rieron y Catherine dijo:

– Al parecer, Sombra es sin duda el nombre perfecto.

– Pues sea. Y ahora, salgamos y vayamos detras de los establos. Spencer, ?te importaria llevar a Sombra por mi?

Catherine no pudo contener la risa.

– Eso es como preguntar a un raton si le importaria comer un poco mas de queso.

Salieron juntos de los establos y Andrew les condujo hasta una gran manta extendida en el cesped a la sombra de un olmo. Catherine miro con curiosidad la lona que estaba a un lado de la manta.

– ?Que hay ahi debajo?

Andrew sonrio.

– Vamos a hacer un poco de magia. Aunque me temo que es trabajo de dos hombres. Necesito la ayuda de alguien fuerte. -Miro a su alrededor con exagerada teatralidad.

– Yo le ayudare -dijo Spencer entusiasmado.

– Un voluntario. Excelente. Lady Catherine, ?seria tan amable de vigilar a Sombra para que Spencer y yo podamos proceder?

Catherine accedio, tomando al cachorro de brazos de Spencer.

– Usted limitese a ponerse comoda en la manta -dijo Andrew- mientras yo doy instrucciones a mi ayudante sobre sus deberes.

Catherine tomo asiento en la manta y se rio de las piruetas de Sombra, que intentaba atrapar su propia cola, de soslayo, vio hablar en voz baja a Andrew y a Spencer y reparo en el arrebol de satisfaccion que tino las mejillas de su hijo. Regresaron varios minutos despues, y, con un florido ademan, Andrew retiro la lona dejando ver lo que ocultaba.

Catherine estiro el cuello y se quedo mirando los cinco cubos de diversos tamanos que Andrew habia dejado al descubierto.

– ?Que hay ahi?

– Hielo, sal, nata, azucar y fresas -dijo, senalando cada cubo por orden. Luego indico con una inclinacion de barbilla una bolsa de tela-. Cuencos y cucharas.

– ?Vamos a hacer helado de fresa, mama! -dijo Spencer.

– ?En serio? -Tomo a Sombra en brazos y se acerco para ver mejor-. ?Y como vamos a hacerlo?

– Usted mire -dijo Andrew-. No ha probado nada mas delicioso en su vida, se lo aseguro.

– Tome helado de fresa en Londres el ano pasado -dijo Catherine-. Era delicioso.

– Pues este sera extraordinariamente delicioso -prometio con una sonrisa.

Casi una hora mas tarde, despues de que Andrew agitara hasta el agotamiento un cubo lleno de trozos de hielo y de sal mientras Spencer removia vigorosamente un cubo lleno de nata, azucar y fresas, Andrew por fin anuncio:

– Listo.

Spencer, con la cara roja por el esfuerzo, solto un fuerte jadeo.

– Gracias a Dios. Tengo los brazos a punto de saltarseme de los hombros.

– Como los mios -concedio Andrew-. Pero, creeme, en cuanto pruebes esto, el dolor desaparecera.

– Me siento terriblemente culpable -dijo Catherine-. Mientras vosotros agitabais y removiais, yo simplemente me he quedado aqui sentada disfrutando de este tiempo maravilloso.

– Estaba vigilando a Sombra -le recordo Andrew, sirviendo enormes cucharadas de sustancia rosada en los cuencos de porcelana.

– No es una labor dificil, sobre todo teniendo en cuenta que el diablillo ha estado durmiendo durante el ultimo cuarto de hora. -Bajo los ojos para mirar al amasijo de pelo negro repantigado en sus rodillas e intento, sin el menor exito, ocultar el afecto que la embargaba-. Creo que he aburrido tanto a Sombra que se ha quedado dormido.

– Bueno, quien aburre al perro hasta hacerle dormir sirve a la causa tanto como los que agitan y remueven - dijo Andrew, dandole un cuenco y una cuchara-. Pruebelo.

Catherine hundio la cuchara en el cremoso preparado y se la llevo a los labios. Se le abrieron los ojos como platos de puro placer al sentir el suave y dulce escalofrio con sabor a fresa deslizarse por su garganta.

– Oh, Dios.

Andrew se rio. Tras servirle a Spencer una generosa porcion, y hacer lo propio consigo mismo, se sentaron los tres en la manta y disfrutaron del festin.

– Tiene razon, senor Stanton -dijo Spencer-. Es el manjar mas delicioso que he probado en mi vida.

– Apuesto a que te cura todos los males.

– Todos -concedio Spencer.

– ?Donde ha aprendido a hacer esto? -pregunto Catherine, saboreando otra deliciosa cucharada.

– En Norteamerica. La familia duena de los establos donde yo trabajaba solia servirlo a sus invitados. -Un fantasma de cierta emocion que Catherine no alcanzo a leer destello en los ojos de Andrew-. Siempre que lo hacian, su hija me guardaba una racion. Un dia le pregunte a la cocinera como se preparaba.

Una oleada sospechosamente semejante a los celos recorrio a Catherine al pensar en Andrew sentado en una manta con la hija de su jefe, disfrutando de una delicia helada que ella le habia llevado.

– La joven que le llevaba el helado… ?Como se llamaba? -pregunto Spencer, dando voz a la pregunta que Catherine no habia tenido el valor de formular.

– Emily -dijo Andrew con voz queda y bajando los ojos al cuenco.

– ?Era agradable?

– Mucho. -Andrew levanto la mirada y dedico a Spencer una pequena sonrisa que a Catherine le resulto mas triste que feliz-. De hecho, me recuerdas mucho a ella, Spencer.

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