dientes, blancos y parejos.
– Al menos compitieron con huevos. Recuerdo haber lanzado un reto similar a Austin, pero con pastelillos.
Allie enarco las cejas.
– Suena muy divertido, la verdad.
– No cuando los pastelillos estan hechos de barro. -Los ojos le brillaron de pura picardia-. Claro que Austin desconocia ese detalle cuando acepto.
– Oh, vaya. ?Que edad tenia usted?
– Acababa de cumplir cinco anos. Austin tenia nueve. -Una risita le surgio de los labios-. Gane. No tuve que comer mas que una cucharada, porque Austin se rindio en cuanto probo un poco.
– Sin embargo, tengo la sensacion de que usted hubiera comido mucho mas que una cucharada si eso hubiese sido necesario para ganarle. -Lord Robert inclino la cabeza asintiendo.
– Absolutamente. Siempre juego para ganar. Aunque hasta el dia de hoy recuerdo claramente lo horrible que sabia el barro.- Hizo una mueca comica y temblo exageradamente-. Nunca mas.
Un lacayo aparecio junto a su codo y Allie acepto el cafe agradecida. Podia sentir el peso de la mirada de lord Robert sobre ella, pero como no queria perderse en sus ojos azul oscuro, dedico toda su atencion al desayuno con el celo de un cientifico ante un microscopio.
– ?Ha dormido bien? -le pregunto el pasado un momento, cuando el unico sonido era el de los cubiertos chocando contra el plato.
«No. He dado vueltas y mas vueltas casi toda la noche, y la culpa es toda tuya.»
– Si, gracias. ?Y usted?
Despues de todo un minuto sin que el le respondiera, Allie se arriesgo a alzar la vista de las lonchas de jamon y echarle un vistazo. Y casi se atraganto.
Tenia la mirada clavada en sus pechos.
Toda la tension que se habia aliviado con el amable saludo y la amistosa conversacion, regreso de nuevo acompanada de una tormenta de calor. Para su horror, noto que se le endurecian los pezones. Y para su absoluta verguenza, estaba claro que Robert lo habia notado, porque sus ojos se oscurecieron y respiro entrecortadamente.
Allie sintio que el rubor le cubria las mejillas. Tenia que tomar la servilleta o cruzar los brazos o cualquier cosa, pero se dio cuenta de que no podia moverse. Un doloroso anhelo la invadio, devolviendo a la vida terminaciones nerviosas que habian estado aletargadas durante tres largos anos.
De repente, lord Robert alzo la mirada y Allie se quedo sin respiracion al ver el inconfundible deseo que manaba de sus ojos.
– No -dijo el, con voz baja y ronca-. No he dormido en absoluto bien.
– La… lamento oir eso.
«Por favor, por favor, deja de mirarme asi. Me hace sentir cosas que no quiero sentir… Me hace desear cosas…»
Lord Robert tomo la taza de cafe, rompiendo su hipnotica mirada, y Allie sintio que el alivio le relajaba algunos de los tensos musculos.
– Pero, claro, pocas veces duermo bien si no estoy en mi cama -continuo el-. He pasado la noche aqui.
El corazon de Allie se detuvo un instante. Solo unos cuantos metros los habian separado la noche anterior.
– Ah, ?si?
– Si. En vista de los peligros a los que se ha enfrentado, ademas del hecho de que no sabemos si puede haber proximas amenazas, considere que seria lo mejor. Envie un criado a mi residencia ayer por la noche para que recogiera lo necesario. Planeo quedarme aqui hasta que salgamos para Bradford Hall, lo que puede ocurrir muy pronto. -Metio la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo una nota-. Esto llego ayer por la noche despues de que usted se retirara. Lo envia Shelbourne. Nos ha invitado a visitarle esta manana. No he contestado todavia, porque no sabia si usted aun querria reunirse con el en vista de que ya no tiene el anillo. Como el no sabe que usted lo tenia…
– Si que lo sabe. Le escribi una carta ayer explicandoselo. Queria que supiese que tenia el anillo y que deseaba devolverselo. -Respiro profundamente-. Me siento terriblemente mal por tener que decirle que ya no esta en mi poder, pero no tengo alternativa.
Lord Robert se levanto y dejo la servilleta sobre la mesa.
– En tal caso, le escribire inmediatamente, diciendole que nos espere. Si me disculpa…
Aunque intento no hacerlo, Allie contemplo la imagen de lord Robert en el enorme espejo de marco dorado que colgaba sobre el aparador de caoba. Cuando salio por la puerta, exhalo un aliento que no sabia que estaba reteniendo y lucho contra el fuerte impulso de abanicarse con la servilleta.
No habia ninguna duda: lord Robert estaba tan guapo saliendo de una habitacion como entrando en ella.
Robert vencio la tentacion de poner cara de pocos amigos cuando el conde de Shelbourne se inclino sobre la mano de la senora Brown.
– Es un placer -dijo el conde-. Al parecer, Jamison siempre conoce a las mujeres mas hermosas. Me siento muy honrado de que nos haya presentado. -Coloco la mano de la senora Brown sobre su brazo y la condujo hasta un abultado sofa cercano a una pared del bien amueblado salon. Se sento junto a ella, colocandose de tal modo que Robert se vio obligado a sentarse a varios metros de distancia en un sillon orejero.
Mientras se sentaba en el sillon, del que tuvo que admitir a reganadientes que era muy comodo, observo en silencio a Geoffrey Hadmore y a la senora Brown. Con sus hermosos ojos marron dorado muy abiertos y mostrando su angustia, la joven relato a Shelbourne, como lo habia hecho a Robert la noche anterior, el hallazgo del anillo entre las pertenencias de su marido y que habia descubierto que le pertenecia a el. Despues le explico la historia del robo, disculpandose una y otra vez, y le prometio devolverle el anillo inmediatamente, si lo recuperaba.
Shelbourne, con los oscuros ojos destellando calidez y admiracion, le tomo la mano entre las suyas.
– Querida, sin duda ese anillo no era mas que una chucheria barata que alguno de mis tios o primos vendio o regalo. Y no puedo echar en falta algo que ni siquiera sabia que existiera. Aunque aprecio en mucho los esfuerzos que ha realizado para devolvermelo, no debe volver a pensar en ello. Ahora tiene que hablarme de America. Un lugar fascinante. Me encantaria viajar alli alguna vez…
Robert se removio en su asiento e intento no prestar atencion a las palabras de Shelbourne. Por todos los demonios, resultaba un esfuerzo terrible no mostrar su impaciencia con toda la palabreria que salia de los labios del conde. Si hubiera estado dirigida a alguien que no fuera la senora Brown, no le habria prestado ninguna atencion y simplemente habria disfrutado del te y de lo que parecian ser unas galletas excelentes que reposaban sobre una ornada bandeja de plata. Pero como toda la atencion de Shelbourne y todo su encanto se dirigian hacia la senora Brown, Robert apretaba los dientes de irritacion.
En ese momento, el mastin de Shelbourne entro en el salon, el golpeteo de sus enormes patas silenciado por la alfombra persa de color marron y azul. Robert se palmeo la rodilla invitando a acercarse a la bestia, de la cual recordaba, por paseos en el parque, que llevaba por nombre Thorndyke y cuyo enorme tamano escondia un caracter de gatito mimoso.
Detectando a un amigo, Thorndyke troto y coloco la enorme cabeza sobre el muslo de Robert, mirandolo con una expresion cariacontecida. Robert acaricio el calido pelaje del animal y luego compartio una galleta con el. Thorndyke lo miro con una devocion canina que proclamaba que a partir de ese instante eran amigos para toda la vida.
Robert lanzo una mirada a la pareja del sofa y su irritacion se multiplico inmediatamente al observar el atractivo rubor que renia las mejillas de la senora Brown.
– Es muy amable por su parte decir eso, lord Shelbourne -murmuro la joven.
Maldicion, ?que diantre habria dicho Shelbourne? Estaba tan contrariado que se lo habia perdido. Sin embargo, no se perdio la susurrada respuesta de Shelbourne.
– Por favor, llamame Geoffrey. -Una sonrisa lenta y admirativa, similar a las que Robert habia visto a Shelbourne lanzar a numerosas mujeres, se dibujo en el rostro del conde-. No veo ninguna razon para comportarnos con tanta formalidad, ?no crees? ?Y puedo llamarte Alberta?
– ?Dios, pero que hora es! -exclamo Robert, poniendose en pie de un salto y sacudiendose de los pantalones
