– Me la deje -acepto-. Saque el anillo para asegurarme de que esta vez se trataba del maldito anillo, y tire la caja al suelo como la basura que era. Estaba toda oxidada y abollada, no era para nada una caja que hiciera juego con un anillo como ese. No me dijo nada de una maldita caja oxidada y abollada. «Consigue el anillo y la caja que hace juego con el», fue lo que me dijo. -Clavo un grueso dedo en la palma de Geoffrey-. Y aqui tiene su maldito anillo. No habia ninguna caja a juego. -Alzo la barbilla-. Yo he cumplido mi parte y ahora le toca a usted cumplir la suya. Quiero mi recompensa. Y la quiero ahora.

Los dedos de Geoffrey se cerraron alrededor del anillo, con el frio metal clavandosele en la palma, para evitar agarrar a Redfern por el cuello. Con estudiada indiferencia, avanzo hasta la chimenea y luego se agacho para acariciar afectuosamente a Thorndyke.

– Dime, Redfern, ?aprecias tu vida? -le pregunto en un tono suave y amistoso.

Al no recibir respuesta, miro a Redfern, que permanecia inmovil v silencioso como una estatua cerca de la vidriera, con las mandibulas apretadas.

– Claro que la aprecio -respondio Redfern finalmente-. Pero no voy a cargar con la culpa de esto. Deberia haber sido mas especifico respecto a esa maldita caja.

– Recuerda con quien estas hablando, Redfern, y vigila tu tono y tu lengua insolente. -Geoffrey se obligo a respirar hondo para calmar la furia que sentia-. Es evidente que he sobrestimado tus capacidades.

– No es asi. Solo son algunas circunstancias desafortunadas…

– Que te han hecho fallar, si, ya lo has dicho. Bueno, pues permiteme que te explique algo, e intentare hacerlo de manera que puedas entenderlo. Quiero la caja en la que estaba el anillo. No recibiras nada de mi hasta que la tenga. Si no consigues traermela, moriras. -Despues de una ultima palmada a la cabeza de su mascota, Geoffrey se irguio-. ?Alguna pregunta?

Un musculo del menton de Redfern le temblo.

– No, milord.

– Excelente. -Inclino la cabeza hacia la puerta-. Willis te acompanara a la salida.

En cuanto Redfern hubo salido del estudio, Geoffrey se dirigio al escritorio, tratando de mantener un paso tranquilo y mesurado. Saco una llavecita de plata del chaleco y abrio el ultimo cajon. Luego, abrio el puno y dejo que el anillo cayera dentro. Este golpeo la madera con un ruido seco. Geoffrey volvio a cerrar el cajon y guardo la llave.

Se dirigio a las licoreras y se sirvio un conac. Le desagrado notar que le temblaban las manos, lo que le hizo derramar algunas gotas ambarinas sobre la alfombra. Se bebio el potente licor de golpe, tragandose con el la obscenidad que amenazaba con surgirle de la garganta. El impulso de romper algo, de tirar algo, de destruir algo con sus propias manos, casi lo ahogo, y se apresuro a servirse otra copa. Luego apreto las manos sobre el cristal para que no le temblaran.

«Calma. Debo mantener la calma.»

Con el segundo conac ardiendole en las entranas, comenzo a sentirse un poco mas equilibrado y recupero el control que el imbecil de Redfern casi le habia hecho perder.

La caja. El panico se apodero de el. Cerro los ojos, intentando dominarlo, obligandose a pensar de manera racional y a planear el siguiente movimiento.

?Habria descubierto la senora Brown el secreto de la caja? ?Cuanto sabia exactamente? Al parecer no sabia nada sobre su secreto, pero tenia que estar seguro. ?Y si no lo sabia, no podria aun enterarse de la verdad? ?Y si descubria el fondo falso de la caja ahora que ya no tenia el anillo? ?Y si le daba la caja a alguien? ?O la tiraba y uno de los sirvientes la encontraba? La unica manera en que podia asegurarse de que su secreto nunca viera la luz era destruir con sus propias manos la caja y su contenido oculto.

Aun asi, ?por que la senora Brown no le habia devuelto la caja? ?Se habia percatado de su valor? ?Intentaria chantajearle? Pero si era asi, ?por que no le habia pedido nada aun? ?O era ese su plan, tomarse su tiempo, como un animal acechando a su presa, esperando para atacar?

«Intenta volverme loco.»

Bueno, pues no lo iba a lograr. Y no iba a dejar su futuro en las manos de Redfern. Tenia que pasar a la accion. Inmediatamente.

Volvio al escritorio, saco una hoja de papel vitela color marfil y escribio una breve nota:

Querida Alberta,

No puedo decirte lo mucho que he disfrutado con nuestra conversacion de esta manana, y cuanto valoro los esfuerzos que has realizado en mi favor en relacion con el anillo de los Shelbourne. Aunque el anillo haya desaparecido, me pregunto si quizas hubiera estado en el interior de una caja. Otras piezas de la coleccion Shelbourne se guardan en cajas disenadas especialmente para cada una de ellas, y se me ha ocurrido que el anillo podria haber estado en una de esas cajas. De ser asi, me gustaria mucho tenerla, como recuerdo.

Me sentiria honrado si quisieras acompanarme durante la cena esta noche a las ocho. Eso nos proporcionaria la oportunidad de conocernos mejor, y podrias traer la caja, suponiendo que exista.

Esperando ansiosamente tu respuesta,

Se despide

GEOFFREY HADMORE

Sello la carta y llamo a Willis.

– Encargate de que la entreguen inmediatamente -le dijo, dandole la misiva-. El mensajero debera esperar la respuesta.

Cuando Willis salio de la sala, una fria determinacion se apodero de Geoffrey. O el o Redfern conseguirian esa maldita caja. Y al dia siguiente a esa misma hora, Alberta Brown ya no seria un problema.

9

Dos horas despues de dejar a la senora Brown en las expertas manos de madame Renee, Robert regreso a la tienda de la modista. Un tintineo de campanillas sobre la puerta anuncio su llegada. Habia pasado esas horas con su abogado. Una vez seguro de que la reconstruida herreria florecia y de que la familia de Nate tenia una situacion economica adecuada, sintio que su culpabilidad disminuia ligeramente.

La parte delantera de la tienda de madame Renee estaba vacia. La senora Brown y madame Renee debian de hallarse en la parte trasera, porque sabia, por visitas previas con Caroline y con su madre, que alli era donde se hallaba la zona de las pruebas y los arreglos, ademas de dos grandes salas de costura. Se saco el sombrero y opto por quedarse de pie en vez de intentar acomodarse en una de las terriblemente poco confortables sillas de la tienda. Le lanzo una mirada siniestra a un pequeno taburete acolchado de terciopelo lavanda. Sabia por experiencia que sus posaderas rebosarian por los costados del asiento. Dios, ?como se las arreglaban las mujeres para colocarse sobre un mueble tan ridiculo? Parecia disenado para un canario y no para un ser humano.

Se paseo entre las balas de coloridas telas y se fijo en un saten de color azul zafiro. Sabia que ese rea el colorfavorito de Caroline y tomo notal mentalmente de mencionarselo. Habia pasado ante telas rayadas y lisas, ante cuadros y estampados, cuando una tela de brillante color bronce llamo su atencion. Se detuvo y paso la mano sobre el lujoso material. Seda, excepcionalmente fina y delicada. Y el color… atrevido, pero aun asi delicado, de relucientes tonos dorados. Era realmente extraordinaria.

Una imagen aparecio en su mente… ella… con un vestido confeccionado con esa tela, el color resplandeciendo contra su blanca piel, acentuando el marron dorado de sus ojos y el castano profundo de su cabello.

Como si solo con pensar en ella pudiera traerla a su presencia, la senora Brown entro en la sala a traves de un arco que llevaba a la parte trasera. Madame Renee llego tras ella. La aguda mirada de la modista se poso sobre las balas de seda donde aun reposaba la mano de Robert.

– ?No es tres magnifique? La seda mas fina, y iel color! -Madame Renee se beso la punta de los dedos con gesto teatral.

La mirada de la senora Brown cayo sobre la tela, y Robert capto el brillo de nostalgia que le cruzo los ojos.

– Maravillosa -exclamo con un suspiro-. Pero no para mi.

– ?Ha encontrado algo que le agrade? -pregunto Robert, alzando la mano de la fina seda.

Antes de que la senora Brown pudiera responder, madame Renee alzo las cejas.

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