saber su paradero.

Debia averiguarlo. Debia. Debia. Ahora. Se detuvo y cerro los ojos con fuerza. Maldita fuera, la cabeza estaba a punto de estallarle.

«Tengo que recobrar la calma. Debo averiguar lo que sabe. Y luego deshacerme de ella.»

Que Redfern encontrara la nota no le hubiera inquietado, porque el tipo no sabia leer mas alla de cuatro palabras, y un viejo documento estaria muy por encima de sus capacidades, un detalle del que Geoffrey se habia asegurado antes de contratar sus servicios. Todos sus esfuerzos hubieran sido en vano s? Redfern, una vez que encontrara la nota, pudiera haber tenido la oportunidad de extorsionarle como habia hecho David Brown. Y la avaricia de Redfern le hubiera impedido mostrar la nota a alguien para que se la leyera, porque entonces se arriesgaba a tener que compartir su recompensa. Pero la senora Brown… Estaba seguro de que no era ni analfabeta ni estupida. Y sin duda debia de ser tan ambiciosa como lo habia sido su marido.

Respiro profundamente varias veces hasta recuperar la compostura, luego se acerco al espejo y se arreglo el cabello. Se alineo perfectamente las solapas de la chaqueta e hizo un minimo ajuste al fular. Una vez seguro de que su aspecto era de nuevo impecable, salio del estudio y se reunio con sus invitados.

Alberta Brown se creia muy lista.

«Un error, querida. Un error fatal.»

Allie sintio inmediatamente algo raro en el comportamiento del conde cuando este regreso al salon. Desde su asiento frente a la puerta, lo observo detenerse en el umbral, con la mirada clavada en ella. Un escalofrio de aprension le recorrio la espalda al ver su expresion glacial.

– ?Todo bien? -pregunto lord Robert, observando a su anfitrion con una expresion de desconcierto. Estaba claro que el tambien notaba que algo iba mal.

– Claro. -El conde hizo un gesto con la mano quitando importancia al asunto-. Un pequeno error de calculo en la cocina, al parecer, pero Willis me ha asegurado que todo esta en orden. ?Pasamos al comedor?

Allie acepto el brazo que le ofrecia, esperando que no se notara el rechazo que le inspiraba. Tal vez solo se estuviera imaginando la inquietud del conde.

Pero cuando llegaron al rodaballo delicadamente cocido a fuego lento del segundo plato, Allie ya estaba segura de que no eran imaginaciones suyas. La manera en que el conde no dejaba de mirarla, como si estuviera intentando leerle el pensamiento… Si, definitivamente habia algun problema. ?Se encontraria enfermo? Desecho esa idea en cuanto se le ocurrio. No, parecia como si una furia contenida hirviera bajo la superficie de sus impecables maneras.

?Podria ser que supiera algo de la nota? ?Que supiera que no estaba en la caja y que ella la tenia en su poder? Tambien descarto esa teoria de inmediato. ?Como podria saber algo de la nota cuando ni siquiera conocia la existencia del anillo o de la caja hasta que ella llego a Inglaterra?

No se le ocurria ninguna respuesta, pero el comportamiento del conde la inquietaba de una manera que no sabia definir. Ademas, su instinto le advertia contra aquel hombre. Seguramente lo mejor era no decir nada.

Alzo la cabeza y sonrio al conde.

– Su… tu casa es muy hermosa, Geoffrey.

La expresion del conde se relajo. Entonces se dibujo una lenta sonrisa sobre su rostro, mientras su mirada bajaba lentamente hasta posarse en la boca de Allie.

– Muchas gracias.

Allie senalo el bodegon con marco dorado que colgaba en la pared tras el.

– Y evidentemente te gusta la pintura. Ese cuadro es precioso.

La mandibula de Robert se detuvo a medio masticar y miro por encima de la mesa. La senora Brown estaba mirando a… no, estaba sonriendo a Shelbourne con un interes calido que sorprendio e irrito a Robert. Maldita fuera, habia estado en otro mundo y evidentemente se habia perdido algo. Y la manera en que Shelbourne la miraba… no, se la comia con los ojos… ?Cuando diantre habia comenzado toda esa calida intimidad?

Fingiendo estar inmerso en el rodaballo y los guisantes, siguio con disimulo su conversacion, pero enseguida se dio cuenta de que no hacia falta disimular, porque ambos parecian haberse olvidado de su presencia.

– ?Te gusta la pintura, Alberta?

– Me gusta mucho contemplarla, pero me temo que poseo muy poco conocimiento de esa materia.

– Entonces, despues de cenar, te ensenare la coleccion. Aunque es bastante modesta comparada con la de Shelbourne Manor, hay algunas… Piezas exquisitas.

La inflexion en el tono de Shelbourne al decir «piezas exquisitas», por no mencionar la atrevida mirada con que recorria los pechos de la senora Brown, hizo que todos los musculos del cuerpo de Robert se tensaran. Maldito libertino. ?Como osaba mirarla asi?

«?Exactamente como tu la miras, quieres decir?», se burlo su voz interior.

?No! Robert contuvo el impulso de pasarse los dedos entre los cabellos en un gesto de exasperacion. No podia negar que la habia mirado con deseo, pero habia una mirada calculadora en los ojos de Shelbourne… un brillo depredador que desperto algo mas que celos en Robert. Hizo que se sintiera inquieto de verdad.

– Lord Robert me ha mostrado los jardines Vauxhall esta tarde -dijo la senora Brown a su anfitrion-. Un lugar encantador.

Shelbourne alzo una ceja.

– Por la tarde lo es, pero mucho mas por la noche. -Se inclino hacia ella y su voz bajo a un tono intimo-. Todos esos paseos oscuros y apartados son muy adecuados para disfrutar de unas noches muy… estimulantes.

Robert apreto los dientes y lucho contra el avasallador impulso de abofetear a ese canalla. Pero mas irritante que el comportamiento de Shelbourne, que no le sorprendia, era el de la senora Brown. En vez de parecer escandalizada, un delicado rubor le coloreaba las mejillas y lo que parecia ser una sonrisa reprimida le tironeaba los labios… Labios a los que la mirada de Shelbourne parecia pegado.

Se imponia un giro en la conversacion.

– ?Como van las cosas por tus tierras de Cornwall, Shelbourne? -pregunto Robert.

Shelbourne ni siquiera lo miro.

– Esplendidamente. Dime, Alberta…

– ?Has hecho algunas mejoras? Segun me dijo Austin, ha habido verdaderas innovaciones tanto en los sistemas de irrigacion como en las tecnicas de cultivo.

Shelbourne finalmente se volvio hacia el, con una medio sonrisa perezosa y divertida.

– Mis sistemas de irrigacion estan en excelentes condiciones, Jamison, gracias por preguntar. Y en cuanto a mis tecnicas… No he oido ninguna queja.

– ?De verdad? Quiza no hayas escuchado con suficiente atencion.

– Se cruzaron una larga mirada, sopesandose. Luego, con un despreocupado encogimiento de hombros, que crispo los nervios de Robert, la mirada de Shelbourne regreso a la senora Brown. Se lanzo a una larga descripcion de sus tierras de Cornwall. Dedico su atencion casi exclusivamente a la senora Brown, a quien, al parecer, no le molestaba en absoluto. Si tenia que juzgar por sus rubores, parecia estar disfrutando del discurso de Shelbourne. Robert decidio que la cena acabaria antes si el no prolongaba la conversacion, por lo que permanecio en silencio.

En el momento que finalizo la interminable cena, Robert se puso en pie, con la intencion de partir, pero Shelbourne le recordo con suavidad que le habia prometido a la senora Brown ensenarle la galeria de arte.

– Me encantaria verla -dijo la senora Brown.

Privado de una alternativa que no le hiciera quedar como un grosero y no queriendo permitir que Shelbourne se quedara a solas con ella, Robert los acompano. Su mal humor aumentaba cada vez que Shelbourne tocaba a la senora Brown, lo cual parecia ocurrir constantemente. La rozaba con los dedos para llamar su atencion sobre algo. Le colocaba la mano en la parte baja de la espalda para guiarla hacia el siguiente cuadro. Le tomaba la mano para colgarla de su brazo. Los celos se comian a Robert, y era peor y mucho mas doloroso cada vez que ella ofrecia a Shelbourne una de sus escasas sonrisas.

Seis. Seis malditas veces habia sonreido a Shelbourne desde que habian entrado en la galeria. Y ocho veces durante la cena. No era que Robert las estuviera contando, ?pero a el no le habia dedicado ni una mirada! El evidente placer que la senora Brown encontraba en la compania de Shelbourne lo preocupaba y realmente lo confundia.

?Donde estaba la devocion hacia su marido? ?Las atenciones de Shelbourne la habian animado a abandonar el

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