luto? Mientras que Robert se hubiera sentido feliz viendola abandonar los signos externos de dolor, le costaba aceptar que Shelbourne fuera el hombre que la hiciera desear hacerlo.
«Yo. Quiero ser yo.»
Por mucho que le desagradara, se vio obligado a admitir que Shelbourne poseia las cualidades que la mayoria de las mujeres admiraba. Era rico, apuesto y con un titulo, y su belleza tenia un cierto toque de peligro. Pero a Robert no le parecia que la senora Brown entrara en la categoria de «la mayoria de las mujeres».
Aun asi, quiza todo lo que necesitara era que un hombre la cortejara. Que la encandilara. Que le mostrara, sin sombra de duda, que la encontraba deseable.
«Yo. Quiero ser yo.»
Le fallo el paso al pensarlo, y justo a tiempo, porque habia estado a punto de estrellarse contra la espalda de Shelbourne; el y la senora Brown se habian detenido ante lo que, afortunadamente, era el ultimo cuadro.
– Es muy hermosa -murmuro la senora Brown.
– Si -coincidio Shelbourne-. Pero palidece comparada contigo.
La mirada de Robert recorrio el cuadro. Un Gainsborough. Uno muy bello. Y la joven en el campo de flores era indiscutiblemente hermosa. Pero si que palidecia comparada con la senora Brown.
Y maldita fuera, el queria ser quien le dijera cosas asi. Queria que su mirada se dirigiera a el.
«A mi. Quiero que ella me quiera a mi.»
Y habia llegado el momento de que hiciera algo al respecto.
– Dado tu interes en la pintura -estaba diciendo Shelbourne-, tienes que ver los Marmoles de Elgin mientras estes en la ciudad. ?Por que no te recojo manana y…?
– Imposible -Intervino Robert, sin siquiera disimular la irritacion de su voz-. Partimos para Bradford Hall al amanecer. Lo cierto es que ya es hora de que nos despidamos.
Shelbourne los acompano por el corredor hacia el vestibulo sin que su mirada se apartara del rostro de la senora Brown.
– Estoy desolado, Alberta. ?Cuanto tiempo permaneceras en Kent?
– Seis semanas.
– ?Y despues?
– Despues me embarcare de regreso a casa -repuso suavemente.
Robert sintio que se le encogia el corazon al oir esas palabras.
– Quiza pase por Kent dentro de unas semanas. En tal caso, no olvidare hacer una visita a Bradford Hall. Sera un placer volver a ver a Bradford y a la duquesa. -Shelbourne se inclino y sus labios casi rozaron la oreja de la senora Brown-. Y un gran placer volver a verte a ti.
Por fortuna, alcanzaron el vestibulo en ese instante, porque Robert se sentia como una tetera a punto de lanzar un chorro de vapor.
– Gracias por la cena -dijo la senora Brown, atandose las cintas del sombrero en un lacito bajo la barbilla-. He disfrutado mucho de la comida y de los cuadros.
– Igual que yo he disfrutado de tu compania, Alberta. -Shelbourne se llevo la mano de la joven a los labios y se la beso, durante mucho mas rato del necesario y con una mirada ardiente que Robert reconocio demasiado bien.
Apreto los punos. Las normas sociales que le habian inculcado desde pequeno era lo unico que le impedia lanzarse como una piedra sobre aquel hombre.
– Una cena muy agradable. Muchas gracias -mintio, inclinando la cabeza en direccion a Shelbourne. Luego, antes de que Shelbourne tuviera tiempo de mirar de nuevo a la senora Brown, se interpuso entre ellos y se apresuro a acompanarla al carruaje que los esperaba. -Disculpeme -murmuro, despues de ayudarla a subir-. He olvidado el baston.
Regreso a la casa y Willis le abrio la puerta. Shelbourne aun se hallaba en el vestibulo.
– Permiteme un minuto, Shelbourne.
Shelbourne enarco las cejas al oir el tono seco de Robert.
– Claro. ?En el estudio?
– El vestibulo es suficiente.
Despues de una casi imperceptible senal de Shelbourne, Willis los dejo solos. Luego Shelbourne miro a Robert con los ojos entrecerrados.
– ?Que demonios puede ser tan importante, Jamison, para dejar sola a esa deslumbrante criatura?
– Es de ella de quien quiero hablarte. Dejala en paz.
– Con toda seguridad eso es algo que la dama debe decidir por si misma. Y te dire, Jamison, que no me ha dado la impresion de que fuera lo que ella queria.
– No conoce tu reputacion como yo. -Shelbourne parecia divertido.
– Oh, pero no te preocupes, explicasela. Mi terrible reputacion suele ser la mitad de mi atractivo. Y tengo una especial debilidad por las viudas experimentadas.
Robert le dedico su mirada mas fria y decidida.
– Lleva tus atenciones a otra parte, Shelbourne.
– Ella no te pertenece, Jamison. -Una mirada astuta e inquisidora le paso por los ojos-. ?O si?
Robert necesito de toda su fuerza de voluntad para no borrar con el puno aquella expresion satisfecha del rostro de Shelbourne.
– Todo lo que debes saber es que nunca sera tuya. ?Me he explicado con claridad?
– No creo que me guste tu tono, Jamison.
– No creo que me importe un comino, Shelbourne. -Dio un paso hacia el conde. Shelbourne era alto, pero Robert lo superaba por un par de centimetros, lo cual aprovecho al maximo-. Ya he dicho lo que he venido a decir. Y sera muy inteligente por tu parte no darme motivo para repetirlo.
Sin esperar a Willis, Robert abrio la puerta y avanzo a grandes zancadas por el camino hasta el carruaje.
Desde la estrecha ventana del vestibulo, Geoffrey vio partir el carruaje. Humm. Estaba claro que Jamison sentia algo por la senora Brown. Una pena. La mujer no iba a permanecer mucho tiempo en este mundo. Y si Jamison se cruzaba en su camino, sus dias tambien estarian contados.
11
En el mismo momento en que el carruaje se detuvo ante la mansion Bradford, Robert supo que algo no iba bien. Parecia como si todas las lamparas y velas de la casa estuvieran encendidas, porque la luz escapaba por todas las ventanas. Antes de que la senora Brown y el hubieran recorrido la mitad del camino adoquinado que llevaba a la entrada, las dos hojas de la gran puerta de roble se abrieron. Carters aparecio banado de luz, con los rasgos, normalmente inexpresivos, marcados por la inquietud.
Robert sintio temor. ?Y ahora que? ?Le habria pasado algo a Elizabeth? ?Al bebe? Casi propulso a la senora Brown hasta el vestibulo.
– ?Que pasa? -pregunto a Carters, obligandose a no sacudir al hombre por las solapas-. ?La duquesa?
– No, lord Robert. -Una furia inconfundible brillo en los ojos de Carters-. Pero alguien ha intentado robarnos de nuevo.
– ?Hay algun herido?
– No, senor. Y tampoco se han llevado nada. El villano trato de entrar en la habitacion de la senora Brown por el balcon, pero se asusto cuando Clara se puso a gritar. Acababa de preparar el lecho de la senora Brown y se estaba ocupando del fuego cuando la vidriera que da al balcon se abrio. Y ahi estaba, vestido de negro de los pies a la cabeza, segun ha dicho ella. Nunca en toda mi vida he oido a una mujer gritar asi. Nos asusto a todos, claro, pero peor fue el susto que se llevo la pobre Clara.
– ?Y luego que ha pasado? -pregunto Robert.
– Fui el primero en llegar al dormitorio, y me encontre con Clara gritando y blandiendo el atizador. Al parecer habia asustado al villano, que salto por la barandilla hasta el suelo. Para cuando consegui enterarme de lo que habia pasado, el tipo ya habia desaparecido.
