El conde se hallaba sentado cerca de la chimenea en un sillon de cuero marron, con una copa de conac en una mano y la otra sobre la enorme cabeza de su mastin.lanto el conde como el perro lo contemplaron con ojos entrecerrados mientras avanzaba cojeando, y Rcdfern no estaba seguro de quien lo hacia sentir mas incomodo, si el hombre o la bestia. No le gustaban los perros, sobre todo los perros que parecia que le podian arrancar un brazo de un solo mordisco. Shelbourne parecia adorar a aquella bestia monstruosa, porque siempre estaba acariciandolo. Incluso habia oido al conde hablar dulcemente a la enorme bestia varias veces, con una estupida vocecilla aguda que uno usaria con un perrito. Se permitio un encogimiento de hombros mental. No habia forma de entender a los de alta alcurnia.

Redfern se detuvo delante del conde. El calor del fuego solo alivio parcialmente el frio de intranquilidad que le atenazaba la espalda. No, el conde no parecia contento, y eso que aun no le habia comunicado las malas noticias. Quizas esa visita habia sido una mala idea.

– ?Y bien? -pregunto el conde en aquel tono helado suyo.

– Tengo buenas noticias, milord -dijo, intentando dar un tono de seguridad a su voz-. La caja que quiere la tendra manana a esta hora. Tiene mi palabra.

– ?De verdad? A no ser que intentes robarme a mi, no veo como sera posible eso. Veras, Redfern, yo tengo la caja.

– ?Usted? -repitio Redfern confuso-. ?Como…?

– La senora Brown me la ha dado.

Aunque confundido, Redfern comprendio al instante las implicaciones de esas palabras. Relajo los hombros aliviado.

– Bueno, pues muy bien. Ya tiene lo que queria. Ahora, respecto a mi recompensa…

– Me temo que hay un problema, Redfern. Veras, la caja contenia un papel que quiero tener en mi poder. Y el papel ya no esta en la caja, lo que me hace pensar que la senora Brown aun lo tiene.

– Por todos los demonios, ?que es esto? Primero queria el anillo. Luego la caja. Ahora ese papel. Pero ?por que diablos si lo que queria era ese papel, no lo dijo desde el principio? -Apreto las manos para contener un avasallador deseo de abofetear al conde-. Me culpa de haber fallado en el trabajo, pero ?como espera que tenga exito si no tengo la maldita informacion?

La mirada que el conde le clavo sin duda tenia intencion de helarle la sangre, pero nada podia enfriar la furia que corria por dentro de Redfern.

– Lo queria todo -dijo el conde-. El anillo, la caja y el papel estaban juntos hasta que tu los separaste. Mi error fue suponer que serias lo suficientemente inteligente para cumplir una orden bien simple. -El conde tomo tranquilamente un trago de conac y prosiguio-: Quiero esa nota, Redfern. Y me la vas a conseguir. ?Lo entiendes?

– Entiendo -dijo, y penso: «Pero esta es la ultima maldita cosa que hago para tipos como tu.»

– Bien. La senora Brown parte manana hacia la casa de campo de los Bradford, en Kent. Estoy seguro de que llevara la nota consigo.

Redfern dudo un instante. Maldita fuera, esperaba que el conde no le pidiera que leyera la maldita nota. Bueno, si lo hacia, se inventaria cualquier historia. Habia llegado hasta donde estaba sin casi saber leer. Claro que el conde no sabia eso. Y no era asunto suyo, tampoco.

– ?Como sabre que es el papel que esta buscando? Ya sabe como son las damas, siempre guardando cartas y cosas asi.

– Esa carta es vieja y tendra muchas dobleces, para que pueda caber en la caja del anillo. La tendra escondida en alguna parte, no la dejara a la vista. Traeme la carta y te hare rico mas alla de lo que pudieras sonar. Si fracasas… -El conde se encogio de hombros-. Creo que ya me he explicado claramente respecto a esa posibilidad.

Muy claramente. Aun asi, Redfern se alegro ante las perspectivas. Iba a ser un hombre rico. Porque el maldito conde iba a tener que pagarle un rescate digno de un rey antes de que Redfern le diera la condenada carta.

Robert observo al extrano personaje que acudio a abrir la puerta de la casa de Michael Evers. Aunque adecuadamente vestido con las ropas de un sirviente, el hombre tenia mas aspecto de asesino que de mayordomo, sin duda debido a los enormes musculos que se marcaban bajo la chaqueta negra, la cabeza rapada, la cicatriz que le cruzaba la frente en diagonal y el aro de oro que le colgaba de la oreja izquierda. Se le veia capaz de pulverizar una piedra sin siquiera sudar.

– Muy temprano para hacer visitas, ?no? -aullo el gigante. Cruzo los gruesos brazos sobre el enorme pecho y miro a Robert desde su gran altura con una dura mirada de sus ojos negros.

Robert le entrego su tarjeta de visita, que se perdio en la enorme palma del tamano de un jamon.

– Necesito ver al senor Evers inmediatamente.

Obsequio al mayordomo con su mirada mas aristocratica, aunque resultaba terriblemente dificil mirar con altivez a alguien que le pasaba mas de un palmo.

– Bueno, ire a ver si el senor Evers quiere hablar con usted -repuso el gigante, y le cerro la puerta en las narices.

Momentaneamente anonadado, Robert se quedo en el porche, sintiendo el fresco aire de la manana a su alrededor. Luego se sintio divertido. Sin duda, Michael empleaba a un grupo de gente bastante pintoresco, tanto en su salon de boxeo como en su casa, y siempre parecia haber alguna que otra cara nueva. Aquel gigante le resultaba desconocido. Segun recordaba, el ultimo mayordomo de Michael habia sido un tipo delgado como un palo y con un parche sobre un ojo.

Robert sabia que su amigo podia permitirse contratar a sirvientes profesionales, y tambien vivir en una residencia mas lujosa, gracias a su lucrativa carrera. Pero Michael preferia vivir con sencillez, en una parte de la ciudad que, aunque decente, no era en absoluto elegante. Y en una ocasion le habia explicado a Robert que le gustaba contratar a gente que necesitaba una segunda, y en algunos casos una tercera o una cuarta oportunidad. Un sentimiento noble y admirable, sin duda, y por otra parte Michael podia defenderse con facilidad de cualquier rufian que fuera lo suficientemente estupido para intentar enganarle.

La puerta se abrio. Con un gesto de la cabeza, el gigante le indico que entrara.

– Por aqui -gruno, y condujo a Robert a traves de un corto pasillo. Abrio una puerta y grito desde el umbral-. Aqui esta el tipo que queria verle.

Robert entro en la sala del desayuno. Michael lo miro por encima de una humeante taza de lo que, por el penetrante aroma, debia de ser un cafe muy fuerte.

– Buenos dias, Jamison. Tienes un aspecto un poco mejor que la ultima vez que te vi.

– Y me siento mucho mejor.

– Entonces, ?no te han vuelto a machacar la cabeza?

– No. Aunque sospecho que tu…, esto…, mayordomo se ofreceria voluntario.

– No te preocupes de Chafador. Ladra mas de lo que muerde.

– Creo que no tengo ningun interes ni en que me ladre ni en que me muerda. ?Deberia tratar de saber por que le llaman Chafador?

– Seguramente no. -Hizo un gesto a Robert para que se acercara-. Sientate. Toma un poco de cafe. ?Quieres algo de comer?

– No, nada, gracias. No puedo quedarme. Partimos para Bradford Hall en cuanto regrese a la mansion.

– ?Partimos?

– Yo y Al… la senora Brown.

– ?Si? ?Y como esta la encantadora viuda? Totalmente recuperada, espero.

Para su irritacion, Robert sintio que se le calentaba la nuca.

– Esta muy bien.

Michael lo observo durante varios segundos con una mirada penetrante e inescrutable, luego movio lentamente la cabeza asintiendo.

– Asi que es eso, ?no? Lo sospechaba.

Robert ni siquiera intento negarlo.

– Si. Es eso. Pero corre peligro, no hay duda. Han pasado mas cosas desde la noche en que la raptaron, y necesito tu ayuda.

Se sento frente a Michael y le explico los inquietantes acontecimientos que habian ocurrido desde la ultima vez que se habian visto: el robo, el otro intento de robo y finalmente el descubrimiento de la nota. Al final y

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