demas. Creia que todo estaba muerto y enterrado desde hacia mucho tiempo. Pero estaba equivocada. No habia desaparecido en absoluto. No, todas esas cosas estaban ahi, esperandola en el punto exacto en que las habia dejado cuando se fue de Lovett.

Saco unos pantalones cortos de un cajon. Lo unico que aliviaba su estado de confusion era pensar que cuando estuviese de vuelta a casa, en Seattle, todo habria acabado. No mas secretos. No mas confusion. No mas besos con Jack Parrish.

«Daisy, si manana apareces por mi casa voy a darte lo que andas buscando -le habia advertido Jack-. Voy a follarte hasta que pierdas el sentido.»

La noche anterior, esa advertencia le habia intrigado. Esa manana le hizo recapacitar. No tenia ninguna intencion de aparecer por casa de Jack para que le hiciese perder el sentido. No, eso era lo ultimo que deseaba de Jack.

Volvio a meter los pantalones cortos en el cajon y fue a la habitacion de su madre. Rebusco en su armario hasta que encontro un vestido sin mangas de recia tela vaquera. Era tan ancho que no necesitaba ni botones ni cremalleras. Tenia bordados dibujos de Tigger y Winnie the Pooh en el pecho y alrededor del dobladillo. Con el Daisy parecia tan sexy como una profesora de guarderia: no habia modo de confundirlo con un vestido pensado para inspirar a que la dejasen sin sentido.

Se recogio el pelo en una cola de caballo y se puso sus chancletas negras. No podia salir de casa sin maquillarse un poco, asi que se puso un poco de rimel y de colorete, y se pinto los labios en un tono rosa. Se echo un ultimo vistazo en el espejo y llego a la conclusion de que su aspecto no resultaba nada inspirador para un hombre. Especialmente para un hombre como Jack.

Se metio la carta de Steven en uno de los bolsillos del vestido y se hizo con las llaves del coche de su madre. Daisy estuvo todo el camino luchando contra el impulso de dar media vuelta. Ahora ya no tenia que hacer conjeturas acerca de como iba a sentirse Jack cuando le hablase de Nathan: le habia visto jugar con sus sobrinas.

Enfilo la calle de Jack. Agarraba con tanta fuerza el volante que sus dedos habian perdido el color. Probablemente su madre tenia razon: habia hecho lo que creyo mas adecuado en su momento. Todo el mundo habria hecho lo mismo. Todo el mundo excepto Jack. Este sin duda tendria una vision diferente del asunto; cuando Daisy llego hasta Clasicos Americanos Parrish tenia un fuerte nudo en el estomago y se sentia fisicamente mal.

El Mustang de Jack estaba aparcado frente a la casa y Daisy dejo el coche de su madre justo al lado. Las chancletas le iban golpeando en los talones a medida que recorria el camino hasta la puerta de entrada. La casa seguia pintada del mismo color blanco que recordaba de su infancia. Las contraventanas conservaban su color verde. Tambien habia rosas amarillas, aunque no estaban tan bien cuidadas como antano. Ahora crecian a su aire, a excepcion de los rosales que habia frente al porche, que habian sufrido algunos recortes.

Daisy llamo a la puerta con mosquitero tal como habia hecho hacia una semana. Esperaba que en esta ocasion Jack estuviese solo; si estaba con una mujer, se iria de inmediato.

No hubo respuesta. Metio la cabeza y llamo. Lo unico que oyo fue el ligero zumbido del aire acondicionado en el oscuro interior. Volvio la cabeza hacia el Mustang de Jack y se dio cuenta de que habia una luz encendida dentro del taller. Los viejos olmos que flanqueaban la calle proyectaban perezosas sombras sobre el asfalto, y una ligera brisa mecia la cola de caballo de Daisy en su camino hacia el taller mecanico. Con todo el sigilo de que fue capaz, Daisy abrio la puerta y se colo dentro. La luz que entraba por las altas ventanas dibujaba manchas rectangulares sobre los cinco coches clasicos que estaban siendo restaurados alli. A algunos les habian sacado el motor, que colgaba de unas guias, otros daban la impresion de que les hubiesen arrancado el chasis. Junto a las paredes, ocultas por las sombras del garaje, habia enormes piezas de equipamiento, bancos de trabajo y herramientas. Paso entre un Corvette abierto en canal y otro brillante y largisimo de color rojo y blanco. Las cuatro luces traseras de aquel clasico parecian otras tantas barras de carmin.

Esperaba encontrar recipientes con aceite y grasa y piezas metalicas por el suelo. No fue asi. El taller estaba muy limpio (mucho mas limpio que en los tiempos del padre de Jack) y olia a pino.

A pesar de su caracter, Jack habia logrado hacer algo por si mismo. Habia mejorado lo que le habian dejado. Mucho mas de lo que nadie esperaba de el, y a pesar del miedo que le daba hablar con el esa manana se sintio orgullosa de Jack.

Miro hacia la puerta que conducia al despacho y se detuvo junto a la parte trasera de un coche blanco y rojo. Jack estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observandola.

– Sorpresa -dijo Daisy con voz algo temblorosa; Jack habia estado a punto de provocarle un ataque al corazon.

A la luz de los fluorescentes que iluminaban el despacho, la camiseta de Jack parecia increiblemente blanca. Fruncio el ceno y un mechon de pelo le cayo sobre la frente.

– No mucha, la verdad. Esas chancletas tuyas hacen mucho ruido -dijo Jack.

Daisy miro hacia el suelo y despues volvio a mirar a Jack.

– ?Te estabas escondiendo de mi? -le pregunto ella.

Jack nego muy despacio con la cabeza y respondio:

– A decir verdad, no.

Parecia muy tranquilo, pero la tension que habia entre ellos era evidente. Jack la miraba intensamente; paseo los ojos por su vestido y esbozo una sonrisa burlona.

– El taller ha cambiado mucho -dijo ella rompiendo el silencio-. Debes de sentirte orgulloso, Jack.

Volvio a mirarle a la cara y al dejar caer los brazos a los lados, le dijo:

– No has venido aqui para decirme eso.

– No -admitio Daisy.

Jack se aparto de la puerta y se acerco a ella. El eco de sus botas tenia un tono amenazador. Daisy se agarro a uno de los alerones rojos del coche para obligarse a no salir corriendo.

– Te adverti lo que sucederia si venias aqui hoy -recordo Jack.

No tuvo que preguntarle a que se referia. Lo sabia perfectamente. Daisy sentia el corazon en su garganta.

– He venido a hablar.

– Entonces no tendrias que haberte vestido asi -le insistio Jack.

Daisy observo el vestido de su madre y pregunto:

– ?Te refieres a esto? -A pesar del nudo que le oprimia la garganta, Daisy se rio-. Es horrible.

– Por eso. Esta pidiendo a gritos que te lo quite y lo eche al fuego. -Jack estaba tan cerca de ella que Tigger y Winnie the Pooh casi le rozaban la camiseta.

Por encima del hombro de Jack, Daisy vio el poster de una mujer semi desnuda acostada sobre el capo de un Nova.

– Tenemos que hablar ahora mismo -insistio Daisy.

Jack le paso la punta de los dedos por el menton para obligarla a mirarlo y le dijo:

– Ahora no. -Repaso la linea de la mandibula de Daisy con el dedo e inclino la cabeza hasta que sus narices se tocaron-. Incluso con ese ridiculo vestido me pones a cien. -A Daisy le dio un vuelco el corazon; apenas podia respirar-. Eres incluso mas guapa ahora que antes. Y ya entonces eras tan guapa que me dolia mirarte. -Le acaricio los labios con los suyos y le beso un extremo de la boca-. Me he pasado la manana deseando y temiendo que cruzases esa puerta. -Le rozo la mejilla con los labios-. No tendrias que haber vuelto, Daisy Lee. Tendrias que haberte quedado donde estabas, pero no lo has hecho. Ahora estas aqui y no puedo pensar en otra cosa que en poseerte. Adentrarme en tu humedo y calido interior, donde se que deseas que este. -Le toco el lobulo de la oreja con la punta de la lengua y a Daisy se le cayo el bolso al suelo-. La primera noche que te vi me dije que esto no ocurriria. Pero me equivoque, Daisy.

La calidez de su aliento se extendio por su cuello y le recorrio la piel de todo el cuerpo. El deseo le endurecio los pezones y le humedecio la entrepierna. Tenia que detener aquello de inmediato o se dejaria ir.

– Jack, escucha… -le rogo Daisy.

– Esto era inevitable desde que pusiste el pie en el pueblo. Estoy cansado de oponerme -dijo Jack interrumpiendola al tiempo que le colocaba la palma de la mano en su mejilla y le acariciaba la sien con el pulgar tratando de calmarla-. Dime que tu tambien lo sientes. Dime que tu lo deseas tanto como yo.

– Si, pero…

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