– Mi padre nos llevara a casa de Travis en un periquete. Dice que mi tio Nick necesita un trago. -Pete cargo su rifle de plastico de camuflaje con un dardo de goma anaranjado-. Las ninas se llamaran Isabel y Lilly.

– ?Sabes si…?

Louie llamo a los chicos interrumpiendo a Maddie.

– Hasta luego -dijeron al unisono, se dieron media vuelta y salieron pitando hacia los arboles.

– Adios.

Volvio a tapar el cubo de la basura y regreso a la casa. Se lavo las manos y desinfecto el suelo donde habia encontrado el raton muerto. Eran mas de las siete cuando puso una pechuga de pollo sobre la plancha de George Foreman. Se preparo una ensalada y se bebio dos vasos de vino con la comida. Tenia un largo dia por delante; despues de comer metio los platos en el lavavajillas y se cambio de ropa, se puso unos pantalones azules de Victoria's Secret de estar por casa con la palabra rosa impresa en el trasero. Se puso una sudadera azul con capucha y se recogio el cabello en una cola.

Un bloc de notas amarillo descansaba en su escritorio, Maddie lo cogio antes de encender unas cuantas lamparas y relajarse en el sofa. Mientras buscaba el mando a distancia, penso en Meg y en la conversacion que habian mantenido en el Value Rite. Si Meg le habia mentido al decirle que no sabia lo que habia desencadenado la locura de su madre, tambien podia mentirle sobre otras cosas. Cosas que Maddie tal vez no fuera capaz de demostrar o refutar.

Caso abierto destellaba en la pantalla del televisor, Maddie tiro el mando sobre el sofa y se sento. Puso los pies encima de la mesa de cafe y anoto rapidamente sus impresiones sobre Meg. Escribio una lista de preguntas que pretendia hacerle, como: «?Que recuerda de la noche en que murieron sus padres?», y entonces sono el timbre.

Eran las nueve y media cuando escruto por la mirilla para ver al unico hombre que habia pisado aquella casa o se habia quedado de pie en el porche. Habia transcurrido mas de una semana desde que habia besado a Mick en su oficina de Mort. Ocho dias desde que el le habia desabrochado el vestido y avivado en ella un deseo doloroso y desesperado. Aquella noche no tenia una expresion feliz, pero al cuerpo de Maddie no parecio importarle. Al abrir la puerta noto aquella conocida sensacion placentera en el vientre.

– Has hablado con Meg -dijo alli plantado con los brazos en jarras destilando testosterona y beligerancia masculina.

– Hola, Mick.

– Pense que habia quedado claro que no te acercarias a mi hermana.

– Y yo pense que habia quedado claro que no acepto tus ordenes.

Maddie se cruzo de brazos y se limito a mirarlo. Las primeras sombras palidas de la noche lo pintaban de una debil luz gris y le tenian los ojos de un azul asombroso. ?Que lastima que fuera tan mandon!

Se miraron durante un buen rato antes de que el dejara caer las manos a los costados.

– ?Vamos a quedarnos aqui mirandonos toda la noche o vas a invitarme a entrar?

– Tal vez. -Maddie pensaba hacerlo, pero no todo iba a ser coser y cantar-. ?Vas a ser grosero?

– Nunca soy grosero.

Maddie enarco una ceja.

– Intentare portarme bien.

Lo cual era una especie de declaracion de intenciones, penso ella.

– ?Crees que podras mantener la lengua fuera de mi boca?

– Eso depende. ?Vas a mantener las manos lejos de mi polla?

– Mamon.

Maddie se dio media vuelta y entro en el salon, dejando que el entrara solo.

El cuaderno amarillo estaba boca arriba sobre la mesa del cafe y ella le dio la vuelta al entrar en la sala.

– Se que Meg te dijo que la llamaras.

Maddie busco el mando del televisor y lo apago.

– Si, me lo dijo.

– No puedes hacerlo.

Ella se tenso. Era tan tipico de el creer que podia decirle lo que tenia que hacer… Entraba en su casa, alto e imponente, como si fuera el rey de su castillo.

– Pensaba que ya habias aprendido que yo no obedezco tus ordenes.

– Esto no es un juego, Maddie. -Mick vestia un polo negro de Mort y unos Levi's de talle bajo-. Tu no conoces a Meg. No sabes como se pone.

– ?Y por que no me lo cuentas?

– Si, ya -se burlo-. Asi podras ponerlo en tu libro.

– Ya te he dicho que no voy a escribir sobre ti ni sobre tu hermana. -Se sento en un brazo del sofa y puso un pie sobre la mesa del cafe-. Francamente, Mick, no eres tan interesante. -?Jesus!, aquello era una mentira tan grande que le sorprendio que no le creciera la nariz.

Mick la miro.

– Aja.

– He dejado en paz a Meg, tal como tu querias; fue ella la que se acerco a mi, no yo a ella -dijo poniendose una mano en el pecho.

– Ya lo se.

– Es una mujer adulta. Mayor que tu, y sin duda puede decidir si habla conmigo o no.

Mick se acerco a los ventanales y miro por ellos hacia la terraza y al lago un poco mas alla. La luz de la lampara del sofa le iluminaba un hombro y un lado de la cara.

– Tal vez sea mayor que yo, pero a veces es impredecible. -Se quedo en silencio un momento, luego volvio la cabeza y la miro por encima del hombro. Su voz cambio, el tono exigente habia desaparecido cuando le pregunto-: ?Como sabes que habia huellas de mi madre por todo el bar aquella noche? ?Esta en el informe de la policia?

Maddie se levanto despacio.

– Si.

Apenas oyo la pregunta siguiente.

– ?Que mas?

– Hay fotografias de sus huellas.

– Joder. -Sacudio la cabeza-. Quiero decir, ?que mas habia en ese informe?

– Lo corriente. Todo, desde la hora de llegada hasta las posiciones de los cadaveres.

– ?Cuanto tardo mi padre en morir?

– Unos diez minutos.

Descanso el peso sobre un pie y cruzo los brazos sobre el amplio pecho. Se quedo en silencio durante unos segundos mas antes de proseguir.

– Habria podido llamar a una ambulancia y tal vez le habria salvado la vida.

– Si, habria podido.

El la miro en la corta distancia. Ahora sus ojos estaban llenos de emocion.

– Diez minutos es mucho tiempo para que una esposa vea sufrir y sangrar a su marido hasta la muerte.

Maddie avanzo unos pasos hacia el.

– Si.

– ?Quien llamo a la policia?

– Tu madre. Justo antes de pegarse un tiro.

– Asi que se aseguro de que mi padre y la camarera estaban muertos antes de llamar.

Maddie lo corrigio.

– La camarera tenia un nombre.

– Lo se. -Una triste sonrisa curvo la comisura de sus labios-. De nino mi abuela siempre la llamaba «la camarera». Es solo la costumbre.

– ?No sabes nada de esto?

Mick sacudio la cabeza.

– Mi abuela no hablaba de cosas desagradables. Creeme, que mi madre matase a mi padre y a Alice Jones era la primera en su lista de cosas de las que no hablabamos. -Mick miro por la ventana-. Y tu tienes

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