estribos.

– ?Que harias?

– Bueno, lo de poner termitas en su casa flotante es una idea que se me ha pasado por la cabeza.

Mae sacudio la cabeza. Era ferozmente leal tanto a la madre como a la hija y las consideraba de su propia familia.

– Demasiado suave.

– ?Atropellarle con el coche?

– Te vas acercando.

– ?Dispararle?

Mae sonrio, pero cambiaron de tema cuando Lexie se dirigio hacia ellas arrastrando la cometa. La nina cayo desgarbadamente a los pies de su madre, el dobladillo del vestido vaquero se le habia subido hasta la braguita de Pocahontas. Y tenia hierba pegada a las sandalias blancas.

– Ya no puedo correr mas -dijo sin aliento. Para variar, su cara estaba limpia de cosmeticos.

– Lo has hecho muy bien, carino -la elogio Georgeanne-. ?Quieres un zumo?

– No. ?Por que no vienes conmigo para ayudarme a volar la cometa?

– Ya hemos hablado de eso. Sabes que no puedo correr.

– Lo se -suspiro Lexie, y se incorporo-. Se te mueven los pechos y eso te duele. -Se calo bruscamente el sombrero en la cabeza y miro a Mae-. ?Por que no me ayudas tu?

– Lo haria, pero no llevo sujetador.

– ?Por que? -quiso saber Lexie-. Mi mama lo lleva.

– Bueno, tu mama lo necesita, pero la tia Mae no. -Estudio a la nina un breve momento, luego pregunto-: ?Donde esta todo el mejunje que llevas normalmente en la cara?

Lexie puso los ojos en blanco.

– No es mejunje. Es maquillaje, y mama me ha prometido un gatito de peluche si no lo llevaba hoy.

– Yo te dije hace tiempo que incluso te compraria un gatito de verdad si no lo llevabas nunca mas. Eres demasiado pequena para ser esclava de Max Factor.

– Mama dice que no puedo tene ni gatito, ni perro, ni nada.

– Es cierto -dijo Georgeanne y miro a Mae-. Lexie no es lo suficientemente mayor para hacerse responsable de una mascota y no quiero tener que hacerlo yo. Dejemos el tema antes de que Lexie empiece de nuevo con el. -Georgeanne hizo una pausa, luego dijo en un susurro-: Creo que puede llegar a obsesionarse como con… bueno, ya sabes.

Si, Mae lo sabia y creia que Georgeanne actuaba bien al no decirlo en voz alta, recordandoselo a Lexie. Durante los ultimos seis meses, Lexie le habia estado dando la lata a Georgeanne para que le diera un hermanito o hermanita. Y habia vuelto loco a todo el mundo, y Mae no queria que le calentara mas las orejas con el tema de los bebes. La nina ya estaba bastante obsesionada con poseer una mascota y era una hipocondriaca certificada desde que nacio, lo cual era cien por cien culpa de Georgeanne que desde siempre habia puesto el grito en el cielo con cada uno de sus aranazos.

Mae cogio el te y lo tenia a medio camino de los labios cuando lo volvio a bajar. Dos hombres muy grandes y atleticos caminaban hacia ellas. Reconocio al que llevaba una camisa sin cuello blanca dentro de los vaqueros descoloridos como a John Kowalsky. No reconocio al otro hombre, que era ligeramente mas bajo y menos corpulento.

Los hombres grandes y fuertes siempre habian intimidado a Mae y no solo por su metro cincuenta y cinco y su poco peso. El estomago le dio un vuelco y penso que si ella estaba nerviosa, Georgeanne estaria proxima al infarto. Miro a su amiga y vio que los miraba alterada.

– Lexie, levantate y limpiate la hierba del vestido -dijo Georgeanne con lentitud. Le temblaba la mano cuando ayudo a su hija a ponerse de pie.

Mae habia visto a Georgeanne perturbada, pero nunca tanto como hasta ahora.

– ?Estas bien? -susurro.

Georgeanne asintio con la cabeza y Mae observo como componia una sonrisa y se metia de lleno en el papel de anfitriona.

– Hola, John -dijo Georgeanne cuando los dos hombres se acercaron-. Espero que no tuvieses problemas para encontrarnos.

– No -contesto el, deteniendose justo delante de ellas-. Ninguno. -Tenia los ojos ocultos por unas caras gafas de sol y los labios apretados en una linea. Durante unos embarazosos segundos, solo se quedaron mirandose el uno al otro. Luego Georgeanne centro la atencion en el otro hombre, al que Mae le echaba un metro ochenta y cinco-. Debes de ser el amigo de John.

– Hugh «Cavernicola» Miner -sonrio y le tendio la mano.

Mientras Georgeanne le estrechaba la mano, Mae estudio a Hugh. Con un vistazo superficial decidio que su sonrisa era demasiado agradable para un hombre con esos ojos de un intenso color avellana. Era demasiado grande, demasiado guapo y su cuello era demasiado grueso. No le gusto.

– Me alegro de que pudieras reunirte hoy con nosotros -dijo Georgeanne al soltar la mano de Hugh, luego presento los dos hombres a Mae.

John y Hugh la saludaron al mismo tiempo. Mae, que no era tan buena ocultando sus sentimientos como Georgeanne, intento sonreir. Pero no consiguio mas que un ligero tiron del labio.

– Este es el senor Miner y ya recuerdas al senor Kowalsky, ?no es cierto, Lexie? -inquirio Georgeanne, continuando con las presentaciones.

– Si. Hola.

– Hola, Lexie. ?Como estas? -pregunto John.

– Pues -empezo Lexie con un suspiro melodramatico-, ayer me lastime el dedo del pie en el porche delantero de casa y me golpee el codo muy fuerte con la mesa, pero ahora estoy mejor.

John se metio las manos en los bolsillos delanteros de los vaqueros. Miro a Lexie y se pregunto que le decian los padres a las ninas que se lastimaban los dedos y se golpeaban los codos.

– Me alegra oir que estas mejor -fue todo lo que se le ocurrio decir. No podia pensar en nada mas y se la quedo mirando. Se dio el gusto de observarla como habia querido hacer desde que supo que era su hija. Le examino la cara, sin lapiz de labios ni sombra de ojos era como si en realidad la viera por primera vez. Vio las diminutas pecas color cafe que le salpicaban la pequena nariz recta. Tenia la piel tan suave como la crema y los mofletes rosados como si hubiera estado corriendo. Los labios eran carnosos como los de Georgeanne, pero sus ojos eran como los de el, con las mismas pestanas negras que habia heredado de su madre.

– Teno una cometa -dijo ella.

Los rizos oscuros le caian desde el sombrero vaquero con un gran girasol.

– ?Si? Que bien -dijo, preguntandose de que demonios podia hablar con ella. Estaba con ninos a menudo. Bastantes jugadores del equipo llevaban a sus hijos a los entrenamientos y nunca habia tenido problemas para hablar con ellos. Pero por alguna razon ahora no podia pensar en nada de que hablar con su hija.

– Bien, hace un dia precioso para un picnic -dijo Georgeanne y Lexie se volvio hacia ella-. Hemos traido un pequeno almuerzo. Espero que los chicos tengais hambre.

– Yo estoy hambriento -confeso Hugh.

– ?Y tu, John?

Cuando Lexie camino hacia su madre, John noto las manchas de la hierba en la parte trasera del vestido vaquero.

– ?Yo que? -pregunto, levantando la vista.

Georgeanne se coloco al otro lado de la mesa y lo miro.

– ?Tienes hambre?

– No.

– ?Quieres un vaso de te helado?

– No. No quiero te.

– Bien -dijo Georgeanne con una sonrisa vacilante-. Lexie, ?le das un plato a Mae y otro a Hugh mientras sirvo el te?

Era obvio que su respuesta habia irritado a Georgeanne, pero no le importaba en absoluto. Sentia los mismos temblores que antes de los partidos. Lexie lo asustaba como un demonio, y no sabia por que.

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