– Bueno, estais en vuestro derecho de realizar la ceremonia en lugar de vuestro marido.
– Manana, prepara mi palanquin lo primero.
– Si, mi senora.
– Espera, An-te-hai. ?Como se enterara el emperador de mi acto?
– El eunuco encargado del templo tomara nota de vuestro nombre. Tiene la obligacion de informar a su majestad cada vez que alguien presenta respetos a sus antepasados en su nombre.
No sabia como se honraba a los antepasados imperiales. Segun An-te-hai, todo lo que tenia que hacer era arrojarme al suelo y reverenciar a los diversos retratos y estatuas de piedra. No parecia duro.
Al alba siguiente viaje en el palanquin con An-te-hai caminando a mi lado. Atravesamos la logia de la Fresca Fragancia y luego la puerta del Valor Espiritual. En una hora llegamos al templo de la Paz Eterna. Delante de mi se levantaba un espacioso edificio con cientos de pajaros anidando bajo sus aleros.
Me recibio un joven monje que tambien era eunuco, con mejillas sonrosadas y un lunar entre las cejas. An- te-hai anuncio mi nombre y titulo y el monje saco un gran libro de registro y un pincel, lo mojo en tinta y apunto mi nombre en mayusculas en el libro.
Me condujeron hasta el interior del templo. Despues de pasar por unas cuantas arcadas, el monje dijo que tenia que atender unos asuntos y desaparecio detras de una hilera de columnas. An-te-hai le siguio.
Mire a mi alrededor; la sala gigante, de varios pisos de altura, estaba llena de estatuas doradas. Todo estaba pintado en tonos dorados. Habia templos dentro del templo. Los pequenos templos hacian juego con el diseno del principal.
Por un arco lateral aparecio un monje anciano. Tenia una barba blanca que le llegaba casi hasta las rodillas. Sin hablar, me dio una botella llena de varillas de incienso. Le segui hasta una serie de altares.
Encendi el incienso, me puse de rodillas y reverencie las diversas estatuas. No tenia ni idea de a que antepasado estaba adorando. Moviendome a traves del templo, repeti el acto una y otra vez. Despues de rendir homenaje a una docena de antepasados, estaba cansada. El monje se sentaba en un rincon con los ojos cerrados. Salmodiaba, tapando con una mano el instrumento de canto, un
Me encontraba muy a gusto en el templo. Como nadie miraba, mis reverencias eran cada vez menos pronunciadas. Gradualmente las reverencias fueron sustituidas por simples inclinaciones de cabeza. Mis ojos se aseguraron de que el monje no descubria mi artimana. Segui mirandole hasta que el sonido de su
– Hubo un principe que durante su culto descubrio que el caballo de arcilla del dios chino estaba sudando -me dijo el monje de repente como si me hubiera estado mirando todo el rato-. El principe llego a la conclusion de que el dios debia de haber estado trabajando duro a lomos de su caballo, patrullando los palacios. A partir de entonces, Kuan Kong se convirtio en una figura clave para los fieles de la Ciudad Prohibida.
– ?Por que cada dios se sienta en su propio altar? -le pregunte.
– Porque merecen atencion por quienes son -respondio el monje-. Por ejemplo, el venerable Tsongkapa fue el padre fundador de la secta amarilla del budismo. Es el que se sienta en una silla dorada junto a esa pared llena de cientos de pequenas reproducciones de si mismo. A sus pies hay un sutra budista escrito en manchu.
Mis ojos se dirigieron al fondo del pasillo, donde se exhibia una gran pintura de seda vertical. Era un retrato del emperador Chien Lung con una tunica budista. Le pregunte al monje si Chien Lung, mi abuelo politico, era creyente. El monje me informo de que no solo era un devoto budista sino tambien un adepto de la religion Mee Tsung, que en su origen era una rama del budismo.
– Su majestad hablaba tibetano y leia los sutras en ese idioma -dijo el monje, y siguio golpeando su
Estaba agotada. Ahora entendia por que las otras concubinas no querian ir.
El monje se levanto de su alfombra de oracion y dijo que debiamos irnos. Le segui hasta un altar situado en un patio abierto. Me guio hasta arrodillarse enfrente de un bloque de marmol y empezo su salmodia otra vez.
Era mediodia y el sol me daba directamente en la espalda. Rece por que acabara la ceremonia.
Segun An-te-hai, aquel debia ser el ultimo acto. El monje estaba a mi lado de rodillas, y su barba tocaba el suelo. Despues de tres pronunciadas reverencias, se levanto. Abrio un manuscrito de acciones escritas y empezo a leer en mandarin los nombres de los antepasados seguidos de descripciones de sus vidas. Las descripciones eran muy similares; todo alabanzas y nada de criticas. Palabras como «virtud» y «honor» aparecian en cada parrafo. El monje me indico que golpeara el suelo con la frente cinco veces por cada nuevo nombre. Segui sus instrucciones.
Los nombres de la lista del monje parecian interminables y la frente empezaba a despellejarseme. Solo la idea de que la ceremonia estaba a punto de acabarse me daba fuerza para seguir, pero me equivocaba. El monje continuo su lectura. Tenia la nariz a pocos milimetros de sus pies y podia ver sus callos. Pense que llegado este punto debia de sangrarme la frente. Me mordi el labio. Por fin acabo con la lista, pero entonces dijo que tenia que repetir la misma ceremonia en idioma manchu.
Rece por que An-te-hai viniera a rescatarme. ?Donde estaba? El monje habia empezado en manchu. Canturreaba y yo no entendia nada salvo los nombres de los emperadores. Estaba a punto de perder la consciencia cuando vi a An-tehai, que corrio hacia mi y me ayudo a levantarme.
– Lo siento, mi senora. No sabia que este monje seguiria leyendo hasta que su victima falleciera. Pense que mis hermanos bromeaban cuando me lo dijeron.
– ?Puedo irme ahora? -pregunte.
– Me temo que no, mi senora. Vuestra buena accion no sera registrada hasta que se complete del todo.
– ?No sobrevivire!
– No os preocupeis -susurro An-te-hai-. Le acabo de ofrecer una suculenta propina. Me ha asegurado que el resto de la ceremonia durara poco.
Dioses de piedra se alineaban en el extremo del lugar, un espacio abierto con una pared orientada hacia el oeste. En el sudeste se levantaba un mastil de bandera. Sobre el mastil habia un comedero de pajaros. Se decia que los pajaros entregaban los mensajes del emperador a los espiritus. Habia un extrano objeto colgando de la pared. Al acercarme pude observar que era una bolsa de algodon de color tierra.
– La bolsa pertenecio al padre fundador de la dinastia, el rey Nurhachi -explico el anciano monje-. Dentro estan los huesos del padre y el abuelo del rey. Nurhachi los devolvio a la tribu para ser enterrados despues de que los dos hombres fueran asesinados por el enemigo.
El monje dio unas palmadas. Aparecieron dos mujeres con los rostros cubiertos de barro.
– Las brujas de las tribus Shaman -dijo el monje a modo de presentacion.
Las tunicas de las mujeres estaban llenas de dibujos de aranas negras. Escamas de cobre cubrian sus sombreros. En la cabeza, orejas y cuello, llevaban abalorios hechos con huesos de frutas, y campanas atadas a las extremidades. Tambores de diferentes tamanos colgaban de sus cuellos y cinturas. Una «cola» marron de tiras de cuero trenzadas, de un metro de largo, les salia del trasero. Al empezar a bailar me rodearon. La boca les olia a ajo. Cantaban imitando sonidos de animales.
Nunca habia visto una danza tan turbadora. Las mujeres permanecian en cuclillas la mayor parte del tiempo. Las «colas» parecian un excremento fibroso.
– ?No os movais! -grito el monje al ver que intentaba estirar las piernas.
Las danzarinas se alejaron de un salto y fueron a rodear el mastil. Daban vueltas como pollos sin cabeza con los brazos hacia el cielo. Gritaron:
– ?Cerdo! ?Cerdo!
Cuatro eunucos trajeron un cerdo atado. El animal gemia. Las bailarinas saltaban por encima de el sin cesar. Se llevaron el cerdo. Trajeron una bandeja dorada con un pez moviendose en ella. El monje me conto que habian cogido el pez en el estanque vecino. El monje joven regreso y ato el pez habilmente con una cinta roja.
– ?De pie!
