El monje anciano me levanto y me cogio de la mano derecha. Antes de que me percatara de lo que sucedia, me pusieron un cuchillo en la mano y me obligaron a abrir el pez.

An-te-hai y el monje joven me sujetaban con sus rodillas y brazos para que no me cayese.

Trajeron la cabeza blanqueada del cerdo en una gran bandeja. El monje anciano me dijo que era el cerdo lastimero que acababa de ver hacia un momento.

– Solo un cerdo recien muerto y hervido garantiza la magia.

Cerre los ojos y respire hondo. Alguien me cogio la mano derecha e intento aflojar mis agarrotados dedos. Abri los ojos y vi a las bailarinas, que me ofrecian un cuenco dorado.

– ?Sujetadlo! -ordeno el monje anciano.

Me sentia demasiado debil para protestar.

Trajeron un gallo y lo colocaron ante mi. Una vez mas me dieron un cuchillo. El cuchillo se me seguia cayendo de los dedos. El monje cogio el cuenco en sus manos y me dijo que sujetara el gallo.

– ?Cortadle la cabeza y derramad su sangre en el cuenco!

– No puedo. -Senti que estaba a punto de desmayarme.

Lo ultimo que recuerdo es que derramaba vino sobre los adoquines donde estaban el pez, el cerdo y el gallo banados en su sangre.

De regreso al palanquin, vomite. An-te-hai me dijo que cada dia se pasaba un cerdo por la puerta del Trueno y la Tormenta y se sacrificaba a mediodia. Se suponia que los cerdos decapitados se desechaban despues de la ceremonia, pero no era asi. Los eunucos del templo los escondian, los troceaban y los vendian a buen precio.

– Durante mas de doscientos anos, el caldo del gran caldero donde se cuecen los cerdos no se ha cambiado -me explico An-te-hai-. Nunca se deja apagar el fuego del fogon. Los eunucos venden la carne del cerdo: «No es una carne corriente. ?Ha sido sumergida en la sopa celestial! ?Te dara suerte y fortuna a ti y a tu familia!».

Nada cambio despues de mi visita al templo. Al final del otono, la esperanza de atraer la atencion del emperador Hsien Feng se desvanecio. Toda la noche escuchaba cantar a los grillos. Los grillos del jardin imperial no suenan igual que los de Wuhu. Los grillos de Wuhu cantaban cortas melodias, de tres compases cada intervalo. Los grillos imperiales cantaban sin descanso.

An-te-hai me conto que las concubinas mayores, que vivian en el palacio de la Tranquilidad Benevolente, criaban grillos. Cuando el tiempo era calido, los grillos empezaban a cantar justo despues de anochecer. Miles de grillos vivian en yoo-hoo-loos, vasijas en forma de botella que las concubinas hacian con calabazas secas.

Aquel ano la estacion de las lluvias empezo pronto y las flores se troncharon. Petalos blancos alfombraban el suelo y su fragancia era tan intensa que llenaba mi habitacion. Las raices de mis peonias estaban empapadas por las lluvias, que duraban todo el dia, y empezaban a pudrirse. Los arbustos estaban enfermos y tenian manchas parduscas. Habia charcos por todas partes. Deje de salir al exterior despues de que Ante-hai pisara un escorpion de agua y se le hinchara el tobillo como una cebolla.

Cada dia emprendia la misma rutina. Me maquillaba y me vestia por la manana y me quitaba todo aquello por la noche. Esperaba a su majestad sin hacer nada mas. El sonido de los grillos se hacia cada vez mas triste a mis oidos. Intente no pensar en mi familia.

An-te-hai fue al palacio de la Tranquilidad Benevolente y regreso con una cesta llena de yoo-hoo- loos hermosamente tallados. Queria ensenarme a criarlos y a tallar las calabazas. Me prometio que eso me ayudaria a sobrellevar mi soledad, como tantas otras concubinas. La calabaza, segun me explico, era un simbolo auspicioso; implicaba un deseo de «descendencia numerosa».

– Aqui estan las semillas del ano pasado. -An-te-hai me ofrecio un punado; parecian semillas de sesamo negro-. Se plantan en la primavera. Cuando florecen, las calabazas empiezan a tomar forma. Se disena una jaula que obligue a la calabaza a crecer en la forma deseada: redonda, rectangular, cuadrada o asimetrica. Cuando esta madura, la cascara se endurece. Se saca la calabaza de la trama, se vacian las semillas y se labra una obra de arte.

Estudie las calabazas que An-te-hai habia traido. Los dibujos y colores eran intrincados y vivos. Un motivo de primavera se repetia continuamente. Me impresiono una pieza en la que figuraban unos bebes jugando en un arbol.

Despues de cenar An-te-hai me llevo a visitar el palacio de la Tranquilidad Benevolente. Llevabamos cada uno calabazas secas. En lugar de pedir el palanquin, fui caminando. Atravesamos tres patios. Al acercarnos al palacio, se hizo mas intenso el olor a incienso. Cruzamos nubes de humo. Oi sonidos planideros e imagine que eran monjes entonando sus salmodias.

An-te-hai sugirio que nos detuvieramos primero en el pabellon del Arroyo para devolver las calabazas secas. Al pasar por la puerta y entrar en el jardin, me sorprendieron los grandiosos templos que cubrian las colinas. Por todas partes habia estatuas de Buda. Las pequenas eran del tamano de un huevo y podia sentarme a los pies de las grandes. Los nombres de los templos estaban esculpidos en tableros dorados: palacio de la Excelente Salud, palacio de la Paz Eterna, salon de la Misericordia, mansion de la Nube Afortunada, mansion de la Calma Eterna. Algunos estaban construidos a partir de pabellones ya existentes; otros, a partir de habitaciones y jardines. Todo el espacio estaba lleno de pagodas y altares.

– Las concubinas mas ancianas han convertido sus viviendas en templos -susurro An-te-hai-. Se pasan la vida sin hacer nada mas que cantar. Cada una tiene un pequeno lecho detras de la estatua de un Buda.

Queria saber como eran las concubinas, asi que segui el sonido de su cantinela. Descendi por un sendero que conducia al salon de la Abundante Juventud. An-te-hai me dijo que era el mayor de aquellos templos. Al entrar vi que el suelo estaba cubierto de figuras orantes envueltas en un humo denso. Los fieles se levantaban y se arrodillaban como la ola de un oceano. Su canto era atono y en las manos movian rosarios de cuentas enceradas.

Me di cuenta de que An-te-hai no estaba conmigo; habia olvidado que a los eunucos no se les permitia la entrada en ciertas zonas religiosas.

El sonido del canto se hacia mas fuerte. El inmenso Buda, en mitad de la sala, sonreia con una sonrisa ambigua. Por un momento perdi el sentido de la realidad y me converti en una de las concubinas del suelo. Me vi a mi misma tallando calabazas secas, con la piel arrugada y luego con las arrugas creciendo hasta hacerse pliegues, el cabello volviendoseme blanco y cayendoseme los dientes.

– ?No! -grite.

Los yoo-hoo-loos se me cayeron de las manos. Dejaron de cantar y cientos de cabezas se volvieron hacia mi. Yo era incapaz de moverme. Las concubinas me observaban con las bocas desdentadas abiertas y el cabello tan fino que parecian calvas. Nunca habia visto unas damas con semblantes tan graves. Tenian las espaldas curvadas y los miembros me recordaban los troncos retorcidos de los arboles de las cimas de las montanas. En aquellos rostros no quedaban vestigios de su pasada belleza. No imaginaba a ninguna de ellas siendo objeto del deseo del emperador. Las mujeres levantaron sus brazos delgados como palillos hacia el cielo, sus manos como garras se movian como si aranaran algo. Senti una piedad sobrecogedora por ellas.

– Soy Orquidea -me oi decir a mi misma-. ?Como estan?

Se levantaron, entornando los ojos con expresion depredadora.

– ?Tenemos una intrusa! -exclamo una anciana con voz temblorosa-. ?Que hacemos con ella?

– ?Matemosla! -fue la respuesta chillona de la multitud.

Me arroje al suelo y lo toque con la frente varias veces. Explique que me habia entrometido por error, les pedi disculpas y prometi que nunca me volverian a ver. Pero las mujeres estaban decididas a alcanzarme y a despedazarme. Una mujer me tiraba del pelo, otra me pegaba en la barbilla. Les suplique que me perdonaran mientras intentaba llegar hasta la puerta. Las mujeres se reian como histericas sin dejar de darme patadas, empujones y zarandearme de un lado a otro.

Me acorralaron contra la pared. Varias manos fuertes me agarraron por la garganta, notaba dedos de largas unas apretandome y cortandome la respiracion. Los viejos rostros se agolpaban ante mi como nubes negras surcando el cielo.

– ?Ramera! -me maldijeron-. Ahora reza a Buda antes de morir.

De repente algo distrajo a la muchedumbre; An-te-hai se habia subido a lo alto de la verja y les arrojaba

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