– Si vais a ordenar mi castigo -dije, permaneciendo de pie y erguida-, solo os pido que tengais la misericordia de hacerlo pronto.
Mientras hablaba, me ate los lazos del camison. ?Que mas podia conseguir? Desde que me trasladara a la Ciudad Prohibida, habia dejado de ser una persona corriente. ?Cual seria la reaccion de Hermana Mayor Fann cuando supiera que me habia dirigido al hijo del cielo como a un espiritu semejante? Sonrei solo de pensar en la cara que pondria Hermana Mayor Fann. Divulgaria la historia de la «legendaria Orquidea» hasta que le salieran pupas en los labios.
Casi con jubilo le dije a su majestad que estaba dispuesta a que se me llevaran los eunucos, pero Hsien Feng no hizo ningun movimiento. Parecia sorprendido por la situacion, pero lo que sintiera ya no me importaba. Toda mi espera por la suerte que pudiera correr al dia siguiente se habia desvanecido; habia liberado mi alma.
– Me interesas -dijo el emperador, y una sonrisa viajo por sus labios sellados.
Debia de ser el estilo imperial de tortura, pense.
– Dime que te arrepientes de lo que has hecho. -Se acerco a mi hasta que nuestros rostros estuvieron a pocos milimetros. Habia dulzura en su mirada-. Es demasiado tarde, incluso aunque te arrepientas. No te valdra de nada suplicar. No estoy de humor para ser clemente, ni una pizca. No me queda nada de clemencia.
«Solo por esa razon te compadezco», le dije con la mirada. Me alegraba de no estar en su lugar. Podia ordenar mi muerte, pero no podia ordenar la suya. ?Que clase de poder era el suyo? Era un cautivo de si mismo.
El emperador insistio en conocer mis pensamientos. Al cabo de un momento de vacilacion, decidi revelarselos. Le dije que lo compadecia, aun cuando pareciera tan poderoso. Le dije que no me impresionaba que me eligiera a mi, no a un igual, sino a una esclava indefensa, para castigarme. Le dije que no le guardaria rencor por castigarme, porque podia ver que habia encontrado a alguien en quien descargar su frustracion y no habia nada mas facil que decapitar a una concubina.
Mientras le decia esto, esperaba que se enfureciera, que llamara a los eunucos, para que me sacaran de alli y a los guardias para que me atravesaran con sus espadas, pero su majestad hizo todo lo contrario. En lugar de encolerizarse, se calmo. Parecia realmente afectado por mis palabras. Su expresion se convirtio en la obra de un escultor de arcilla poco habil que intentaba representar una cara alegre pero le salia una amarga.
Su majestad se sento despacio en el borde de la cama y me hizo senas para que me sentara a su lado. Le obedeci. El sonido del
– ?Y si tenemos una simple conversacion? -me pregunto.
No tenia ganas de responder, asi que me quede callada.
– ?No tienes nada mas que decir?
– Ya lo he dicho todo, su majestad.
– ?Estas… sonriendo!
– ?Estais ofendido?
– No, me gusta. Sigue sonriendo… ?has oido lo que he dicho?
Note que mi expresion se congelaba ante su orden.
– ?Que pasa? Tu sonrisa ha desaparecido ?Haz que vuelva! Quiero volver a ver esa sonrisa en tu rostro. ?Ponla otra vez, ahora!
– Lo estoy intentando, majestad.
– ?No es esa! ?Te has llevado mi sonrisa! Como te atreves…
– ?Y esta, majestad?
– No, esto no es una sonrisa, es una mueca, una mueca horrible. ?Necesitas ayuda?
– Si.
– Entonces dime como.
– Su majestad podria decir mi nombre.
– ?Tu nombre?
– ?Sabeis mi nombre?
– ?Que pregunta tan malintencionada! No, claro que no.
– Soy vuestra esposa. Soy vuestra consorte del cuarto rango.
– ?De veras?
– ?Mi nombre, majestad?
– ?Tendrias la amabilidad de recordarmelo?
– ?Deberia? ?Ha tenido alguien en este reino la suerte de oir al hijo del cielo decir «tendrias la amabilidad»?
– ?Como te llamas? ?Vamos!
– ?Por que habriais de molestaros?
– ?Su majestad quiere molestarse!
– Sera mejor que no; tendreis pesadillas.
– ?Por que?
– No se si me convertire en un fantasma bueno, y uno malo persigue a los vivos. Supongo que su majestad es consciente de ello.
– Ya veo. -Se levanto y camino descalzo hasta una bandeja dorada que estaba encima de su escritorio. En la bandeja habia un pedacito de bambu con mi nombre en el-. Dama Yehonala. -Levanto el trozo de bambu y lo apreto en su mano-. ?Como te llama tu familia, Yehonala?
– Orquidea.
– Orquidea. -Asintio y murmuro el nombre varias veces mientras dejaba caer el pedazo de bambu otra vez en la bandeja-. Bueno, Orquidea, tal vez te gustaria que te concediera un ultimo deseo.
– No, me gustaria acabar con mi vida lo antes posible.
– Sera un honor concedertelo, ?algo mas?
– No.
– Bueno, entonces -dijo el emperador-, tal vez antes de morir quieras saber por que estas aqui esta noche.
El esfuerzo del emperador por parecer severo no podia ocultar una debil sonrisa.
– No me importa -me las arregle para decir.
– Bueno, todo empezo con una historia que me conto el eunuco jefe Shim… Vamos, Orquidea, acuestate aqui conmigo, no te dolera. Tal vez esto te convierta en un fantasma bueno.
Mientras subia a la cama, se me enredo el camison.
– Quitatelo, quitate la ropa -dijo el emperador Hsien Feng senalando mi camison con el dedo.
Mostre mi cuerpo con azoramiento. Que extrana obra estaba representando, pense.
– Era la historia del emperador Yuan Ti de la dinastia Han. -El tono de su majestad era carinoso y vital-. Al igual que yo, poseia miles de concubinas a quienes no habia visto jamas. Solo tenia tiempo para elegirlas a partir de sus retratos, que pintaba un artista de la corte llamado Mao Yen-shou. Las concubinas inundaban de regalos al pintor con la esperanza de que las representase lo mas deseables posible. La mas bella de todas las concubinas era una muchacha de dieciocho anos llamada Wang Chao-chun. Wang tenia un caracter fuerte y no creia en el soborno, creia que el artista la pintaria tal como realmente era. Pero el pintor Mao Yen-shou hizo un terrible retrato de ella. El cuadro no hacia justicia a su belleza, y como resultado el emperador Yuan Ti nunca la conocio.
»En aquellos dias se presentaron en la corte muchos dignatarios para rendirle homenaje, entre ellos Shang Yu, el Gran Khan, que reinaba sobre los turcomanos y los hunos. Con la intencion de fortalecer los lazos de amistad con aquel poderoso vecino, el emperador Yuan Ti le ofrecio como esposa a una de sus propias concubinas, a Wang Chao-chun, a quien nunca habia visto.
»Cuando la novia, que habia ido a despedirse aparecio ante Yuan Ti, el emperador se quedo mudo ante su belleza. No sabia que su haren guardaba una doncella de tan formidable encanto. La deseo en aquel mismo instante, pero era demasiado tarde: Wang Chao-chun ya no le pertenecia.
»En cuanto la pareja partio, Yuan Ti ordeno la decapitacion de Mao Yen-shou. Incluso asi, el emperador se quedo para siempre hechizado por el recuerdo de la doncella y lamento la felicidad que podia haber sido
