De algun modo su monotona explicacion me excitaba y me hacia perder el miedo.

– Venis por legiones -prosiguio-. No os importa como me siento, venis a ocupar mi dormitorio y a robarme mi esencia. ?Egoistas, avarientas, lobas chupasangre!

– Yo disfrutaria de nuestra relacion -fueron las palabras que salieron de mi pecho como impelidas por una extrana fuerza.

Parecia sorprendido.

– ?Tu… disfrutarias?

– No temo poner el trasero en pompa. -Mi voz me exigia que la soltara-. Estoy aqui para ser vuestra amante; he pagado por este anhelado momento. No solo me ha costado mi ruyi y mi pasador de cabello, sino que tambien me ha separado de mi familia. -Se me escaparon las lagrimas y no tenia ganas de contenerlas-. No se me permite anorar a mi madre y a mis hermanos, pero los anoro terriblemente. No he llorado a pesar del hecho de tener que pasar toda mi juventud en soledad, pero ahora lloro. ?Tal vez sea egoista, pero no soy una avarienta loba chupasangre! ?No voy detras de la esencia de nadie, pero estoy hambrienta de afecto!

– Tu… -Se acerco mas y me atrajo delicadamente hacia el-. Estas no son las frases oficiales. ?Quien te las prepara? ?Tu? ?Tu sola? ?Tienes mas?

Dentro de mi crecia la necesidad de satisfacer mi ansia de placer.

– Majestad, permitidme que os haga una pregunta. Estaba pensando… si quereis, se unas danzas.

Contra mi voluntad, mi mente empezo a imaginarse un par de gusanos de seda copulando, en el momento en que la mitad del cuerpo del macho es tragado por el de la hembra. Estaba alli tumbada medio excitada, medio asqueada.

El emperador rugio encima de mi, murmurando palabras que no alcanzaba a entender. No podia creer que no sintiera el dolor que esperaba sentir; mi cuerpo daba la bienvenida al intruso. El emperador Hsien Feng se esforzaba como si realizara una tarea dificil. Yo tambien estaba incomoda. Poner el trasero en pompa no era parte de la danza del abanico. Eramos como dos monos explorando las maneras de aparearse. Al final, agotada, me tumbe boca arriba. Su cara aparecio ante mi y gotas de sudor cayeron en mi boca. Arquee la espalda y saque pecho.

– Sigue -grito mientras dejaba de jadear.

Podia oir mi propio pensamiento: «aplica lo que has aprendido en la casa del Loto», pero no podia mover el trasero. A tientas me tumbe boca abajo. Hsien Feng cayo sobre mi cuan largo era como una manta. Me senti tan sorprendentemente comoda que llore. Sus movimientos eran ritmicos y me vinieron a la mente los versos de una opera: «Cese el futuro, amor mio, pues el sol no sera mas brillante ni el dia mas feliz…». El placer iba siendo cada vez mayor y pronto fui presa de el. El hijo del cielo susurro entre jadeos. No estaba segura de haber oido la palabra «semilla».

Antes del alba el emperador quiso mas. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de probar mi danza del abanico. Tuvo un efecto curioso; funciono y su majestad me dijo que era magica. Sobre todo aprecio que le llamara «amor» en mitad de la pasion y no «majestad».

Durante las noches siguientes, siguio mandandome llamar. Mi amante estaba sorprendido de poder plantar repetidamente sus semillas. Complaciendose, me suplico que explorase. Yo estaba preocupada por la gran emperatriz; podia acusarme de acaparar a su hijo para mi sola, de robarle los nietos «que se contaban por centenares». El placer del amor nos hacia permanecer despiertos toda la noche. Su majestad me abrazaba, mi energia parecia inagotable y dejaba que me transportase una y otra vez.

Por las mananas nos mirabamos como si hubieramos sido amantes durante muchos anos.

– «El puente de la urraca» -empezo su majestad un dia- es el cuento mas hermoso que he oido jamas. Los tutores imperiales nunca me lo contaron. Me han llenado la cabeza de basura. Mis estudios se han limitado a cuadros de un imperio roto; este tipo de lecciones no tenian sentido para mi. ?Como ha podido perderse todo aquello cuando cada emperador ha sido sabio? Los tutores nunca me explicaron como hemos llegado a tener tantas deudas con quienes nos han robado.

Yo escuchaba atentamente.

– Los tutores me dijeron que mi mision en la vida era la venganza -prosiguio-. Asi que me educaron en el odio. Me amenazaban con que no tendria lugar en el templo de mis antepasados si no cumplia con mi obligacion. Mi obligacion es restaurar el mapa de China, pero ?como voy a conseguirlo? ?China esta despedazada y me envian a combatir sin armas! Mi vida consiste en ser humillado por los barbaros.

Me hizo sentir que era su amiga. Luego, una noche me pregunto:

– ?Que quieres que te conceda?

– No quiero decir «volver a veros», pero me temo que estoy empezando a desear eso.

Intente contenerme, pero mis lagrimas me traicionaron.

– Orquidea, no te aflijas, tengo poder para darte cualquier cosa.

Mi corazon se consolo con su promesa, pero mi cabeza me advertia de que no confiara en sus palabras, pronunciadas en un momento de pasion. Me dije a mi misma que al dia siguiente tendria otra concubina, otra concubina tan apasionada como yo estaba, otra concubina que tambien habria ofrecido los ahorros de su vida al eunuco jefe Shim.

Cuando el sol salio, yo ya estaba de vuelta en el palacio de la Belleza Concentrada. Despues de asearme, sali al jardin. El tiempo estaba despejado y brillaba el sol. Las rosas y las magnolias empezaban a florecer. En el patio docenas de jaulas de pajaros colgaban de las ramas de los arboles. A aquella hora los eunucos entrenaban a los pajaros imperiales, pajaros de todo el pais. Despues de un periodo de entrenamiento, enviaban los mejores al emperador Hsien Feng, quien los distribuiria como regalos a las concubinas de su difunto padre.

Los eunucos ensenaban a las aves a cantar, hablar y hacer monerias. La mayoria eran pajaros exoticos con nombres divertidos, como Sabio, Poeta, Doctor y Sacerdote Tang. A los que hacian bien las cosas les recompensaban con grillos y gusanos; los que no, se quedaban sin comer. Tambien habia palomas completamente blancas a las que se les permitia volar libremente. La aficion favorita de An-te-hai era entrenar palomas. Ataba cascabeles y campanillas de viento a las patas de los pajaros y los soltaba. Sobrevolaban en circulo mi palacio profiriendo sonidos maravillosos. Cuando el viento era fuerte, los sonidos me hacian pensar en la musica antigua.

Habia un loro inteligente al que An-te-hai llamaba Confucio. El pajaro podia recitar frases de tres caracteres de San Tzu Ching. Por ejemplo, decia: «Los hombres nacen buenos». An-te-hai le ofrecio Confucio al eunuco jefe Shim como regalo de cumpleanos, quien a su vez se lo obsequio al emperador Hsien Feng como regalo de cumpleanos, quien me lo regalo a mi. Para entonces el pajaro no sabia lo que decia, tergiversaba una palabra e invertia el significado. Ahora el loro Confucio decia: «Los hombres nacen malos». Me pregunte si fue obra de su majestad y le dije a An-te-hai que no corrigiera al loro.

Tambien me gustaban los pavos reales que criaba An-tehai; vagaban por todas partes de mi palacio. An-te- hai los entrenaba para que me siguiesen; los llamaba «mis damas imperiales» y vivian y se criaban en mi jardin. Cuando An-te-hai me veia salir, silbaba y los pavos se reunian y me saludaban. Era maravilloso. Los pajaros proferian una especie de cacareo, como si estuviesen charlando. Si estaban de humor, abrian sus «vestidos» azules y verdes y competian en demostraciones de belleza.

– ?Que la suerte os acompane, mi senora! -me saludaba An-te-hai con profundas reverencias aquella manana.

– ?Que la suerte os acompane! -repetian los demas eunucos, damas de honor, doncellas e incluso los cocineros desde los rincones de palacio.

Para entonces, todo el mundo sabia que yo me habia convertido en la favorita de su majestad.

– ?Ha zarpado ya el barco matinal? -pregunte a An-tehai-. Me gustaria visitar el templo de la colina del Panorama.

– Vos podeis ir a cualquier lugar a cualquier hora, mi senora -respondio An-te-hai-. Esta manana el emperador Hsien Feng ha ordenado que se os lleve hasta el cada noche, mi senora. Si lo deseais, la corte hara que una flor de arbol petrificado y una enredadera podrida crezcan.

Desde la cima de la colina del Panorama era desde donde mejor se contemplaba la secreta, tranquila y elegante capital imperial de Pekin. La colina era en realidad un monticulo artificial levantado para impedir el

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