– Manana por la manana el gallo cantara y la luz del sol lo cambiara todo -le respondia mientras le ayudaba a meterse en la cama.

– Ya no soporto el canto del gallo. En realidad no lo oigo desde hace tiempo; en cambio oigo el sonido de mi cuerpo apagandose. Oigo crujir mi nuca cuando me giro. Me duelen los dedos de las manos y de los pies como si fueran de madera. Los agujeros de mis pulmones deben estar agrandandose, como si tuviera babosas apostadas en ellos.

Sin embargo teniamos que mantener la apariencia de nobleza. Mientras el emperador Hsien Feng estuviera vivo, tenia que asistir a las audiencias. Yo me saltaba comidas y horas de sueno para leer documentos y hacerle un resumen. Queria ser su nuca, su corazon y sus pulmones, queria que volviera a oir el canto del gallo y sintiera la calidez de la luz del sol. Cuando estaba con su majestad y el se sentia descansado, le hacia preguntas.

Le pregunte por el origen del opio. Me parecia que el declive de la dinastia Qing habia empezado con su importacion. Conocia muy bien unas partes de la historia y otras las desconocia por completo.

Su majestad me explico que la plaga empezo en el decimosexto ano del reinado de su padre, Tao Kuang.

– Aunque mi padre prohibio el opio, los ministros corruptos y los mercaderes se las arreglaron para fomentar un negocio secreto. Hacia 1840, la situacion estaba tan descontrolada que la mitad de los cortesanos eran adictos o partidarios de una politica de legalizacion del opio, o ambas cosas. En un ataque de ira, mi padre ordeno acabar con el opio de una vez para siempre. Llamo a su ministro de confianza para que se ocupara del asunto… -Su majestad se quedo en silencio un instante y me miro-. ?Sabes su nombre?

– ?El comisionado Lin?

Su majestad me miro con adoracion cuando le dije que mi parte favorita de la historia de Lin Tse-shu era cuando arresto a centenares de comerciantes de opio y confisco mas de cuarenta y cinco mil kilos de contrabando. No era que su majestad ignorase aquellos detalles, pero yo notaba que le agradaba recordar aquel momento otra vez.

– En nombre del emperador, Lin establecio un plazo y ordeno a todos los mercaderes extranjeros que entregaran el opio. -Mi voz era tan nitida como la de un narrador de historias profesional-. Pero lo ignoraron, asi que sin ceder un apice, el comisionado Lin confisco el opio por la fuerza. El 22 de abril de 1840, Lin prendio fuego a veinte mil cajas de opio y anuncio que China dejaria de comerciar con Gran Bretana.

El emperador Hsien Feng asintio.

– Segun mi padre, el hoyo donde lo quemaron era mas grande que un lago. ?Que gran heroe fue Lin!

De repente le falto el aliento; su majestad se golpeo el pecho, tosio y se desplomo sobre la almohada. Cerro los ojos, y cuando los volvio a abrir, pregunto:

– ?Le ha pasado algo al gallo? Shim me dijo que ayer los guardias habian visto comadrejas.

Llame a An-te-hai y me choco enterarme de que el gallo habia desaparecido.

– Lo cogio una comadreja, mi senora. Yo mismo lo vi esta manana, una comadreja tan gorda como un cochinillo.

Le conte a su majestad lo del gallo y su expresion se torno sombria.

– Los signos celestes estan aqui. El tacto de un dedo acabara con la existencia de la dinastia.

Se mordio tan fuertemente el labio superior que empezo a sangrar. Al respirar, sus pulmones emitian un sonido silbante.

– Ven, Orquidea, quiero decirte algo.

Me sente junto a el en silencio.

– Debes recordar las cosas que te he contado. Si tenemos un hijo, espero que le transmitas mis palabras.

– Si, lo hare. -Cogi los pies de su majestad y los bese-. Si tuvieramos un hijo.

– Dile esto. -Luchaba por sacar las frases de su pecho-. Despues de la accion del comisionado Lin, los barbaros declararon la guerra contra China. Cruzaron los oceanos con dieciseis buques armados y cuatro mil soldados.

Yo no queria que prosiguiera; le dije que ya sabia todo aquello, y como no me creyo, decidi demostrarselo.

– Los buques extranjeros entraron por la boca del rio Perla y dispararon contra nuestros guardias en Canton - le interrumpi, recordando lo que mi padre me habia explicado.

Los ojos de su majestad contemplaron la nada. Tenia las pupilas fijas en la cabeza de dragon que colgaba del techo.

– El veintisiete de julio… fue el dia mas triste de la vida de mi padre -dijo el emperador-. Fue el dia… en que los barbaros destruyeron nuestra armada y tomaron Kowloon.

El emperador se encogio de hombros y tosio descontroladamente.

– Por favor, descansad, majestad.

– Dejame terminar, Orquidea. Nuestro hijo debe saber esto… En los meses que siguieron, los barbaros tomaron los puertos de Amoy, Chou San, Ningpo, y Tinghai… sin detenerse…

Yo termine por el.

– Sin detenerse, los barbaros se dirigieron hacia el norte hacia Tientsin y tomaron la ciudad.

El emperador Hsien Feng asintio.

– Has explicado los hechos muy bien, Orquidea, pero quiero contarte algo mas sobre mi padre. Tenia sesenta y dos anos y gozaba de buena salud, pero las malas noticias acabaron con el como no habia conseguido hacerlo ninguna enfermedad. No dio tiempo a que se secaran sus lagrimas… mi padre no cerro los ojos al morir. Soy un hijo poco piadoso y no le he acarreado sino mas verguenza…

– Es tarde, majestad.

Me levante de la cama con la intencion de que se callara.

– Orquidea, me temo que tal vez no tengamos otra oportunidad. -Me cogio las manos y las coloco sobre su pecho-. Debes creerme cuando te digo que tengo un pie en la tumba. Ultimamente veo a mi padre mas que nunca; tiene los ojos rojos e hinchados, grandes como huesos de melocoton. Viene a recordarme mis obligaciones… Desde que era un nino, mi padre me llevaba consigo cuando celebraba audiencias. Recuerdo que los mensajeros entraban con las tunicas empapadas en sudor. Los caballos que montaban morian de cansancio. Demasiadas malas noticias. Recuerdo el sonido resonante de los mensajeros; gritaban la frase como si fuera la ultima que pronunciaban en su vida: ?Pao Shan ha caido! ?Shangai ha caido! ?Chiang Nin ha caido! ?Hangchow ha caido!

»De nino escribi un poema con versos que rimaban con “caido”. Mi padre se limito a sonreir amargamente. Cuando no podia soportarlo mas, se retiraba en mitad de una audiencia. Durante dias interminables, se arrodillaba ante el retrato de mi abuelo. Nos reunio a todos, sus hijos, esposas y concubinas, en el salon de la Nutricion Espiritual y luego admitio su verguenza. Fue despues de firmar el tratado que plasmaba las primeras indemnizaciones de guerra que China debia pagar a Gran Bretana y que ascendian a veintiun millones de taels. Ademas los ingleses exigian quedarse con Hong Kong durante cien anos. A partir de ese momento, los mercaderes extranjeros entraron y salieron a voluntad. Mi padre murio la manana del 5 de enero de 1850. A la dama Jin le costo cerrarle los ojos. Un monje me dijo que el alma de mi padre estaba atormentada y, a menos que me vengase de su enemigo, nunca descansaria en paz.

Medio dormido, mi marido continuo su triste historia. Hablo de la sublevacion Taiping, que empezo un mes despues de su coronacion. La describia como un fuego arrasador que saltaba de provincia en provincia, cruzaba el pais y llegaba hasta Chihli.

– Una fea herida que nunca sanara, eso es lo que yo herede de mi padre, una fea herida. No puedo recordar cuantas batallas he librado ni cuantos generales he decapitado por su incapacidad para conseguirme una victoria.

Mi marido paso la noche muy inquieto, gritando:

– ?Cielos, ayudadme!

Yo dormia poco y temia que me separaran de el. Llevaba meses viviendo con su majestad como su unica compania. El emperador habia convertido nuestro dormitorio en su despacho y escribia cartas y edictos a todas horas. Yo le molia la piedra de la tinta y me aseguraba de que su te estuviera caliente. Se encontraba tan debil que se quedaba dormido mientras escribia. Cuando veia que se le caia la barbilla, yo le quitaba el pincel de la mano para que no estropease el documento. A veces el rescate llegaba demasiado tarde y la mancha de tinta se

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