demas estaban arrodillados. El tiempo parecia haberse congelado.

No hubo ningun esplendor en la despedida celestial. El emperador se habia contraido visiblemente, tenia los rasgos caidos y los ojos y la boca estirados hacia las orejas. Su muerte no me parecia real. Parecia que fuese ayer la noche en que me mando llamar por primera vez. Recorde el momento en que me habia galanteado con osadia delante de la gran emperatriz. Recorde su picara pero encantadora expresion, el ruido de los fragmentos de bambu al caer en la bandeja y sus dedos tocando los mios cuando me paso el ruyi. Los recuerdos me entristecian y tuve que recordarme a mi misma por que estaba alli.

Por el murmullo de los ministros, supe que Hsien Feng habia dejado brevemente de respirar varias veces durante aquel dia y habia resucitado con un gemido cavernoso en lo mas hondo de su pecho. Dos almohadas sostenian al hijo del cielo, que tenia los ojos abiertos aunque apenas se movian. La corte aguardaba a que hablara, pero no parecia capaz.

Aunque Tung Chih era el aparente heredero natural, la ley dinastica Qing no especificaba que el trono se heredase por derecho de primogenitura. Lo unico que contaria serian las ultimas palabras del emperador. El testamento que su majestad habia hecho en vida se encontraba guardado en una caja oficial. Sin embargo, sus palabras invalidarian cualquier cosa que hubiera escrito. Mucha gente creia que la irrevocabilidad de la muerte cambiaba la percepcion de una persona y, por tanto, los deseos que habia guardado en la caja podian no ser los autenticos. Lo que mas me preocupaba era lo que pudiera hacer Su Shun. Con su maldad podia manipular al emperador Hsien Feng para que dijera lo que no queria decir.

Transcurrieron unas horas y la espera continuaba. Sirvieron comida en el patio. Cientos de personas, sentadas sobre sus talones, comian arroz en cuencos contemplando la lejania. Tung Chih estaba aburrido e irritado. Yo sabia que estaba haciendo grandes esfuerzos por ser obediente, pero llego un momento en que tuvo bastante. Cuando le dije que teniamos que quedarnos, le dio una rabieta y empezo a tirar a patadas los cuencos de las manos de la gente.

Cogi a Tung Chih y le dije:

– ?Un acto mas de destruccion y te encierro en un panal!

Tung Chih se calmo. Llego la noche; todo estaba oscuro salvo el salon de la Bruma Fantastica, iluminado como un escenario.

La corte volvio a reunirse. Los veinticinco sellos del emperador fueron sacados de sus camaras y depositados en una gran mesa. Eran unas tallas y unas monturas magnificas. La habitacion estaba tan silenciosa que podia oir el siseo crepitante de las velas.

El gran secretario y erudito Kuei Liang, suegro del principe Kung, vestia una tunica gris. Habia llegado de Pekin aquella manana y esperaba volver tan pronto como anotase las ultimas palabras de su majestad. Arrodillado con un pincel gigante en la mano, la barba blanca le colgaba sobre el pecho. De vez en cuando Kuei Liang mojaba el pincel en la tinta para humedecerlo. Delante de el habia una pila de papel de arroz. Chow Tee, de pie junto a el, anadia agua a la piedra de tinta y molia la piedra con un palito de tinta tan grueso como el brazo de un nino.

Los ojos de Su Shun estaban fijos en los sellos. Me preguntaba que estaria tramando. En China ningun documento oficial, desde los emitidos por su majestad para abajo, era valido si no llevaba estampado el sello oficial sobre la firma personal. Un sello significaba la autorizacion legal. El mas importante podia invalidar el resto de documentos. El hecho de que Hsien Feng no hubiera pronunciado las palabras que concedian a Tung Chih aquellos sellos me llenaba de desesperacion.

?Estaba ya Hsien Feng de camino a los cielos? ?Habia olvidado a su hijo? ?Estaba alli Su Shun para ver el fin de Tung Chih? Su Shun deambulaba despacio alrededor de la mesa donde estaban alineados los sellos. Parecia como si ya fuera su propietario; cogia cada sello y pasaba sus dedos sobre las superficies de piedra.

– Hay muchas maneras de alterar el destino propio -dijo Su Shun, levantando la barbilla como un sabio-. Su majestad debe de estar caminando por los oscuros pasillos de su alma. Le imagino siguiendo una pared roja, a paso lento. En realidad no esta muriendo, esta atravesando un renacimiento. Su espiritu no se encuentra en un cuerpo de huesos resecos sino en la luz purpura de la inmortalidad.

De repente el cuerpo de Hsien Feng sufrio una contraccion; el movimiento duro varios segundos y luego ceso. Oi el gemido de Nuharoo y la vi buscar en su tunica el rosario budista. Segun las creencias, podia ser el momento en que el espiritu del moribundo entraba en la etapa de reflexion mental.

Rece por que su majestad llamara a Tung Chih. Si su hijo no ocupaba sus ultimos pensamientos, ?en que los ocuparia?

Los ministros empezaron a llorar. Algunos ancianos se desmayaron en el patio y acudieron los eunucos con sillas para llevarselos. Me acerque al lecho de Hsien Feng llevando a Tung Chih conmigo.

– ?No se permite que nadie moleste al espiritu!

El eunuco jefe Shim me corto el paso. A una senal suya, los guardias nos cogieron a Tung Chih y a mi por los brazos.

Yo pugne por liberarme. Tung Chih lucho a patadas y mordiscos. Los guardias inclinaron sus armas detras de el y hundieron la cara en el suelo.

– ?Por favor! -suplique al eunuco jefe Shim.

– Su majestad esta en mitad de su reflexion. -Shim se negaba a ceder-. Podreis acercaros cuando su espiritu se haya calmado.

– ?Papa, papa! -grito fuerte Tung Chih.

Cualquiera se habria apiadado de el, pero la corte ya no parecia querer tratar a aquel a quien debia servir. Se habia convertido en la corte de Su Shun. Todo el mundo satisfacia sus propias necesidades antes que las del emperador Hsien Feng y su hijo. Todo el mundo habia oido a Tung Chih, pero nadie le ofrecia ayuda.

Si su majestad deseaba decir algo a su hijo, solo podia esperar la misericordia de Su Shun. A Su Shun le convenia ignorar al emperador y seguir adelante con su crimen. Si Hsien Feng se enojaba, nadie lo sabria. En pocos minutos, sus arrepentimientos le acompanarian a la tumba.

Yo ya no tenia miedo; medi la distancia que me separaba del eunuco jefe Shim y me dirigi directamente a su estomago, con los ojos centrados en la grulla de su tunica. No me importaba que me hirieran o algo peor. La suerte estaba echada. Seria mi protesta contra la intimidacion de Su Shun. Tung Chih se ganaria la simpatia de la nacion. Y cargue con la cabeza como un carnero. En lugar de esquivarme, Shim me empujo y me desvio bruscamente. Perdi el equilibrio; incapaz de detenerme, fui a darme directamente contra una columna lateral. Cerre los ojos y pense que todo habia acabado. Pero mi cabeza no se partio. No me habia golpeado contra una columna, sino contra un hombre con un uniforme de cota de malla.

Mientras me caia, vi a mi hijo correr hacia su padre. Cuando levante la vista para ver contra quien habia chocado, me encontre con el rostro del comandante de la Guardia Imperial, Yung Lu.

– ?Papa, papa! -Tung Chih zarandeaba a su padre.

El emperador Hsien Feng estaba incorporado en su cama contemplando el techo. Nuharoo abrazo a Tung Chih. Yo me recupere y corri al lado del nino. Lleno de ira, Su Shun lo aparto antes de que pudiera volver a tocar a su padre. Pero el nino se zafo de Su Shun.

– ?Papa, papa!

Los ojos del emperador Hsien Feng parpadearon y sus labios se movieron muy despacio.

– ?Tung Chih!, ?hijo mio!

La corte guardo silencio y contuvo el aliento. El secretario imperial cogio su pincel.

– ?Ven conmigo, Tung Chih! -Los brazos del moribundo salieron por encima de la colcha.

– Majestad. -Yo avance, aceptando la posibilidad de ser castigada por ello-. ?Podriais dar a conocer a la corte a vuestro sucesor?

Era tarde para que Su Shun ordenara que se me llevaran. Hsien Feng parecia haberme oido. Intentaba hablar, pero no le salia la voz. Despues de esforzarse durante un rato, dejo caer los brazos, puso los ojos en blanco y jadeo como si le faltara el aire.

– ?Majestad! -Me arrodille a su lado, con las manos crispadas en su sabana de saten amarillo-. ?Tened piedad de vuestro hijo, por favor!

La boca del emperador se abrio.

– ?Papa, papa, por favor, despierta!

Impedi que Tung Chih zarandeara a su padre. Hsien Feng volvio a abrir los ojos. De repente se dio impulso y se sento. Al cabo de un segundo se desplomo sobre las almohadas y cerro los ojos.

– ?Dejas a tu hijo sin palabras, Hsien Feng! -Creyendo que aquello era el fin, sentia que morian todas mis

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