corse. El polvo rayaba sus mejillas, las cimas de sus pechos brillaban de sudor, y unos quince minutos antes, habia perdido un boton. Justo como un corcho que sale a la superficie de una ola, habia hecho estallar el escote de su vestido.
Habia puesto en el suelo su maleta y la iba empujando apoyada en ella. Si pudiera volver hacia atras y cambiar algo de su vida, penso por centesima vez en muchos minutos, volveria al momento en que habia decidido marcharse de la plantacion Wentworth llevando este vestido.
El ruedo ahora se parecia a una salsera, saliendo en la frente y la espalda y emitiendo chorros en los lados por la presion combinada de la maleta en su mano derecha y el bolso cosmetico en su izquierda, haciendola sentirse como si fueran a arrancarle los brazos de los hombros.
Con cada paso, respingaba. Sus diminutos zapatos franceses de tacon le estaban produciendo ampollas en los pies, y cada soplo rebelde de palabreria mandaba otra onda de polvo volando a su cara.
Queria sentarse en el arcen de la carretera y llorar, pero no estaba segura de ser capaz de volver a levantarse otra vez. Si no estuviera tan asustada, las molestias fisicas serian mas faciles de soportar.
?Como le podia haber sucedido esto a ella? Llevaba andando varios kilometros y no habia visto ni rastro de la gasolinera. O no existia o se habia equivocado de direccion, porque no habia visto mas que una casucha de madera anunciando una tienda de comestibles que nunca se habia realizado.
Pronto seria oscuro, estaba en un pais extranjero, y no queria ni pensar en las manada de fieras horribles que habia al acecho en esos pinos del lado de la carretera. Se obligo a mirar directamente hacia adelante. Lo unico que evitaba que volviera a Wentworth era la certeza absoluta que no podria recorrer de nuevo esa distancia.
Seguramente esta carretera llevaba a algun sitio, se dijo. En America no construirian carreteras que no iban a ningun sitio, ?no es cierto? Pensaba que estaba tan asustada que empezo a hacer juegos mentales para no desmoronarse. Cuando rechino los dientes contra el dolor en varias partes de su cuerpo, imagino sus lugares favoritos, todos ellos a anos luz de las polvorientas carreteras perdidas de Misisipi.
Se imagino que estaba en Liberty en Regent Street con sus tesoros de joyeria arabe maravillosa, los perfumes de Sephora en la rue du Passy, y sobre todo en Madison Avenue con Adolfo y Yves Saint Laurent. Una imagen salto en su mente de un vaso helado de Perrier con una rodaja de lima. Siguio imaginandoselo, la imagen era tan nitida que sentia como si pudiera alcanzar el vaso, y sentir el frio cristal mojado en la palma de la mano. Comenzaba a tener alucinaciones, se dijo, pero la imagen era tan agradable que no trato de hacer que se fuera.
El Perrier con lima se vaporizo de repente en el aire caliente de Misisipi cuando advirtio el sonido de un automovil que se acercaba por detras y entonces el chirrido suave de los frenos. Antes de que pudiera equilibrar el peso de las maletas para poder darse la vuelta hacia el sonido, oyo una voz arrastrada, suave que le llegaba desde el otro lado de la carretera.
– Oye, querida, ?no te ha dicho nadie que Lee ya se ha rendido?
La maleta le dio de lleno en las rodillas y su aro boto hacia arriba en la espalda cuando se giro hacia la voz. Equilibro su peso y entonces parpadeo dos veces, incapaz de creer la vision que se habia realizado directamente delante de sus ojos.
A traves del camino, inclinandose fuera de la ventana de un automovil verde oscuro con el antebrazo que descansaba a traves de la cima del entrepano de la puerta, habia un hombre tan increiblemente guapo, tan tremendamente guapo, que por un momento penso que realmente era otra alucinacion como el Perrier con lima.
Cuando el asa de su maleta se clavo en la palma, ella acepto las lineas clasicas de su cara, los moldeados pomulos y la mandibula delgada, nariz recta, absolutamente perfecta, y sus ojos, que como los de Paul Newman eran de un azul brillante y unas pestanas tan espesas como las suyas propias. ?Como podia tener un hombre mortal esos ojos? ?Como podia tener un hombre esa boca increiblemente generosa y parecer tan masculino?
El pelo rubio, como destenido y espeso se rizaba arriba sobre los bordes de una gorra azul con una bandera Americana. Ella podia ver la cima de un par formidable de hombros, los musculos bien formados del moreno antebrazo, y por un momento irracional sentio una punalada loca de panico.
Finalmente habia encontrado a alguien tan hermoso como ella.
– ?Llevas algun secreto Confederado debajo de esas faldas? -dijo el hombre con una mueca que revelaba la clase de dientes que aparecian en las paginas de las revistas.
– Los yanquis le han cortado la lengua, Dallie.
Por primera vez, Francesca advirtio a otro hombre, que estaba inclinandose fuera de la otra ventanilla. Cuando vio su cara siniestra y sus ojos entrecerrados, fuertes alarmas sonaron en su cabeza.
– O tal vez ella es una espia del Norte -siguio el-. Ninguna mujer del sur estaria callada tanto tiempo.
– ?Eres una espia yanqui, querida? -pregunto el Sr. Magnifico, destellando esos dientes increibles-. ?Abriras con una palanca los secretos Confederados con esos bonitos ojos verdes?
Ella era de repente consciente de su vulnerabilidad… la carretera desierta, el dia oscureciendose, dos hombres extranos, el hecho que ella estaba en America, no segura en casa en Inglaterra.
En America las personas se encerraban con los fusiles hasta en las iglesias, y los criminales vagaban por las calles libremente.
Miro nerviosamente al hombre del asiento de atras. El se parecia a alguien que atormentaria animales pequenos por diversion. ?Que debia hacer ella? Nadie la oiria si gritaba, y no tenia manera de protegerse.
– Dejala, Skeet, la espantas. Mete esa fea cara para adentro, ?vale?
La cabeza de Skeet se metio, y el hombre magnifico de nombre extrano que casi no habia entendido levanto una ceja perfecta, esperando que ella dijese algo. Ella decidio afrontarlo… ser valiente, la situacion era la que era, y sobre todo no podia permitir que notaran lo desesperada de se sentia.
– Estoy terriblemente asustada porque me he metido en un pequeno lio -dijo ella, poniendo abajo su maleta-. Parece que me he perdido. El fastidio es espantoso, por supuesto.
Skeet volvio a sacar la cabeza por la ventana. El Sr. Magnifico sonreia.
Ella se mantuvo tenazmente firme.
– Quizas usted me podria decir cuan lejos estoy de la proxima gasolinera. O dondequiera que yo encuentre un telefono, quizas.
– ?Eres inglesa, no es cierto? -pregunto Skeet-. ?Dallie, oyes la chistosa manera como habla? Es una dama inglesa, eso es lo que ella es.
Francesca vio como el Sr. Magnifico, ?como podia alguien llamarse realmente Dallie?, deslizaba su mirada hacia abajo sobre la banda de encaje rosa y blanco de la falda del vestido.
– Estoy seguro que tienes una historia increible que contar, dulzura. Venga subete. Te llevaremos al telefono mas cercano.
Ella vacilo. Subirse a un coche con dos hombres desconocidos no era la decision mas recomendable para tomar, pero no parecia haber una alternativa. Ella se quedo quieta, el polvo golpeandole el rostro y la maleta a sus pies, mientras una desconocida combinacion de temor e incertidumbre la hacian sentirse mareada.
Skeet se inclino completamente fuera de la ventana e inclino la cabeza para mirar Dallie.
– Ella tiene miedo de que seas un vil violador preparado para arruinarla -el se volvio hacia ella-. Tomate tu tiempo para mirar la cara bonita de Dallie, Senora, y entonces me dices si piensas que un hombre con esa cara tiene que recurrir a forzar mujeres no dispuestas.
Definitivamente eso era un punto a su favor, pero de cualquier forma Francesca no se sintio aliviada. El hombre que se llamaba Dallie no era realmente la persona que a ella le preocupaba.
Dallie parecio leer su mente, que, debido a las circustancias, no era demasiado difil.
– No te preocupes por Skeet, dulzura -dijo-. Skeet es un autentico misogino de pura cepa, eso es lo que es.
Esa palabra, viniendo de la boca de alguien que, a pesar de su belleza increible, tenia el acento y las maneras de un funcional analfabeto, la sorprendieron.
Ella vacilaba todavia cuando la puerta del coche se abrio y un par de botas polvorientas de vaquero se pusieron en el suelo. Estimado Dios… Ella trago con dificultad y miro hacia arriba… bastante arriba.
Su cuerpo era tan perfecto como su cara.
Llevaba una camiseta azul marino que reflejaban los musculos del pecho, perfilando biceps y triceps y todo tipo de otras cosas increibles, y de unos vaqueros destenidos, casi blancos por todas partes menos en las costuras raidas. Su estomago plano, las caderas estrechas; el era delgado y patilargo, varios centimetros por encima del
