dirigirnos a la frontera, en Berwick. Lord Dacre, el representante de mi padre aqui, y su esposa, nos recibiran con mas nobles. Dicen que cuando entre en Escocia mi sequito sera de al menos dos mil personas. Casi envidio tu tranquila cabalgata por la campina estival hacia tu casita.

– Me gustaria que conocieras Friarsgate, Meg -le dijo Rosamund, entusiasmada-. Las colinas estan tan verdes ahora, y el lago del valle es de un azul intenso. Es todo por demas tranquilo y la gente es muy buena.

– ?Cuando te casaras con Owein Meredith? -le pregunto Meg, con un brillo en sus ojos azules-. Me conto la abuela que el se sorprendio mucho cuando ella le dijo que seria tu esposo. Te ama, creo. Ruego porque Jacobo Estuardo me ame a mi, Rosamund. Se que no se supone que esa emocion sea de importancia en un matrimonio como el mio, ?pero deseo que sea asi!

– Rezare por ti, Meg. En cuanto a tu pregunta, Owein quiere que nos casemos casi de inmediato, pero yo primero tengo que informar a mi tio Henry de mi compromiso. No puede impedir mi matrimonio, por supuesto, pero, si no le digo, andara haciendo escandalo por todo el distrito. No quiero que se calumnie injustamente a mi esposo.

– Algun dia lo amaras.

– Eso espero, pero, aunque no lo ame, al menos me gusta como es. Es muy bueno conmigo. Y ahora, antes de que venga la condesa de Surrey a echarme, me despido, Meg. No tengo manera de agradecerte toda la bondad que tuviste conmigo. No se que habria hecho sin ti. Tu y la princesa de Aragon, pero mas que nadie tu.

– ?Viste a Kate antes de que partieramos?

– Si. Le regale lo que me quedaba de mi cuenta en el taller del orfebre de Londres. Gaste poco. Creo que a ella le haran mas falta esos fondos en los meses proximos. Pero no se lo digas a nadie.

– Si, es cierto, le haran falta si su padre no paga el resto de la dote. Fue muy bueno de tu parte. Lo mantendre en secreto.

– Nuestros dias despreocupados han terminado, Su Alteza -dijo Rosamund, poniendose de pie y haciendole una reverencia a la joven reina de los escoceses-. Que tu matrimonio sea feliz y prospero.

Margarita Tudor permanecio sentada muy rigida, aceptando el sencillo homenaje de su amiga.

– Y a ti, lady Rosamund de Friarsgate, te deseo lo mismo y un buen viaje de regreso a casa.

– Gracias, Su Alteza -dijo Rosamund, con una nueva reverencia. Entonces retrocedio despacio para salir de la habitacion; se detuvo apenas en la puerta para darle un ultimo adios. Su ultima imagen de Margarita Tudor antes de que la puerta se cerrara y que Tillie la acompanara a salir de los departamentos de la reina fue la de una muchacha sonriente-. Tillie, muchas gracias -le dijo Rosamund a la criada. Le puso una moneda de plata en la mano.

La criada hizo una reverencia silenciosa y se guardo la moneda en el bolsillo sin mirarla.

– Que Dios la bendiga, senora. Le han dado a un buen hombre. Ahora cuidelo. Su Maybel la guiara.

Rosamund asintio. Entonces se volvio para ir en busca de su servidora y su prometido. Al dia siguiente, comenzaria el tramo final de su largo viaje de regreso a Friarsgate.

Salieron de Newcastle apenas despues del amanecer de principios del verano. Owein habia averiguado con los monjes del monasterio que su orden tenia un establecimiento pequeno cerca de Walltown, adonde podrian llegar a ultima hora de la tarde, si no se demoraban. Siguieron un camino paralelo a la muralla de Adriano, que, explico Owein, habia sido construida por soldados romanos. La habian levantado para evitar que los salvajes del norte fueran al sur, a zonas mas civilizadas. Despues de recorrer varias horas se detuvieron brevemente para descansar ellos y los caballos. En la muralla se levantaba una torre. Rosamund y Owein subieron sus escaleras y fueron recompensados con una esplendida vista de la campina. El paisaje se extendia en todas direcciones en torno a ellos. Vacas y ovejas salpicaban las laderas de las colinas.

Por fin, a ultima hora de la tarde, llegaron al monasterio, que estaba ubicado en la parte oriental de Walltown. Owein golpeo a las enormes puertas de madera. Enseguida se descorrio una ventanita con celosia y aparecio un rostro.

– ?Si?

– Soy sir Owein Meredith; viajo en compania de mi prometida lady Rosamund Bolton de Friarsgate y su criada. Hemos salido hoy de Newcastle, adonde llegamos con la comitiva nupcial de la reina de los escoceses. El monasterio de ese lugar nos informo que podriamos encontrar refugio aqui para pasar la noche.

La ventanita se cerro con fuerza y despues de un largo rato, un joven monje abrio una puerta pequena.

– Bienvenido, sir Owein. Aqui estamos muy cerca de Escocia, asi que debemos tener cuidado. Ni siquiera nuestra investidura nos protege. Los llevare ante el abad. Vengan conmigo, por favor.

Los tres lo siguieron hasta el recinto de recibo del abad, donde esperaba un religioso anciano. Sir Owein volvio a explicar quienes eran y de donde venian. El abad les indico que tomaran asiento.

– No recibimos huespedes a menudo, ni noticias del mundo exterior -dijo, con voz temblorosa-. ?Han viajado con la reina de los escoceses, nuestra princesa Margarita? ?Cuando se unieron al sequito?

– En Richmond -respondio sir Owein-. Hasta hace muy poco yo estaba al servicio de la Casa de Tudor, buen padre. Lady Rosamund fue companera de la joven reina durante casi un ano. Ahora regresamos a Friarsgate, a hacer bendecir nuestra union por la Iglesia y a comenzar nuestra vida en pareja.

– ?Eres pariente de Henry Bolton, el hacendado de Friarsgate?

– Henry Bolton es mi tio -dijo Rosamund, rigida-, pero yo soy la heredera de Friarsgate, santo hombre. Cuando quede huerfana, mi tio era mi tutor, pero despues de mi segundo matrimonio con sir Hugh Cabot, mi tio volvio a su casa, en Otterly Court. Cuando murio sir Hugh, su testamento me dio en tutela e al rey, que ha concertado esta nueva union con sir Owein. Mi tio no tiene ni control ni autoridad sobre Friarsgate. Y por cierto que no es el senor de la finca.

– Tal vez me he equivocado -dijo el abad, con lentitud-. Soy viejo, y a menudo se me confunden las ideas.

– Dudo de que se le hayan confundido las ideas, buen padre -respondio Rosamund, riendo-. Mi tio siempre ha deseado lo que es mio, y estoy segura de que sigue manteniendo esperanzas.

El anciano asintio.

– Sucede a menudo con las fincas prosperas, milady. Ahora, permitanme que les de la bienvenida a nuestra casa. Es sencilla, pero podran estar comodos esta noche. Otro dia de viaje y llegaran a su casa.

Los invitaron a acompanar al abad a su comedor privado esa noche. Esperaban un potaje de tuberculos, y quedaron encantados cuando les sirvieron pollo asado relleno con manzanas y pan, una fuente con filetes de trucha fresca sobre un colchon de berro, una fuente con cebollas en leche y manteca, pan recien horneado y todavia caliente, manteca y un buen queso anejado.

– Es la fiesta de San Juan, patron de los viajeros -dijo el abad con un brillo en los ojos, al ver su sorpresa-. Es una buena fiesta para guardar, y manana es el Dia de Santa Ana. Ella es la patrona de las esposas y de las muchachas solteras. Tu, milady, pareces estar en el medio de las dos. -Y el viejo abad rio.

Un joven lleno sus copas de peltre con un vino muy bueno.

– Es importante mantener alto el espiritu en este lugar desolado -dijo sir Owein con una sonrisa-. ?Donde consiguen un vino tan excelente?

– Nos lo envia nuestra casa central, que esta en Newcastle. Es parte del pago por la lana que tomamos de nuestras ovejas todos los anos. Asi mantenemos nuestro pequeno monasterio. Ellos venden la lana a las Tierras Bajas, donde se confecciona la ropa que despues nosotros vendemos.

– Harian mejor si cardaran ustedes la lana e hicieran la tela -opino Rosamund-. Se pierde una buena cantidad de tela si tienen que transportarla y usar un intermediario que se queda con las ganancias que podrian tener ustedes mismos aqui en el monasterio. ?Por que no hacen eso?

– No conocemos el procedimiento; lo unico que sabemos hacer es cuidar las ovejas y esquilarlas.

– Si quieren aprender, les enviare a alguien que les ensene a los monjes -ofrecio ella-. Les garantizo que sera mucho mas conveniente que enviar la lana a las Tierras Bajas.

– Debo pedirle permiso al abad de nuestra casa madre -dijo el anciano-, pero no veo motivo alguno por el que pueda negarlo. Gracias, lady Rosamund.

– La madre del rey, a quien llaman la Venerable Margarita, es patrona de muchas causas nobles, pero en especial de la Iglesia. He aprendido de ella, buen padre. No soy una gran dama, por lo cual no aspiro a igualar sus muchas virtudes, pero si puedo hacer algo. Esto es lo que elijo hacer, y se que mi prometido estara de acuerdo.

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