– Si, A veces un hombre debe ser cruel para ser gentil -dijo Crispin.

– No lo comprendo.

– No, ahora no comprendes nada, querida, pero ya entenderas.

La alzo y la deposito en la cama con delicadeza.

Ya no podia seguir apartando la vista, y se atrevio a mirarlo. Crispin tenia un cuerpo tan esbelto como las estatuas del jardin de lord Cambridge y, por cierto, mucho mas hermoso que su rostro. Cuando se acosto sobre ella, la joven lanzo un suave gemido.

El conde habia notado la expresion de admiracion de Philippa, aunque sus ojos no habian siquiera vislumbrado su virilidad. Con sumo cuidado, Crispin se coloco en una posicion que no la lastimara. Comenzo a besarla de nuevo. Tenia deseos de penetrarla, pero sabia que su esposa aun no estaba lista, y decidio esperar. Queria que la perdida de la virginidad fuera lo menos dolorosa posible para ella. Le beso los labios y el rostro y vio con satisfaccion como Philippa le devolvia sus besos timidamente y lo rodeaba con sus brazos. En un momento dado, la hizo girar en la cama de modo que el quedara debajo de ella. Philippa lanzo un chillido de asombro, pero no protesto. La tiro hacia delante hasta que los senos de la joven quedaron a la altura de su boca. Primero hundio el rostro en la hendidura entre esos dos deliciosos frutos y luego, incapaz de contener su ardor, le lamio los pezones, primero uno, despues el otro, hacia atras y hacia delante, hasta que ella emitio un gemido casi inaudible. Crispin apreto con sus labios una de esas tentadoras fresas y comenzo a succionarla con vigor, escucho un grito, pero esta vez era de placer. Cuando exprimio al maximo el primer pezon, paso al segundo y lo atizo con deleite, mientras ella subia y bajaba la cabeza, sacudiendo su roja cabellera.

– ?Esto esta mal! -jadeo Philippa.

El travieso conde le mordio el pezon.

– ?Ay, Crispin! -exclamo, pero no exigio que se detuviera. Haciendola girar nuevamente, se puso encima de ella y comenzo a lamerle el cuerpo con su carnosa lengua. Se detuvo en la garganta, para sentir como se aceleraba el pulso bajo sus caricias; luego, paso a los hombros, los brazos, las manos… Luego, deslizo la lengua por su bello torso y beso la suave curvatura de su vientre. Queria saborear el nectar de su virgen femineidad, pero temia que su joven e inocente esposa se asustara al sentir una pasion tan intensa. Entonces, se acosto junto a ella y la abrazo, mientras su mano exploraba su intimidad. Le acaricio el monte de Venus y luego metio un dedo entre los humedos labios.

– ?No! ?No debes hacer eso! -exclamo Philippa.

– Si, lo hare. -Toco su pequena gema y comenzo a atizarla, primero despacio y luego con insistencia, sonriendo al oir los gemidos que su mujer no lograba ahogar.

?Que estaba haciendo? ?Y por que era tan… tan… maravilloso? No, debia detenerlo. Eso estaba muy mal. El proposito de la union carnal era, pura y exclusivamente, la procreacion. Pero, por cierto, todavia no se habia producido la union carnal. Una rafaga de placer estremecio su cuerpo y la aturdio tanto que al principio no se dio cuenta de que el conde habia introducido uno de sus dedos.

Entretanto Crispin maldecia para sus adentros, la joven era demasiado estrecha. Con la punta del dedo toco el himen. Estaba intacto, lo que probaba su inocencia. Empujo un poco mas y entonces Philippa, plenamente consciente de lo que estaba sucediendo, pego un grito.

– ?Nooo!

– Si, pequena, llego el momento -dijo, y al instante estaba montado sobre ella. Logro separar los muslos que oponian resistencia y se coloco en posicion de ataque. Habia querido penetrarla desde el momento en que habia entrado en la alcoba. Crispin podia sentir como su miembro rigido como una piedra latia a causa de la ansiedad por iniciar la batalla. Comenzo a moverse para penetrarla.

– ?No! -bramo Philippa-. ?No!

Pese a las protestas, la joven estaba humeda a consecuencia del placer que le prodigaba su esposo. El conde la apaciguo con gestos y palabras tiernas. Y continuo empujando. Despacio, despacio. Cuando metio la punta, sintio una fuerte opresion en su virilidad. Siguio penetrandola hasta que se topo con la barrera de la virginidad. Entonces se detuvo.

– No soporto mas -sollozo-. Es demasiado grande. Me lastimaras.

No podia decirle nada que la aliviara y el lo sabia muy bien. Debia apresurarse a romper su virginidad. Empujo con violencia y sintio como se desgarraba la delgada membrana.

Philippa grito, pero no de dolor sino mas bien de asombro. Cuando Crispin la lleno, la joven experimento una sensacion que nunca habia imaginado. El se movia dentro de ella, murmurando palabras dulces y excitandose cada vez mas, hasta que el deseo comenzo a obnubilarle la razon. De pronto, ella se relajo y sintio un irrefrenable impulso de entregarse a la pasion. Cerro los ojos y fue embestida por una rafaga de placer, un arrebato embriagador que le resultaba absolutamente nuevo y desconocido. Crispin aflojo la presion que ejercia sobre ella y entonces Philippa abrazo su largo y delgado cuerpo y comenzo a acariciarlo.

– ?Rodeame con tus piernas, pequena! -jadeo el conde.

Obedecio mientras el empujaba para penetrarla cada vez mas hondo.

– ?Oooh, Crispin! -suspiro.

?Por todos los santos, como pudo haber sentido miedo de una experiencia tan maravillosa! ?Era el paraiso en la tierra! ?Un milagro divino! ?De modo que asi era como se concebian los hijos?

Volvio a suspirar. Un estremecimiento surgio de lo mas profundo de su ser y agito violentamente cada fibra de su cuerpo. Turbada por esa nueva conmocion, lanzo un grito, que al instante fue sofocado por una agradable sensacion de bienestar. El conde la colmo con su calido fluido y emitio un prolongado gemido de placer y de alivio. Luego, se tendio junto a ella y la abrazo mientras besaba su rostro, sus labios, sus ojos.

– ?Mi pequena, mi pequena! Gracias por regalarme tu inocencia y darme tanto placer. Espero haberte satisfecho yo tambien.

– Olvide decir mis oraciones. No podia pensar en nada mientras me hacias el amor. Sera mejor que no se lo cuente a la reina.

El conde de Witton estallo en una carcajada.

– Senora, te prohibo rezar mientras hacemos el amor. Dios se apiade de la reina que nunca ha conocido la pasion.

– Al principio me dolio -confeso la joven.

– Es normal que duela al principio. ?No lo sabias? Tal vez no te lo dijeron para no asustarte.

– Pero despues fue maravilloso, como estar en otro mundo. Senti que volaba, creeme. ?Cuantas veces lo haremos?

– Todas las veces que desees, pequena. Pero ahora vamos a dormir. Manana partimos a Brierewode y en unas semanas viajaremos a Francia. Ha sido un dia largo. Tienes que descansar; yo me quedare junto a ti para protegerte. A partir de esta noche dormire a tu lado.

– ?Que bien! Mis padres siempre dormian juntos, y mama y Logan Hepburn tambien.

Philippa tiro del cobertor para cubrirse y cubrir a su esposo. No tenia sentido levantarse a buscar el camison. Arropo bien al conde, que sintio ternura por ese gesto maternal. Comenzaba a convencerse de que habia hecho un excelente trato con lord Cambridge. Se acurruco junto a su bella esposa, sintio el roce de su tupida cabellera caoba. Por fin se quedaron dormidos.

Crispin se desperto antes del amanecer en los brazos de su esposa. La observo con detenimiento: era una criatura encantadora. Su piel era hermosa y su cuerpo, magnifico. El mero hecho de mirarla lo excito. Acaricio suavemente las curvas de ese cuerpo tendido junto a el.

Philippa abrio los ojos. Al principio estaba desorientada, pero luego recordo donde se encontraba. Miro al conde y la atmosfera de intimidad que los rodeaba la hizo sonrojar. Sin decir una palabra, el conde se subio encima de ella, que, lejos de protestar, estaba ansiosa por volver a hacer el amor. Lo rodeo con sus brazos y lo atrajo hacia si mientras el penetraba lentamente en su cuerpo anhelante.

– ?Aaah, que placer! -exclamo Philippa.

– Dime que sientes cuando estoy dentro de ti.

– Es dificil de explicar. Me gusta desde el momento en que entras en mi cuerpo. Cuando me llenas con tu virilidad, siento deseos de fundirla con mi carne y no dejarla salir nunca. Es como si perdiera mi identidad al unirnos en un solo ser.

– A mi me provoca una sensacion de inmenso poder -admitio Crispin-. ?Oh, pequena, es tan irresistiblemente

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