—?Que quieres hacer, llevarlo con nosotros como recuerdo? ?O darle sepultura? Vamos, arrojadlo. Y vamonos de aqui.
—?Nos diras adonde?
—Si, ahora que no nos oyen puedo decirtelo, Buffalo. Nos vamos al norte, al condado de Mendocino. Hay montones de bosques y buenos lugares para escondernos, porque eso es lo que necesitamos ahora. Nos hace falta escondernos, y bien.
Se detuvo y contemplo a Nicholas, Tamal y Stidge sacar el cuerpo de Rupe de la furgoneta y arrojarlo por el barranco a los densos matojos de mas abajo.
—Bien. Vamonos de aqui.
—?Nos llevamos al loco? —pregunto Stidge—. ?No supone correr un riesgo, con lo que ha visto?
—El viene con nosotros adondequiera que vayamos. ?Verdad, Tom? Tu te quedas con nosotros.
—«Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin, dice el Senor» —recito Tom, temblando un poco, aunque hacia mas calor que en San Francisco—. «El que es, el que fue, el que sera», el Todopoderoso.
—Esta bien, Tom —dijo Charley suavemente—. Esta bien. Vamonos ya. Entra en la furgoneta. Entrad todos.
3
—?Dios mio, que calor! —exclamo Jaspin, sorprendido, mientras la caravana tumbonde comenzaba a fluir de las montanas al ancho llano del Valle de San Joaquin.
Se encontraba en medio de una estancada y apocaliptica masa de aire chirriante, que era demasiado caliente para poder respirar siquiera. El viejo coche de Jaspin iba el tercero en la larga procesion, justo detras del par de autobuses que albergaban al Senhor, la Senhora y la Hueste Interna.
—No lo puedo creer —insistio—. Es increible este calor. ?Donde diablos vamos, al Sahara?
—A Bakerfield —dijo Jill—. Estamos un poco al sur.
—Lo se, pero… esto es como el Sahara. Como dos Saharas juntos. Cristo, si de verdad vamos al Polo Norte, ojala estuvieramos un poco mas cerca.
Parecia que el cielo iba a estallar en llamas. Era como si todo el calor del valle hubiera venido rodando como una pelota al rojo vivo y hubiera golpeado contra la pared de las montanas Tehachapi y estuviera alli esperando el momento de tragarselos.
—Creo que vamos a detenernos para acampar —dijo Jill—. ?Ves? Las banderas estan en alto.
—Solo son las tres.
—No importa. Mira el autobus del Senhor. Las banderas estan izadas.
Ella tenia razon. Jaspin se asomo por la ventanilla y vio a un par de hombres del tumbonde en lo alto del autobus principal izando los chillones estandartes que eran la senal para detenerse y acampar. El autobus giro a la izquierda y se salio de la calzada, dirigiendose a campo abierto. El segundo vehiculo le imito. Jaspin, encogiendose de hombros, hizo lo mismo, y toda la extrana caravana de autobuses, coches, carretas y camiones que habian venido arrastrandose como un gigantesco ciempies detras de el, uno a uno, giraron a la izquierda, siguiendo al Senhor Papamacer.
Jaspin aparco junto al segundo autobus, el negro y naranja donde viajaban los once miembros de la Hueste Interna y la mayoria de las estatuas de los dioses. Se dio la vuelta, se cubrio los ojos con la palma de la mano para protegerse del sol de la tarde, y recorrio con la mirada la linea de vehiculos que se estiraba hasta las montanas de donde acababan de descender. Probablemente la caravana continuaba sin interrupcion hasta Gorman como minimo, quiza incluso hasta mas alla de Tejon Pass o hasta Castaic.
Increible. Increible. Todo este asunto es completamente increible, penso. Y para el, uno de los aspectos mas insolitos era su propia presencia aqui, en la cabeza de la procesion, tras la Hueste Interna. Estaba aqui como observador, claro, como antropologo. Pero eso solamente era la mitad, quizas menos de la mitad. Sabia que estaba aqui tambien como seguidor del Senhor. Se habia rendido: habia aceptado el tumbonde, y se dirigia al norte para esperar la apertura de la puerta y la llegada de Chungira-el-que-vendra. La noche pasada, mientras dormia junto al coche en una calle desolada de lo que alguna vez habia sido Glendale o Eagle Rock, habia tenido una vision de uno de los nuevos dioses moviendose serenamente en un mundo donde el cielo y todo a su alrededor era verde; y el dios, aquella fantastica criatura brillante, le habia saludado por su nombre y le habia prometido una gran felicidad despues de la transformacion del mundo.
Que extrano es todo esto, pensaba Jaspin.
—Mira eso —dijo—. ?Es la horda mongol en plena marcha!
—No me gusta que hables asi, Barry.
—?He dicho algo malo?
—La horda mongol. No tiene nada que ver con esto. Ellos eran invasores, saqueadores daninos. Esta es una procesion santa.
Jaspin la miro, sorprendido. Ella estaba cubierta de sudor, y brillaba. Su camiseta empapada, casi transparente, dejaba entrever sus pezones. Los ojos le brillaban de modo desafiante. El brillo del autentico creyente, penso Jaspin. Se pregunto si sus ojos tambien habrian brillado asi alguna vez. Lo dudaba.
—?O acaso no es santa? —pregunto Jill.
—Si, claro que lo es.
—Hablas tan irreverentemente algunas veces…
—?De veras? No puedo evitarlo. Mi educacion antropologica, supongo. No puedo dejar de ser un observador imparcial.
—?Incluso aunque creas?
—Incluso asi.
—Lo siento por ti.
—Vamos, olvidalo…
—No me gusta cuando haces chistes sobre lo que pasa. La horda mongol, y todo eso.
—Esta bien. Soy un impertinente. No puedo evitarlo, debe de estar en mis genes. Llevo en la sangre cinco mil anos de impertinencia.
Estiro la mano y trato de alcanzarla, tocandola ligeramente con la yema de los dedos. Ella se aparto, como venia haciendo ultimamente.
—Vamos, Jill. Ya te he dicho que lo siento.
—Si esto es la horda mongol, entonces tu tambien formas parte de los mongoles. No lo olvides.
Jaspin asintio.
—Esta bien. No lo olvidare.
Ella se dio la vuelta y entro en el coche. Salio un segundo despues con una botella de agua, de la que tomo un largo trago sin ofrecerle nada. Entonces se alejo y se quedo mirando el autobus del Senhor Papamacer.
Se habia dado cuenta de que habia habido un sutil cambio en su actitud hacia el desde que habian salido de San Diego con la caravana tumbonde. O quizas no habia sido tan sutil. Ella se habia enfriado, se habia vuelto muy distante. Ahora era mucho menos timida, mucho menos dubitativa y servicial, mucho mas segura de si misma. Ya no habia mas gratitud hacia el maravilloso y erudito doctor Barry Jaspin, de la UCLA, que tan gentilmente le permitia merodear a su alrededor. No mas ojos abiertos, no mas considerarle como si fuera el custodio de toda la sabiduria humana. Y el sexo entre ellos, que habia sido tan libre y tan facil el primer par de semanas, se desvanecia rapidamente; ya casi no existia.
Bueno, Jaspin sabia que eso era inevitable. Le habia pasado antes con otras mujeres. Era humano, despues de todo, hecho con pies de barro hasta las cejas, como todo el mundo, y ella tenia que descubrirlo tarde o temprano. Empezaba a ver que era menos maravilloso de lo que sus fantasias le habian hecho creer, y empezaba a mirarle de forma mas realista.
Muy bien. Ya se lo habia advertido. No soy la noble figura romantica e intelectual que crees, le habia dicho. Tambien podria haber anadido que no era el maravilloso amante que imaginaba, pero no hacia falta; habia tenido tiempo de descubrirlo por si misma. Muy bien. Muy bien. No era tan extraordinario ser adorado, especialmente
