cuando no habia una base real. Pero habia algo mas, algo que le asustaba. Ella era aun, basicamente, una adoradora de corazon, una personalidad dependiente; lo que habia hecho era cambiar su dependencia hacia el por la de los dioses tumbonde. El temor reverente que habia sentido hacia el lo reservaba ahora para el Senhor Papamacer como Vicario en la Tierra de Chungi-ra-el-que-vendra, segun parecia.

Jaspin sospechaba que ella haria cualquier cosa que le pidieran los hombres del tumbonde. Cualquier cosa.

Se volvio de nuevo hacia el sur, hacia las altas montanas. Una interminable sucesion de vehiculos todavia fluia valle abajo. Esta era la quinta jornada de marcha, y la procesion habia crecido dia tras dia. Habian tomado la ruta de tierra adentro para evitar problemas con el trafico y las autoridades de las grandes ciudades costeras, atravesando sitios como Escondido, Vista y Corona, y rodeando la parte oriental de Los Angeles. Era un viaje lento, con paradas frecuentes para rituales, oraciones y enormes comidas comunitarias. Y costaba una eternidad arrancar de nuevo cuando se daba la orden de volver a la carretera. Jaspin imaginaba que el grueso de los que estaban aqui eran gente que formaba parte de la caravana desde San Diego —el tumbonde no era muy conocido fuera de la mitad meridional del condado de San Diego, donde estaban las grandes poblaciones de refugiados—, pero a medida que la vasta procesion habia seguido su rumbo, muchas otras personas se habian ido uniendo. Ahora podrian ser cincuenta mil. Incluso cien mil. Una autentica horda mongol en marcha.

—Yas-peen.

Al darse la vuelta, vio a uno de los miembros de la Hueste, un tipo llamado Bacalhau. Ahora le resultaba mas facil diferenciarlos. A pesar del intenso calor, Bacalhau vestia el atuendo tumbonde completo, botas, pantalones y chaqueta, hasta el sombrero, o lo que fuera aquella especie de chata montera.

—El Senhor quiere verte —dijo Bacalhau. Luego miro a Jill—. A ti tambien.

—?A mi? —pregunto ella sorprendida.

Jaspin tambien se sorprendio. No de que el Senhor Papamacer le convocara a una audiencia; lo habia hecho ayer por la tarde, y dos dias antes, repitiendo cada vez un largo monologo que describia como habian penetrado en su alma las primeras visiones de Maguali-ga y Chungira-el-que-vendra hacia dos o tres anos, y como habia comprendido inmediatamente que era el profeta elegido de los nuevos dioses. Pero, ?por que a Jill? Hasta ahora, el Senhor no habia dado muestras de que conociera su existencia.

—Ven —dijo Bacalhau— Venid los dos.

Los guio al autobus del Senhor. Estaba pintado con los colores de Maguali-ga, y llevaba las grandes estatuas de carton piedra de Prete Noir el Negus y Rei Ceupassear a cada lado del parabrisas delantero. Habia media docena de otros miembros de la Hueste Interna guardando la entrada cuando Jaspin y Jill se aproximaron: Barbosa, Cotovela, Lagosta, Johnny Espingarda, Pereira y uno que se llamaba Carvalho o Rodrigues, Jaspin no estaba seguro. Igual que Bacalhau, todos llevaban los atuendos tumbonde, aunque alguno se habia aflojado el cuello de la camisa.

—Maguali-ga, Maguali-ga —dijo Lagosta. Parecia aburrido.

—Chungira-el-que-vendra —replico Jill antes de que Jaspin pudiera formular la respuesta ritual.

Lagosta la miro con un destello de interes en los ojos, pero solo por un momento. Miro a Jaspin friamente, como diciendo: «?Quien eres tu, lastimoso branco, triste simplon, para requerir tanta atencion del Senhor Papamacer?». Jaspin le devolvio la mirada. Tu nombre significa langosta, penso. Y el tuyo, Bacalhau, es bacalao. Vaya par de nombres tienen los santos apostoles del profeta.

—Permiso —dijo Jaspin.

Los hombres de la Hueste Interna se hicieron a un lado, dejando sitio para que pasaran. Dentro del autobus el aire era denso y viciado, y habia un acre olor a incienso. Habian retirado todos los asientos y dividido con cortinas el autobus en tres pequenas habitaciones: una antecamara, una capilla en el centro, y habitaciones para el Senhor Papamacer y la Senhora Aglaibahi al fondo.

—Esperad —dijo Bacalhau.

Hizo a un lado la gruesa cortina y entro en la capilla. La cortina se cerro tras el. Jaspin oyo que conversaban en portugues.

—?Entiendes lo que dicen? —pregunto Jill.

—No.

—?Que crees que pasa?

Jaspin sacudio la cabeza.

—No tengo la menor idea.

Un momento despues, Bacalhau reaparecio con un par de miembros de la Hueste Interna que habia dentro. Siempre habia seis o siete de ellos alrededor del Senhor. Jaspin no podia decir si su papel era el de discipulos, el de guardaespaldas, o un poco de cada cosa. La Hueste estaba compuesta en su totalidad por jovenes brasilenos de piel oscura, once hombres cenudos que lo mismo podian pasar por bandidos que por santos apostoles. Habia tambien unos cuantos africanos en los altos concejos del tumbonde, pero no parecian tener el mismo acceso al Senhor. Jaspin dudaba que fuera un asunto racial, ya que los brasilenos eran tan negros como los africanos; posiblemente el Senhor Papamacer se sentia mas a gusto con gente de su propia tierra natal.

—Entrad —dijo Bacalhau, haciendo un ademan.

Le siguieron al oscuro interior del autobus. A Jaspin le costaba trabajo respirar. Anoche, cuando habia estado aqui, habia parecido desagradablemente caluroso y maloliente, pero ahora, con el ardiente atardecer del Valle, era realmente sofocante. Todas las ventanas estaban cerradas, el humo de una docena de velones llenaba la capilla, y parecia que no habia ventilacion en absoluto. Jaspin estuvo a punto de vomitar. Miro desesperado a Jill, pero ella no parecia molesta por la suciedad de la atmosfera. Sus ojos tenian ese brillo otra vez. A Jaspin le asustaba verlo.

El Senhor Papamacer estaba sentado con las piernas cruzadas, esperando, en el fondo del autobus. A su izquierda, junto a la pared lateral, estaba la Senhora Aglaibahi, la madre divina y diosa viviente. La larga y estrecha camara estaba decorada de manera similar a la habitacion en la que el Senhor se habia entrevistado con Jaspin en Chula Vista: la oscuridad, las velas, las cortinas, la estera roja y verde, las pequenas imagenes de madera de Maguali-ga y Chungira-el-que-vendra.

El Senhor hizo con la mano izquierda un leve gesto de saludo. Sus ojos se posaron en Jill. La estudio sin hablar durante lo que parecio una eternidad.

—La mujer —le dijo por fin a Jaspin—. ?Es tu esposa?

Jaspin se ruborizo.

—Ah…, no. Una amiga.

—Pense que era tu esposa. —El Senhor parecia contrariado—. Pero… ?viajais juntos?

—Como amigos —contesto Jaspin, preguntandose donde queria llegar.

Miro a Jill, pero ella parecia encontrarse en otro mundo.

—?Sabes?, tengo el poder de haceros marido y mujer ante los dioses. Lo hare.

Aquello cogio a Jaspin desprevenido. Sus mejillas se tornaron aun mas rojas. ?Que demonios era esto? ?Casarse??Con Jill?

—Ehm… —dijo cautelosamente—. Creo que lo mejor es que ella y yo permanezcamos como amigos, Senhor Papamacer.

—Ah. Ah. —Jaspin sintio un frio torrente de desaprobacion surgir tras los rasgos atemporales e inexpresivos del Senhor Papamacer—. Como quieras. Pero es bueno ser marido y mujer.

Hizo otro gesto apenas perceptible, esta vez hacia la silenciosa Senhora Aglaibahi. Jaspin siguio su mano con la mirada. La Senhora Aglaibahi se sento sin moverse, apenas parecia respirar. Se asemejaba a una figura de culto, mas grande que la vida, algo hecho de piedra negra pulida; una de esas diosas hindues, penso Jaspin, toda pechos y ojos. Llevaba una especie de vagosan de muselina blanca colocado de manera tal que mostraba ampliamente los ondulantes globos de sus pechos, y los suaves pliegues de su vientre. Su piel oscura brillaba a la luz de las velas como si estuviera untada de aceite. Despues de una semana entre esta gente, la Senhora, una mujer voluptuosa que lo mismo podria tener treinta anos que cincuenta, todavia constituia un misterio para Jaspin. La mitologia tumbonde sostenia que era virgen, pero habia algo mas en las ensenanzas acerca de la habilidad de los dioses y diosas para restaurar su virginidad tan a menudo como desearan, y Jaspin dudaba que el Senhor y la Senhora vivieran juntos en castidad. Al mirarla, la Senhora sonrio. De repente, Jaspin se imagino siendo atraido hacia esos pechos de pezones oscuros y bebiendo la leche de la Senhora Aglaibahi.

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