Entonces se dio cuenta de que ademas de los hombres del asiento delantero habia otros en la parte trasera de la furgoneta; tres, cuatro, tal vez cinco. Saqueadores, probablemente. O tal vez incluso bandidos.

Maldicion, penso. Ni siquiera ella podra con siete tipos. Yo no podre con ninguno, con la pierna en este estado. De repente vio como iba a terminar su huida del Centro: el en el suelo con la garganta cortada y Aleluya pataleando y chillando mientras la llevaban a otro lugar para pasar a su costa una noche de juerga.

Estaban saliendo de la furgoneta. Cuatro, cinco, seis, y siete. No, ocho. Se acercaban a Aleluya, la miraban apreciativamente. Uno de ellos, un individuo gatuno de cara grasienta y cabellos rojos, le miraba los pechos como si no hubiera tocado a una mujer en tres anos. Otro, con ojos azules y la cara picada de viruelas, se relamia los labios. Ferguson quiso dar la vuelta y escapar, pero era demasiado tarde: le habian visto. A su paso, le alcanzarian en medio segundo.

—?Es su esposo ese de alli? —pregunto uno de los saqueadores, un larguirucho de aspecto duro con barba negra y corta.

Senalo hacia Ferguson. Que manera mas estupida de morir, se dijo Ferguson. Rezo por que Aleluya entrara en accion, agarrara a tres o cuatro y les rompiera el cuello de la misma manera en que habia roto el tronco, rapidamente, sin que se dieran cuenta de lo que pasaba. Pero ella no parecia tener intencion de hacer nada. Parecia calmada, animada y relajada. Maldita mujer. Se detuvo, apoyandose en la muleta, preguntandose que iba a pasar ahora.

Lo que sucedio fue que otro de los saqueadores, uno alto y huesudo con los brazos largos como los de un mono y ojos brillantes y salvajes, se le acerco y le miro de un modo particularmente intenso, contemplando su cara como si intentara leer un mapa.

—?Te duele? —le dijo formalmente—. No me refiero a tu pierna, hablo de tu alma. Creo que tu alma se queja. Pero recuerda que no es sino la casa de Dios, y la puerta al cielo.

—?Que demonios…? —dijo Ferguson, con la voz llena de miedo y perplejidad.

—No le hagas caso —dijo el pelirrojo—. No esta en sus cabales. Ese Tom es un loco bastardo.

—Loco, ?eh?

Ferguson empezo a mirar lentamente a su alrededor, pensando que quizas iban a salir de esta en una sola pieza despues de todo. Habia que permanecer sereno, empezar a hablar y hablar, y hacerse util a esta gente.

—Si es un autentico caso mental, entonces estan ustedes en el lugar adecuado. Llevenlo al Centro que esta al otro lado de ese bosque de pinos y se sentira completamente en casa, con todos los otros locos que hay alli. Le daran de comer, lo banaran, lo trataran amablemente, eso es lo que haran con su loco amigo Tom.

El hombre de la barba negra se acerco a Ferguson.

—?Centro? ?A que tipo de centro se refiere?

Quinta parte

La paralisis detiene mi pulso cuando trato con gallinas o cerdos petulantes, o me enredan vuestras viboras o las solteras me hacen su gallito, o me enfadan… Cuando quiero probar a Humphrey ceno, y cuando me sorprenden las sombras duermo donde puedo, junto a las almas en pena, aunque nunca tengo miedo. Pero canto: «?Hay comida, alimento, alimento, bebida o ropa? Vamos, dama o doncella, no tengas miedo. El Pobre Tom no estropeara nada». La Cancion de Tom O’Bedlam

1

—El principio es lo que importa, Yas-peen. ?Te lo he dicho ya? Bueno, pues oyelo de nuevo: es lo que mas importa. Como al principio los nuevos dioses vinieron a visitarme.

Jaspin esperaba pacientemente. El Senhor Papamacer le habia dicho esto mas de una vez, si. Muchas veces, en realidad. Pero sabia que no tenia sentido intentar dirigir esas conversaciones. Aquel era su privilegio: era el Senhor, y Jaspin meramente el escriba.

Ademas, Jaspin habia aprendido que si se mostraba satisfecho mientras el Senhor le contaba cosas repetidas, tarde o temprano terminaria por citarle alguna nueva revelacion. Esta tarde, por ejemplo, Jaspin habia advertido un amplio portafolios en el suelo junto al Senhor. La forma en que los dedos del Senhor agarraban el portafolios indicaba que este era importante. Jaspin queria conocer su contenido, y sabia que si queria averiguarlo, bastaba con sentarse tranquilamente y esperar.

En eso estaba.

—Al principio fue un sueno —dijo el Senhor Papamacer—. Yacia en la oscuridad una noche y Maguali-ga se aparecio ante mi y me dijo: «Soy el abridor de la puerta, soy el que ha de traer lo que vendra». Y supe inmediatamente que el dios me hablaba desde el oceano de estrellas, y que soy la voz elegida, ?sabes?

Si, penso Jaspin. Lo sabia. Y tambien sabia lo que venia despues. Y me levante en la noche y fui a la ventana, y las nueve estrellas de Maguali-ga brillaban en los cielos, y alargue los brazos y senti dentro de mi la gran luz de las siete galaxias. Se lo sabia palabra por palabra. El Senhor Papamacer le dictaba unas escrituras y queria asegurarse de que el lo anotaba todo. No habia duda. Senti la verdad de inmediato.

Jaspin estudio la delgada cara tallada, los ojos de obsidiana de este hombrecito que queria cambiar el mundo y quizas lo haria; este profeta, este monstruo sagrado, el ultimo en una larga linea de profetas… y tal vez el definitivo. Moises, Jesus, Mahoma, Senhor Papamacer. Al Senhor le gustaba colocarse junto a los otros profetas. Tal vez tenia razon.

—Y me levante en la noche —dijo el Senhor— y fui a la ventana, y las nueve estrellas de Maguali-ga brillaban en los cielos…

Ah, si. Y la gran luz de las siete galaxias.

—Supe instantaneamente que estos dioses son reales y que vendran a la Tierra para gobernarnos.

Eso era lo interesante, se dijo Jaspin, ese gran salto de fe. Conocimiento instantaneo. La fe en las cosas que se deseaban, la evidencia de cosas no vistas. Seis meses antes, eso habria resultado a Jaspin incomprensible; pero el habia visto tambien: Chungira-el-que-vendra en la cima de la colina alla en San Diego, y luego muchas veces en suenos a Maguali-ga, y a Rei Ceupassear, Narbail de los truenos, O Minotauro… Tambien los habia visto. Tambien habia creido instantaneamente, para su propia sorpresa.

—?Y como se esto, me preguntas? —continuo el Senhor Papamacer—. Se que lo se, eso es todo. Es suficiente. Verdademente a verdad, verdaderamente la verdad. Se sabe que se sabe.

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