—Necesito conservar esa vision, Elszabet. Es algo por lo que he rezado toda mi vida: la presencia de lo divino iluminando mi espiritu. ?Como puedo renunciar a eso ahora que lo he experimentado?

—Tiene que entregarse al barrido, padre. Le curara. Lo sabe.

—Lo se, si. Pero la vision, esos nueve soles…

—Quizas permanezcan despues del tratamiento.

—?Y si no permanecen? Creo que… quiero renunciar.

—Sabe que no es posible.

—La vision…

—Si la pierde, seguramente volvera. Si Dios se le ha revelado esta noche, ?cree que le abandonara despues? Regresara. Lo que se abrio ante usted anoche volvera a abrirse de nuevo: los nueve soles, el Padre en Su trono…

—?Usted cree, Elszabet?

—Estoy segura.

—Espero que tenga razon.

—Confie en mi. Confie en Dios, padre.

—Si.

—Vamos. ?Quiere que entremos?

El sacerdote parecia transfigurado.

—Si. Por supuesto.

—?Quiere que le envie a Lansford?

—Naturalmente.

Las lagrimas caian en cascada por sus mejillas. Elszabet no lo habia visto nunca tan animado, tan vigoroso, tan vivo.

En la Cabina B, Lansford habia preparado la aplicacion del barrido para Ed Ferguson, quien parecia molesto por el retraso.

—Ve con el padre Christie —le dijo Elszabet—. Yo me hare cargo del senor Ferguson.

El tecnico asintio. Ferguson, un individuo de rostro inescrutable y unos cincuenta anos, que habia sido acusado de estafa antes de ser enviado al Centro Nepente, empezo a hablarle de un viaje a Mendocino que queria realizar este fin de semana para encontrarse con una mujer que venia de San Francisco para verle, pero Elszabet apenas le hacia caso. Su mente estaba ocupada en la vision del padre Christie.

Que radiante parecia el pobre e incompetente sacerdote mientras le hablaba. No le extranaba que temiera el tratamiento. Perder el unico toque de gracia divina que le habia alcanzado en la vida, por muy extrano y rebuscado que pareciera…

Cuando Elszabet termino con Ferguson y superviso la tercera cabina, donde trataban a Aleluya, la mujer sintetica, volvio a la Cabina A. El padre Christie estaba sentado, sonriendo con el amable gesto caracteristico de quien ha liberado su mente de un monton de recuerdos. Donna, la enfermera de la manana, repasaba con el las rutinas basicas, asegurandose de que todavia sabia su nombre, el ano, donde se encontraba y por que. El barrido deberia desplazar solamente los recuerdos recientes, pero podia hacerlo mas profundamente. Elszabet hizo un gesto con la cabeza a la otra mujer.

—Esta bien. Yo terminare, gracias.

Le sorprendia lo fuertemente que le latia el corazon. Cuando Donna se marcho, se sento junto al cura y le tomo suavemente por la muneca.

—Bien. ?Como se encuentra ahora, padre? Parece relajado.

—Oh, si, Elizabeth. Muy relajado.

—Elszabet —le recordo ella amablemente.

—Ah. Claro.

Ella se acerco mas. El intento echar una ojeada a su escote. Bien, penso Elszabet. Eso esta bien.

—Digame —le pregunto—. ?Ha tenido alguna vez un sueno en el que se ven nueve soles en el cielo, todos a la vez?

—?Nueve soles? —dijo el, completamente en blanco—. ?Nueve soles a la vez?

3

Jaspin, como de costumbre, salio tarde de su apartamento. Cuando finalmente se puso en marcha, corrio por la carretera a Chula Vista, giro tierra adentro, tomo el atajo del Valle Otay hacia las carreteras comarcales no monitorizadas, y veinte minutos mas tarde llego al control de carreteras emplazado por la gente del tumbonde en medio de una planicie reseca.

Habian cerrado la carretera por completo, lo cual era ilegal, pero nadie en el Condado de San Diego se atreveria a decirle a los tumbonde lo que tenian que hacer. Una muralla de energia cruzaba la autopista de un lado a otro, y seis o siete hombres de piel broncinea y aspecto sombrio, con caras anchas y pomulos salientes, estaban junto a ella, de brazos cruzados. Vestian trajes tumbonde: chaquetillas de plata, pantalones negros ajustados con fajin rojo, anchos sombreros negros, y colgantes en forma de cuarto creciente en el pecho. Parecia que llevaban mascara, pero no era asi. Esas eran sus caras: distantes, impasibles. Ninguno parecia interesado en lo mas minimo en el gringo de piel blanca y el coche destartalado, pero Jaspin conocia la rutina. Se asomo por la ventanilla y saludo:

—Vendra Chungira-el-que-vendra.

—Maguali-ga, Maguali-ga —respondio uno de los tumbonde.

—El Senhor Papamacer ensena. La Senhora Aglaibahi es nuestra madre. Rei Ceupassear reina.

—Maguali-ga, Maguali-ga.

Hasta ahora lo estaba haciendo bien.

—Vendra Chungira-el-que-vendra —dijo por segunda vez.

—El parking esta a dos kilometros —informo, indiferente, uno de los hombres—. Camine entonces quinientos metros. Sera mejor que se apresure; la procesion ya ha empezado.

—Maguali-ga, Maguali-ga —dijo Jaspin, mientras la barrera se abria.

Paso ante los cenudos guardias y bajo por el polvoriento camino hasta que vio a unos chiquillos haciendole senas y conduciendole al parking. Alli debia de haber al menos un millar de coches, la mayoria todavia mas viejos que el suyo. Encontro un hueco bajo un roble, dejo alli el coche y se apresuro. Aunque aun no era mediodia, el calor era intenso, similar al de Arizona. Ni una gota de humedad, un puro horno. Intento imaginar lo que seria estar en pantalones y sombrero negros bajo el sol de mediodia.

En pocos minutos percibio a la congregacion, concentrada caoticamente en un alto risco al lado de la carretera. Habia miles de personas, algunos vestidos a la usanza tumbonde, pero la mayoria, como el, en ropas corrientes de calle. Llevaban estandartes, placas, pequenas imagenes de los Grandes. Un tamborileo lento y profundo salia de una serie de altavoces que no estaban a la vista. Probablemente, penso Jaspin, habian dispuesto nodulos electrostaticos y chips de pulsacion sincronizados. Los tumbonde podian ser elementales y primitivos, pero no desdenaban la tecnologia.

Encontro un hueco en la multitud. Mas lejos, a medio camino de la colina, diviso las colosales estatuas de carton piedra de las divinidades, que eran transportadas a hombros por unos hombres sudorosos y de piel oscura. Jaspin las reconocio una a una: ese era Prete Noir el Negus, esa la serpiente-trueno Narbail, ese era el toro, O Minotauro, ese otro Rei Ceupassear. Y aquellos dos, los mayores, eran los autenticamente Grandes, Chungira-el- que-vendra y Maguali-ga, los dioses del espacio. Jaspin jadeo de calor. Por muy descabellado que fuese este asunto, tenia un poder indiscutible.

Una mujer joven, aprisionada junto a el por la multitud, se volvio para verle.

—Perdone —dijo—. ?No es usted el doctor Jaspin, de la UCLA?

El la miro como si le hubiese mordido en un brazo. Ella tendria a lo sumo veintitres o veinticuatro anos, pelo rubio revuelto, la camisa blanca abierta hasta la cintura. Sus ojos parecian un poco idos. Las marcas de Maguali-ga aparecian pintadas en purpura y naranja sobre sus pechos minimos. Jaspin no la reconocio, pero eso

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