no queria decir nada. Habia olvidado a un monton de gente en los ultimos anos.

—Lo siento. Se ha equivocado de hombre.

—Estoy segura de que es usted. Fui oyente en su curso del noventa y nueve. Lo encontre realmente profundo.

—No se de que me habla —le dijo sonriendo.

Y avanzo entre la multitud, para lo cual tuvo que utilizar los codos. Ella le hizo el signo de Rei Ceupassear, una especie de bendicion. Que te jodan a ti y a tu perdon, penso Jaspin. Entonces, instantaneamente, lo lamento. Pero continuo alejandose en la multitud.

Era una mala epoca para Jaspin. De algun modo, las cosas habian empezado a desmoronarse a su alrededor mas o menos en el ano en que la rubia habia dicho que asistia a sus clases, y el todavia no habia logrado descubrir por que. Tenia treinta y cuatro anos, pero habia dias en que se sentia tres veces mas viejo, dias en que todo iba de culo y que a menudo duraban todo un mes. La universidad le habia despedido, con razon, a principios del ano dos. Todavia no habia conseguido leer su tesis. El doctorado que la muchacha rubia le habia otorgado no existia mas que en su imaginacion. Habia sido solamente profesor adjunto en el departamento de Antropologia, y en esa epoca no se habia dado cuenta del raro privilegio que suponia tener trabajo en una de las pocas universidades que quedaban. Se daba cuenta ahora, pero ahora el ya no era nada.

—?Maguali-ga, Maguali-ga! —gritaban por todas partes.

Jaspin se unio al griterio. Empezo a moverse, dejandose arrastrar hacia las grandes estatuas bamboleantes.

Llevaba cinco meses asistiendo a las procesiones tumbonde. Esta era la octava vez que lo hacia. No estaba muy seguro de por que venia. En parte, lo sabia, por curiosidad profesional. Aun se veia a si mismo como antropologo, y en este culto mesianico y apocaliptico de adoradores de dioses estelares que habia surgido en las tierras baldias al este de San Diego habia trabajo antropologico para dar y tomar.

La especialidad de Jaspin habia sido la irracionalidad contemporanea. Habia sonado con escribir un grueso libro que explicara el mundo moderno ante si mismo y encontrara sentido al manicomio que la buena gente del pasado siglo XXI habia legado a sus descendientes. El tumbonde era la locura en grado maximo. Jaspin se sentia irresistiblemente atraido por el, y analizandolo y estudiandolo tal vez podria enderezar su destrozada carrera. Pero habia algo mas. Admitia que sentia hambre, un vacio espiritual que anhelaba poder satisfacer aqui. Solo Dios sabia como, sin embargo.

—?Chungira-el-que-vendra! —grito, y apreto el paso entre la multitud.

La excitacion en derredor era contagiosa. Podia sentir como se le aceleraba el pulso y se le secaba la garganta. La gente danzaba con los pies clavados al suelo, hombro contra hombro, moviendo los brazos en alto a un lado y a otro. Vio otra vez a la muchacha rubia a una docena de metros, perdida en alguna especie de trance. Maguali-ga, el dios de la puerta, habia venido a recoger su espiritu.

Habia muy pocos anglos en la multitud. El tumbonde habia surgido de la comunidad de refugiados latinoamericanos que se apinaba en las afueras de San Diego desde el final de la Guerra de la Ceniza, y la mayoria de la gente era de piel oscura o negra. El culto era un revuelto internacional, una mezcla de ritos brasilenos y guineanos con algun ingrediente de Haiti, y por supuesto tambien habia adquirido un tinte mexicano; ningun culto apocaliptico que operase tan cerca de la frontera podria evitar adquirir rapidamente un sutil tono azteca. Pero era mas estatico en su naturaleza que la variedad mexicana corriente. Habia menos muerte, mas transfiguracion.

—?Maguali-ga! —rugio una voz—. ?Tomame, Maguali-ga!

Para su sorpresa, Jaspin descubrio que la voz era la suya propia.

De acuerdo. De acuerdo. Ve con el, se dijo. Se sintio terriblemente helado a pesar del espantoso calor. Ve con el. El nino bonito judio de Brentwood saltando con los shvartzers paganos en una colina abrasada a mediados de julio. Bien, ?y por que no? Adelante, chico.

Ahora estaba lo suficientemente cerca para ver a los lideres de la procesion, que destacaban por encima de todo el resto gracias a sus zancos. Alli se encontraba el Senhor Papamacer, y junto a el la Senhora Aglaibahi, y rodeandoles se hallaban los once miembros de la Hueste Interna. Una especie de dorado nimbo de luz rielaba alrededor de los trece. Jaspin se pregunto como conseguirian ese truco, pues un truco debia de ser, aunque la explicacion que ellos daban establecia que eran imanes para la energia cosmica.

—La fuerza viene de las siete galaxias —habia dicho al reportero del Times el Senhor Papamacer—. Es la gran luz que contiene el poder de la salvacion. Brillo una vez en Egipto, y en el Tibet, y en el lugar de los dioses en Yucatan, y ha estado en Jerusalen y en el sagrado altar de los Andes, y ahora esta aqui, en el Sexto de los Siete Lugares. Pronto se movera hacia el Septimo Lugar, que es el Polo Norte, donde Maguali-ga abrira la puerta y Chungira-el-que-vendra entrara en nuestro mundo trayendo la prosperidad de las estrellas a quienes le aman. Y ese sera el tiempo del fin, que sera el nuevo principio.

Ese tiempo, habia dicho el Senhor Papamacer, no estaba lejos.

Jaspin oyo el balido de las cabras por encima de todos los demas sonidos. Oia el bajo tono planidero del toro blanco del sacrificio que se encontraba —lo sabia— en la cabana emplazada en la cima de la colina.

Entonces vio a los danzarines enmascarados abriendose paso entre la multitud, siete de ellos representando las siete galaxias benevolentes. Sus caras estaban ocultas por brillantes escudos metalicos, y sus cuerpos desnudos llevaban adornos en forma de soles y lunas y planetas. Sobre las cabezas llevaban esferas de metal rojas y brillantes como espejos, de las cuales destellaban, como lanzas, haces de luz. Portaban maracas y castanuelas y cantaban ferozmente:

—?Venha Maguali-ga Maguali-ga, venha!

Una invocacion. Los siguio, moviendo los brazos. A su izquierda, una mujer gorda vestida de verde repetia una y otra vez, en espanol, «Perdona nuestros pecados, perdona nuestros pecados», y al otro lado un negro desnudo hasta la cintura murmuraba en mal frances «El sol sale por el este, el sol se pone en Guinea, el sol sale por el este, el sol se pone en Guinea».

Subio colina arriba. Arriba. Los animales, en alguna parte, aullaban de miedo y dolor. Los sacrificios daban comienzo.

Jaspin se encontro ante la boca de un gran pozo lleno hasta el borde de las cosas mas sorprendentes: joyas, monedas, munecas, cubos de diversion, fotografias familiares, ropas, juguetes, artilugios electronicos, armas, herramientas, paquetes de comida. Sabia que tenia que hacer. Aquel era el Pozo del Sacrificio; tenia que desprenderse de algo valioso para reconocer que asi no iba a necesitarlo cuando los dioses vinieran de las estrellas y trajeran con ellos, a todas las gentes sufrientes de la Tierra, riquezas incalculables. «Debeis hacer un regalo a la Tierra», decia el Senhor Papamacer, «si deseais para la Tierra los regalos de las estrellas». No tenia importancia si lo que se arrojaba al pozo no era considerado de valor; bastaba con que fuera valioso para uno mismo. Jaspin tenia un regalo preparado: su reloj de pulsera, probablemente la ultima cosa de valor —excepto sus libros— que todavia no habia vendido, un IBM extraplano con nueve funciones. Valia al menos mil dolares.

Esto es una locura, penso.

—Para Chungira-el-que-vendra —dijo, y arrojo el brillante reloj al pozo repleto.

Entonces fue arrastrado hacia arriba, hacia el lugar de la comunion.

El olor de la sangre de las ovejas y las cabras flotaba por todas partes; aun no habian sacrificado al toro. Jaspin, tiritando, se encontro cara a cara con la Senhora Aglaibahi, la madre virgen, la diosa de la Tierra. Parecia tener al menos tres metros de altura. Su pelo negro estaba moteado de lentejuelas, los ojos sombreados por un fiero tono escarlata, los grandes pechos desnudos brillaban con las marcas de Maguali-ga. Le toco con las yemas de los dedos y Jaspin sintio una punzada, como si se hubiera pinchado con una aguja. Avanzo mas alla, pasando la forma todavia mas gigantesca del Senhor Papamacer, pasando las figuras de carton piedra de los dioses Narbail y Prete Noir y O Minotauro, y el caminante de las estrellas, Rei Ceupassear, y continuo a trompicones hasta llegar al sitio consagrado a Chungira-el-que-vendra y a Maguali-ga.

Comenzo a sentirse aturdido. El calor, penso, la excitacion, la muchedumbre, la histeria le hacian perder la

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