que se convertiria en arenas movedizas y que todo el mundo iba a hundirse bajo la superficie de la tierra y desapareceria, y asi la paz seria restaurada en el lugar.

Jill se movia como un demonio, se abria paso, empujaba, usaba los codos, apartaba a la gente. Jaspin la siguio. Por todas partes sonaba una especie de chillido general, nada coherente, simplemente un rugido de confusion que parecia el traqueteo de una maquina gigantesca. Pequenos claros se formaban en la multitud durante un segundo, y luego esta volvia a cerrarse. Un par de veces Jaspin tropezo y estuvo a punto de caer, pero conservo el equilibrio agarrandose a donde podia. Si caes, mueres, penso. Ya podia ver a la gente arrastrandose por el suelo, atontada, incapaz de levantarse, desapareciendo en un bosque de piernas. Una vez le parecio que habia pisado a alguien, pero no se atrevio a mirar al suelo.

—?Por aqui! —chillo Jill.

Practicamente estaba ya en el autobus del Senhor.

Un brazo le golpeo en la boca. Jaspin sintio una sacudida de dolor y saboreo la sangre. Devolvio el golpe instantanea, automaticamente, replicando con el canto de sus manos contra los hombros de un tipo. Tal vez aquel ni siquiera era el que le habia golpeado, penso. Oyo un grunido. Jaspin ni siquiera podia recordar la ultima vez que le habia pegado a alguien. Cuando tenia nueve o diez anos, quizas. Que extrano era sentir esa satisfaccion de golpear como respuesta al dolor.

Delante, Jill forcejeaba con un hombreton histerico de aspecto campesino que la habia agarrado delante de la puerta del autobus del Senhor.

—Maguali-ga, Maguali-ga —rugia, agarrandola por la cintura.

No parecia que estuviera defendiendo el autobus, ni haciendo nada parecido; simplemente, estaba fuera de control. Jaspin llego por detras y lo atenazo por el cuello hasta que oyo como el hombre jadeaba.

—Vete —dijo Jaspin—. Quitale las manos de encima.

El hombre asintio. La solto y Jaspin lo empujo, tras darle media vuelta, en la otra direccion. Jill corrio escalera arriba y entro en el autobus. Jaspin la siguio.

El interior del autobus era una isla de extrana tranquilidad en aquel caotico remolino. Oscuro y silencioso, olia a incienso. Las velas ardian. Los pesados cortinajes parecian filtrar el tamborileo de la lluvia y los gritos de la multitud. Con cautela, Jaspin y Jill se dirigieron a la parte de atras y descorrieron las cortinas de brocado que dividian el autobus por la mitad, marcando la capilla del Senhor Papamacer.

—Mira, ahi esta —susurro Jill—. ?Gracias a Dios! ?Crees que esta bien?

El Senhor parecia en trance. Estaba sentado inmovil en su familiar posicion de loto, de cara a la pared, contemplando fijamente una imagen de Chungira-el-que-vendra. Alrededor del cuello llevaba el enorme pectoral de oro, engarzado con esmeraldas y rubies, que solamente usaba en las ocasiones mas solemnes. Estaba, sencillamente, en otro mundo. Jaspin empezo a acercarse a el, pero entonces oyo un gemido procedente de la ultima habitacion, donde vivian el Senhor y la Senhora. Una mujer gemia en un lenguaje desconocido, pero la suplica de ayuda era inconfundible.

Jill se volvio hacia el.

—La Senhora esta ahi, Barry…

—Si.

Contuvo la respiracion y levanto la cortina.

En el reino mas privado del Senhor, todo estaba revuelto. Las cortinas colgaban caidas, las imagenes de madera de Maguali-ga y Chungira-el-que-vendra habian sido derribadas, y los cajones vaciados y su contenido esparcido por el suelo: tunicas ceremoniales, cascos adornados, cingulos y botas, toda la extravagante parafernalia de los ritos del tumbonde.

En el fondo del autobus, la Senhora Aglaibahi se apretaba contra la pared. Delante de ella estaba el saqueador pelirrojo, el mismo que Jill habia visto subir por la ventanilla. El sari blanco de la Senhora estaba rasgado por delante, y sus grandes pechos, brillantes de sudor, quedaban al descubierto. Sus ojos centelleaban de terror. El saqueador la sujetaba por una muneca y trataba de agarrarle la otra. Probablemente habia venido al autobus con la intencion de robar, pero no debia de haber aqui nada que considerara valioso, asi que habia preferido dedicarse a la violacion.

—Sueltala, hijo de puta —dijo Jill, con una voz tan fiera que asusto a Jaspin.

El saqueador se volvio. Sus ojos miraron a Jill, luego a Jaspin, y otra vez a Jill. Eran los ojos de una bestia acorralada.

—Cuidado —dijo Jaspin—. Va a volverse contra nosotros.

—Atras —advirtio el hombre, todavia agarrando la muneca de la Senhora Aglaibahi—. Contra la pared. Voy a salir de aqui, asi que no intenteis detenerme.

Jaspin vio entonces que tenia un arma en la otra mano, una de esas cosas que llamaban punzones, capaz de disparar letales descargas electricas.

—Con cuidado —le dijo a Jill—. Es un asesino.

—Pero la Senhora…

—Atras —repitio el hombre. Tiro del brazo de la Senhora—. Vamos. Salgamos del autobus, ?vale? Tu y yo. Vamos.

Jaspin miraba sin atreverse a dar un paso.

La Senhora empezo a gemir. Era un grito agudo y desgarrado que podia haber sido la cancion del propio Maguali-ga, un aullido intenso y terrible que sin duda podia oirse hasta en San Francisco. El pelirrojo sacudio fieramente su brazo.

—?Callate!

Entonces las cosas se desarrollaron muy de prisa.

La cortina se descorrio y el Senhor aparecio en el umbral, con aspecto aturdido, como si todavia estuviera en trance. Durante un momento contemplo sorprendido lo que sucedia; entonces la mirada glacial regreso a sus ojos y levanto las dos manos como Moises a punto de romper las tablas de los Diez Mandamientos, y chillo palabras ininteligibles con una voz colosal, como si intentara derribar al intruso simplemente con el impacto sonico. En ese mismo instante, Jill salto hacia delante y trato de liberar a la Senhora. El saqueador se volvio hacia ella y con un rapido movimiento, sin dudarlo, le atraveso con una descarga de su punzon la caja toracica, de parte a parte. Hubo un pequeno destello de luz azul y Jill salio despedida contra la pared. Entonces el saqueador solto a la Senhora Aglaibahi y echo a correr, intentando rebasar al Senhor. Al llegar a su altura se detuvo, como si por primera vez advirtiera el enjoyado pectoral que llevaba el Senhor. El saqueador lo agarro, pero el pectoral aguanto el tiron. El saqueador no lo solto. Siguio dirigiendose hacia la salida del autobus, arrastrando al Senhor junto con el pectoral.

Jaspin se volvio hacia Jill, que yacia inmovil, con los brazos y las piernas torcidos. La Senhora sollozaba y temblaba histerica al otro lado del autobus. El saqueador, arrastrando al Senhor Papamacer con el, estaba a medio camino de la capilla, dirigiendose a la antecamara. Jaspin busco un arma en derredor. Lo mejor que pudo encontrar fue la pequena estatuilla de Maguali-ga. La cogio y corrio hacia el otro extremo del autobus.

El Senhor y el saqueador habian alcanzado la cabina del conductor. Cuando Jaspin se les acerco, estaban llegando a la pequena plataforma que conducia al suelo. Alli se detuvieron, todavia forcejeando, el saqueador tirando del pectoral, el Senhor Papamacer invocando maldiciones y golpeando al saqueador con los punos, los dos a la vista de la sorprendida multitud de los seguidores tumbonde.

Jaspin miro a la turba. Ahora habia autentica histeria. Pudo oirlos gritar el nombre de Papamacer, pero ninguno acudio en su auxilio. Jesus, penso Jaspin, ?donde esta la Hueste? Tienen que ver lo que esta pasando. ?Por que no vienen a ayudar al Senhor? Entonces se dio cuenta de que era imposible que nadie alrededor del autobus se moviera, tan apretujados estaban. Una lata de sardinas humana.

Entonces me toca a mi, se dijo.

Blandio la estatua de Maguali-ga como si fuera un baston y busco una posicion desde la que golpear la mano que sostenia el punzon. Pero los dos forcejeaban demasiado violentamente y no le dejaban un claro por el que ver el arma.

Tal vez ahora…, ahora…

Jaspin golpeo con todas sus fuerzas, pero en la mano equivocada, con la que el bandido intentaba arrancar el pectoral del Senhor Papamacer. El saqueador aullo dolorido y solto a su contrincante, que salio despedido contra la puerta, abierta por su propio impulso. Jaspin intento agarrarle, pero para su sorpresa el Senhor

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