para soltarme.
—Deja que se vaya —dijo—. A ti ya te ha pasado. Dejala tener su oportunidad.
La puerta se cerro.
—Ella es tu —dije, sofocado.
—Pues dejame a mi tener la mia. He visto lo que sere mas tarde. ?Tambien despues de algo asi esta mal tener pena de una misma?
Sacudi la cabeza. —Si no lloras tu por ella, ?quien va a hacerlo?
—Tu.
—Pero no por eso. Era una amiga de verdad, y no he tenido muchas.
Burgundofara dijo: —Ahora comprendo por que todas las caras lloran. Esta sala esta hecha para llorar.
Una voz nueva murmuro: —Para los que vienen y para los que se marchan.
Me volvi y vi dos hierodulos enmascarados, y como no los esperaba tarde un momento en reconocer a Barbatus y Famulimus. Era Famulimus la que habia hablado, y grite de alegria.
—?Amigos! ?Venis con nosotros?
Famulimus dijo: —Nosotros solo vinimos a traerte aqui. Tzadkiel mando que te buscaramos, pero te habias ido, Severian. Dime si volveras a vernos.
—Muchas veces —le dije—. Adios, Famulimus.
—Conoces nuestra naturaleza, eso esta claro. Asi pues te saludamos, y decimos hasta la vista.
Barbatus anadio: —Cuando Ossipago desenganche la puerta se abriran las escotillas. ?Teneis los dos amuletos de aire?
Saque el —mio del bolsillo y me lo puse. Burgundofara extrajo un collar parecido.
—Entonces, como Famulimus, os saludo —dijo Barbatus; y se retiro por el vano, y la puerta se cerro.
Casi en seguida se abrieron los batientes de la doble puerta del fondo; las lagrimas que caian de las mascaras desaparecieron, y luego se secaron todas. Al otro lado de la puerta abierta, tendida de estrella a estrella, brillaba la cortina negra de la noche.
—Tenemos que ir —le dije a Burgundofara; luego comprendi que no podia oirme y me acerque a tomarla de la mano, con lo cual ya no hubo necesidad de hablar. Juntos salimos de la nave, y solo cuando me detuve en el umbral y me volvi a mirar atras me di cuenta de que nunca habia sabido como se llamaba realmente, si se llamaba de algun modo, y que tres de las mascaras eran los rostros de Zak, Tzadkiel y la capitana.
La gabarra que nos esperaba era mucho mas grande que el pequeno aparato que me habia llevado a la superficie de Yesod; tan grande como el que me habia transportado de Urth a la nave. Y en verdad me parece probable que fuese el mismo navio.
—En ocasiones acercan la nave grande un poco mas —nos confio a bordo la tripulante encargada de guiarnos—. Claro que cuando lo hacen no pueden evitar ocultarnos unas cuantas estrellas. Asi que pasareis alrededor de un dia con nosotros.
Le pedi que me senalara el sol de Urth, y ella accedio: era un simple punto escarlata sobre la regala. Todos los mundos, incluyendo Dis, solo se veian como motas oscuras cuando pasaban sobre el desanimado rostro solar.
Trate de senalar la tenue estrella blanca que era parte de mi. Pero la marinera no lograba divisarla y Burgundofara parecia asustada. Nos apresuramos a transponer el portal de la gabarra y entrar en el castillo de proa.
XXVII — El regreso a Urth
Yo no estaba seguro de que Burgundofara y yo fueramos a ser amantes; pero nos asignaron un solo camarote (unas diez veces menor que el que yo ocupara mi ultima noche en la nave), y cuando la abrace y la desvesti no se opuso. La encontre mucho menos diestra que Gunnie, aunque desde luego no virgen. Que extrano pensar que con Gunnie nos habiamos acostado una sola vez.
Despues su identidad mas joven me dijo que hasta entonces ningun hombre la habia tratado con ternura, lo agradecio con un beso y se durmio en mis brazos. Yo nunca me habia considerado un amante tibio; estuve un rato despierto, meditando, y escuchando, como me habia prometido una vez, el golpe de los siglos contra el casco de la nave.
Tal vez fuesen meros anos, los anos de mi vida. Al sentir la pierna curada, y luego al descubrirme la extrana cara nueva mientras me afeitaba en mi habitacion, habia empezado por creer que de algun modo me habian quitado esos anos de encima, tal como Gunnie esperaba que le quitaran los suyos. Ahora comprendia que no era asi.
Sucedia, nada mas, que se habia anulado el dano causado por una anonima descarga ascia, por la garra de Agia y los dientes del murcielago sanguinario; yo era el hombre que habria sido sin aquellas heridas (y acaso otras) y por eso tenia el rostro de ese ser extrano —pues ?que ser es mas extrano o de conducta mas inexplicable que uno mismo? Yo era Apu-Punchau, a quien habia visto resucitar en la ciudad de piedra. Todo esto lo confundi con la juventud, y me dejo lamentando los anos que habria podido tener. Acaso un dia vuelva a embarcarme en la nave de Tzadkiel para buscar, como Gunnie, la verdadera juventud; pero si me llevan de nuevo a Yesod me quedare alli, siempre que me acepten. Tal vez en siglos ese aire me limpie de los anos.
Contemplando esos anos, y los pocos que los precedieron, me parecio que mi conducta con las mujeres no habia dependido tanto de mi voluntad como de la actitud de ellas. Habia sido harto brutal con la jaibit Thecla de la Casa Azur, pero timido y torpe como cualquier muchacho intacto con la Thecla real de la celda; febril al comienzo con Dorcas, rapido y torpe con Jolenta (de quien podria decirse que viole, aunque me parecio y me sigue pareciendo que ella lo deseaba). De Valeria ya he dicho demasiado.
Sin embargo no sera asi para todos los hombres, ya que muchos actuan de la misma manera con todas las mujeres; y quiza ni siquiera lo sea para mi.
Dormite, pensando en estas cosas, y cuando desperte estaba tendido en el otro lado de la cama y sin Burgundofara en mis brazos; volvi a dormitar, me desperte de nuevo y me levante, incapaz de dormir mas y deseando, aunque no habria sabido decir por que, ver brevemente la Fuente Blanca. Con el mayor silencio posible me puse el collar y fui hacia la cubierta.
La infinita noche del vacio estaba casi vencida. Las sombras de los palos, y tambien mi sombra, parecian dibujadas en las tablas con pintura negrisima y el Sol Viejo se habia convertido en un disco grande como Luna. La Fuente Blanca parecia ahora distante y debil. Urth habia dejado de vetearle la faz carmesi; colgaba un poco mas alla del baupres, girando como un trompo.
El oficial de guardia se me acerco y dijo que me convenia ir abajo. No, creo, porque yo corriera verdadero peligro, sino porque lo perturbaba tener en cubierta a alguien que no estuviera a sus ordenes. Le conteste que iba a hacerlo, pero que queria una entrevista con el capitan, y que mi companera y yo teniamos hambre.
Mientras hablabamos aparecio Burgundofara; dijo que habia sentido el mismo impulso que yo, aunque, me parece, lo suyo no era de hecho sino un deseo de echar un vistazo y ver de nuevo la nave antes de dejarla para siempre. De un salto se subio a un mastil, lo cual altero al oficial de tal modo que pense que realmente podia hacerle dano. De no haber sido un hierodulo, le habria puesto la mano encima; me vi forzado a plantarme entre los dos cuando una partida de marineros bajo a Burgundofara.
Discutimos con el hasta que el aire se enrarecio. Por mi parte (y creo que tambien por la de ella) la discusion habia sido sobre todo un juego; enseguida bajamos con toda docilidad, encontramos la cocina y comimos como dos ninos, riendo y contandonos nuestras aventuras.
Alrededor de una guardia mas tarde el capitan —no otro hierodulo enmascarado, sino un hombre que parecia un ser humano comun— vino a visitarnos al camarote. Le dije que despues de Tzadkiel no habia hablado con ninguna autoridad, y que esperaba sus instrucciones.
Meneo la cabeza. —No tengo ninguna. Estoy seguro de que Tzadkiel se habra encargado de que sepa usted todo lo necesario.
Burgundofara prorrumpio: —?El tiene que traer el Sol Nuevo! —Y como yo la mirara agrego:— Me lo dijo
