Gunnie.
—?Y puede? —me pregunto el capitan.
Trate de explicarle que no lo sabia, que sentia que la Fuente Blanca era parte de mi y habia estado intentando acercarla; pero que no daba la impresion de moverse.
—?Yeso que es? —pregunto. Luego, viendo mi expresion, anadio—: No, no lo se, de veras. No me han dicho nada excepto que debia llevar a usted y a esta mujer hasta Urth y depositarlos a salvo al norte del hielo.
—Es una estrella, creo, o algo parecido.
—Entonces tiene demasiada masa para moverse como nosotros. Una vez en Urth usted dejara de moverse en el sentido uranico. Es posible que entonces ella se acerque a usted.
—?No tardara mucho tiempo una estrella en llegar a Urth? —pregunto Burgundofara.
El capitan asintio: —Siglos, por lo menos. Pero en realidad de todo esto yo no entiendo nada, muchisimo menos que este amigo de usted. Si es parte de el, ha de sentirla, como dice.
—La siento. Siento la distancia. —Mientras hablaba me parecio estar de nuevo ante las ventanas del maestro Ash, oteando las interminables planicies de hielo; era posible que en cierto sentido no me hubiese ido nunca de alli.— ?No sera acaso —dije— que el Sol Nuevo solo llegara cuando haya desaparecido nuestra raza? ?Nos haria Tzadkiel una jugarreta semejante?
—No. Tzadkiel no hace jugarretas. Las jugarretas son cosa de solipsistas, que piensan que todo muere. — Se levanto.— Usted queria hacerme preguntas. No lo culpo, pero yo no conozco las respuestas. ?Les gustaria salir a cubierta y mirar como aterrizamos? No tengo otro regalo para ustedes.
Perpleja, Burgundofara pregunto: —?Tan pronto? Confieso que yo tambien me sentia asi.
—Si, dentro de muy poco. Les he reservado algunas provisiones. Sobre todo alimentos. ?Querran armas de fuego ademas de los cuchillos? Puedo darselas, si las necesitan.
—?Usted lo aconseja? —pregunte.
—Yo no aconsejo nada. Usted sabe que tiene que hacer. Yo no.
—Pues no las llevare —dije—. Burgundofara puede decidir por si misma.
—No —dijo—. Yo tampoco.
—Entonces vengan —dijo el capitan, y esta vez no fue una invitacion sino una orden. Nos pusimos los collares y lo seguimos a cubierta.
Aunque la nave iba rozando nubes, que parecian hervir debajo de nosotros, tuve la sensacion de que habiamos llegado. Urth relampagueo del azul al negro, despues otra vez al azul. La regala estaba al tacto fria como hielo, y busque los casquetes de hielo de Urth; pero ya nos habiamos acercado mucho como para que se vieran. Solo estaba el azur de los mares, vislumbrado entre los jirones de las nubes encrespadas, y de vez en cuando un destello de tierra marron o verde.
—Es un mundo hermoso —dije—. Tal vez no tan hermoso como Yesod, pero de todos modos muy bello.
El capitan se encogio de hombros.
—Si quisieramos podriamos volverlo tan bueno como Yesod.
—Lo haremos —le conteste. No habia sabido que lo creia hasta el momento en que lo dije—. Lo haremos cuando un numero suficiente de nosotros haya ido y regresado.
Las nubes parecian mas serenas, como si un mago hubiera susurrado un hechizo o una mujer las hubiera amamantado. Ya habian recogido las velas; en lo alto se afanaba un grupo de tripulantes asegurando los aparejos y fijandolos lo mejor posibles a las brazas.
Mientras los marineros bajaban, nos golpearon los primeros vientos finos de Urth, impalpables pero trayendo de nuevo (como el simple ademan de un corifeo) todo el mundo del sonido. Los mastiles trinaban como rabeles y las cuerdas cantaban.
Un momento mas y la nave misma rolo, cabeceo y alzo la proa hasta que las soleadas nubes de Urth se levantaron detras del puente de mando y Burgundofara y yo quedamos colgados de la baranda.
El capitan, en pie, comodamente apoyado en una jarcia, sonrio y nos grito: —Vaya, crei que al menos la muchacha era marinera. Subelo aqui, querida, o te mandaremos de pinche a la cocina.
Yo habria ayudado a Burgundofara de haber podido, y ella intento auxiliarme como le ordenaba el capitan; asi, ayudandonos y agarrandonos uno a otro, conseguimos mantenernos derechos en la cubierta (mucho mas abrupta ahora que un monton de escalones, aunque pareciera tan lisa como una pista de baile) y hasta nos atrevimos a dar unos pocos pasos hacia el capitan.
—Para llegar a marinero hay que navegar en las naves mas pequenas —nos dijo—. Lastima que tenga que desembarcaros. Haria de vosotros autenticos navegantes.
Me las ingenie para decir que la llegada a Yesod no habia sido tan violenta. Se puso serio.
—Alli no os sobraba mucha potencia. La habiais usado para alcanzar el plano mas alto. Aqui hemos llegado sin velas que nos frenaran, como si cayeramos en la estrella. Apartese un poco de la regala. El viento le despellejaria el brazo.
—?Los collares no nos protegen?
—Tienen un buen campo; sin ellos se freirian como chicharrones. Pero como en cualquier dispositivo es un campo limitado, y el viento… bueno, para respirarlo es demasiado flojo, pero si no fuera por la quilla el impacto nos haria estallar.
Por un tiempo el apostis brillo como una forja; paulatinamente se fue atenuando y se apago, y la nave volvio a una posicion mas convencional, aunque el viento aun aullara en las jarcias y debajo las nubes pasaran como hilos de espuma en un canal de molino.
El capitan subio al alcazar, y yo fui con el a preguntarle si nos podiamos quitar los collares. Nego con la cabeza y senalo el cordaje, que ahora estaba cubierto de hielo, y me dijo que en cubierta no durariamos mucho y que sin ellos yo habria notado que se me enfriaba el aire.
Lo admiti, pero le explique que me habia parecido una mera sensacion.
—Hay una mezcla —me dijo el—. Cuando falta aire, el amuleto rechaza todo lo que se acerque al limite del campo. Pero no reconoce la diferencia entre el aire que viene de abajo y el viento que ha penetrado en la zona de presion.
Como podia la gabarra dejar una estela entre nubes es cosa que no comprendo; pero habia una estela, larga y blanca, que se extendia detras en el cielo. Me limito a referir lo que vi.
Burgundofara dijo: —Ojala hubiera estado en cubierta cuando zarpamos de Urth. Incluso en la nave grande nos obligaron a estar abajo hasta que tuvimos cierta practica.
—No habriais hecho mas que estorbar —le dijo el capitan—. No bien salimos de la atmosfera izamos todas las velas, y es un momento de mucho trabajo. ?Era ese mismo velero?
—Creo que si.
Y ahora vuelves hecha una persona importante, y en las ordenes de Tzadkiel te mencionan por tu nombre. ?Felicitaciones!
Burgundofara meneo la cabeza, y adverti que el viento le hacia bailar los pendientes.
—Ni siquiera se como llego a saberlo.
Generalmente con ella no se sabe —dije yo, reflexionando que asi como yo era muchos en un solo cuerpo, Tzadkiel era muchos cuerpos en una sola persona.
Por encima del pasamanos, el capitan senalo hacia donde parecia que el mar de nubes mojaba casi el casco de la gabarra.
—Vamos a sumergirnos. Cuando estemos debajo, os podreis quitar los amuletos.
Por un rato nos atrapo una niebla. En un libro marron que tome de la celda de Thecla he leido que hay una region neblinosa entre la vida y la muerte, y que las formas que llamamos fantasmas no son sino restos de esa barrera de niebla, prendidos a la cara y la ropa de los muertos.
No se si es verdad, pero sin duda una region asi separa a Urth del vacio, y eso me parece extrano. Es posible que los cuatro reinos sean solamente dos, y que entramos en el vacio y lo dejamos como los espectros que visitan el pais de los vivos.
XXVIII — La aldea junto al arroyo
