ellos. —Observe las caras sin expresion de los aldeanos, preguntandome si alguno iba a creerme.— He llevado a cabo una conciliacion… He conseguido, creo, que esten mas cerca de nosotros, y nosotros mas cerca de ellos. Ellos me han enviado de vuelta.
Esa noche, acostados en la choza del ataman (que este, su mujer y su hija habian insistido en dejarnos), Burgundofara habia dicho: —Al final nos mataran, ?sabes?
Yo le habia prometido: —Manana nos iremos.
—No lo permitiran —habia replicado ella.
Y la manana demostro que en cierto modo teniamos razon los dos. De hecho partimos; pero los aldeanos nos hablaron de otra villa que estaba a unas leguas, llamada Gurgustii, y nos acompanaron hasta alli. Cuando llegamos fue exhibido el brazo de Herena, que desperto gran asombro, y nos invitaron (no solo a Burgundofara y a mi, sino a Herena, Bregwyn y los demas) a un banquete muy parecido al anterior, salvo que en vez de conejo habia pescado fresco.
Despues me hablaron de cierto hombre que era muy bueno y muy valioso para Gurgustii, pero que estaba muy enfermo. Dije a los lugarenos que no podia garantizar nada, pero que iria a examinarlo y lo ayudaria si era posible.
La cabana en donde yacia el hombre, tan vieja al parecer como el, apestaba a enfermedad y muerte. Eche fuera a la turba de aldeanos que habian entrado conmigo. Cuando se fueron, hurgue en la cabana hasta dar con un trozo de estera raida, para tapar el umbral.
Colocada la estera, la choza quedo tan a oscuras que yo apenas veia al enfermo. Cuando me incline sobre el, al principio me parecio que los ojos se me habituaban a la oscuridad. Un momento despues me di cuenta de que ya no estaba tan oscuro como antes. Una luz tenue jugueteaba en el cuerpo del hombre, moviendose con los movimientos de mis ojos. Lo primero que pense fue que manaba de la espina guardada en la bolsita que Dorcas me habia cosido, aunque parecia imposible que el fulgor traspasara de ese modo el cuero y mi camisa. La saque. Estaba tan oscura como cuando yo habia intentado alumbrar el corredor, a las puertas de mi cabina, y la volvi a guardar.
El enfermo abrio los ojos. Le hice un gesto de asentimiento y trate de sonreir.
—?Has venido a llevarme? —pregunto. No era mas que un susurro.
—No soy la Muerte —le dije—, aunque muy a menudo me han tomado por ella.
—Crei que era ella, sieur. Parece usted tan bueno.
—?Quiere morir? Si lo desea, puedo arreglarlo en un momento.
—Si no voy a mejorar, si. —Se le cerraron de nuevo los ojos.
Baje las mantas caseras que lo tapaban y descubri que estaba desnudo. Tenia el costado derecho hinchado; el bulto era grande como una cabeza de bebe. Allane la carne, vibrando con el poder que subia de Urth, me atravesaba las piernas y surgia por mis dedos.
De repente la choza estuvo de nuevo a oscuras; sentado en la tierra batida, escuche en un trance la respiracion del enfermo. Me parecio que habia pasado mucho tiempo. Me levante, cansado y sintiendo que pronto empezaria a encontrarme mal; exactamente asi me habia sentido despues de ejecutar a Agilus. Retire la estera y sali a la luz del sol.
Burgundofara me abrazo: —?Estas bien?
Le dije que si y pregunte si no habia algun lugar donde sentarnos. Apartando a la gente a codazos, un hombreton de voz fuerte —pariente del enfermo, supongo— se acerco exigiendo saber si Declan iba a recuperarse. Le dije que no sabia; mientras tanto intentaba abrirme paso hacia donde indicaba Burgundofara. Era despues de las nonas, y como sucede a veces en otono el calor habia vuelto. De haberme sentido mejor, los sudorosos peones apinados me habrian resultado comicos; eran una concurrencia como la que en el Cruce de Ctesifonte habiamos aterrorizado con la obra del doctor Talos. Ahora me sofocaban.
—?Digamelo! —me grito el hombreton en la cara—. ?Se va a poner bien?
Me volvi hacia el.
—Amigo mio, usted cree que porque su aldea me ha dado de comer estoy obligado a contestarle. ?Se equivoca!
Vinieron otros que retiraron al hombre, y creo que lo derribaron no lejos de alli. Al menos oi el ruido sordo de un punetazo.
Herena me tomo la mano. La multitud se aparto y fuimos hasta un arbol de ramas muy abiertas. Nos sentamos en un suelo liso, desnudo, sin duda el lugar de reunion de los aldeanos.
Con una reverencia, alguien vino a preguntarme si necesitaba algo. Yo queria agua; una mujer la trajo, fria del arroyo, en una jarra mojada de rocio y tapada con una copa. Herena se habia sentado a mi derecha y Burgundofara a mi izquierda; nos fuimos pasando la copa.
Se acerco el ataman de Gurgustii. Inclinandose, senalo a Bregwyn y dijo: —Mi hermano me conto que llego usted en una barca que navegaba entre las nubes, y que ha venido a reconciliarnos con los poderes del cielo. Aunque toda la vida hemos ido a los lugares altos a enviarles el humo de las ofrendas, las gentes del cielo estan enfadadas y nos mandan escarcha. En Nessus hay hombres que dicen que el sol se esta enfriando…
Burgundofara lo interrumpio: —?A cuanto esta Nessus de aqui?
—La proxima aldea es Os, milady. De alli se puede llegar a Nessus en un dia de barca.
—Y en Nessus podemos conseguir un viaje a Liti —me susurro Burgundofara.
El ataman continuo: —Sin embargo el monarca nos sigue cobrando impuestos, y cuando no tenemos grano se lleva a nuestros hijos. Hemos subido a los lugares altos igual que nuestros padres. Antes de la helada los de Gurgustii quemamos nuestro mejor carnero. ?Que deberiamos hacer?
Intente explicarle que los hierodulos nos temian porque, en los viejos tiempos de gloria de Urth, nos habiamos extendido por los mundos extinguiendo a muchas otras razas y llevando por doquier nuestra crueldad y nuestras guerras.
—Tenemos que unirnos —le dije—. Tenemos que decir solo la verdad para que se pueda confiar en nuestras promesas. Tenemos que cuidar de Urth como cuidan ustedes de sus campos.
El ataman y algunos de los otros asintieron como si comprendiesen, y acaso comprendian. Al menos quiza comprendian en parte.
Al fondo de la multitud hubo una agitacion, gritos y sonidos de llanto y alborozo. Los que estaban sentados se levantaron de repente, pero yo estaba muy cansado para imitarlos. Despues de nuevos aullidos y palabras confusas, trajeron al enfermo, desnudo todavia salvo por un trapo (una tira de tejido casero que reconoci como una de las mantas con que se habia cubierto) atado a la cintura.
—Este es Declan —anuncio alguien—. Declan, explicale al sieur como te mejoraste.
El hombre intento hablar pero yo no lo oia. Les indique a los demas que se callaran.
—Estaba en la cama, milord, cuando se me aparecio un serafin todo rodeado de luz. — Hubo risitas entre los peones, que se codeaban unos a otros. Me pregunto si deseaba morir. Le dije que queria vivir y me dormi; y cuando me desperte de nuevo estaba como usted me ve ahora.
Los peones se echaron a reir; algunos decian «Te ha curado el sieur», y cosas por el estilo.
Les grite: —?Este hombre estaba alli y ustedes no! Hay que ser tonto para pretender saber mas que un testigo. —Mi colera era fruto de los largos dias que habia pasado en Thrax escuchando las sesiones del tribunal del arconte, y mucho mas, me temo, de los juicios que yo habia presidido como Autarca.
Aunque Burgundofara queria seguir hasta Os, yo estaba demasiado fatigado para andar mas ese dia y tampoco deseaba dormir de nuevo en una choza asfixiante. Dije a los aldeanos de Gurgustii que nosotros dormiriamos bajo el arbol de las asambleas y que acogieran en sus casas a los que nos habian acompanado desde Vici. Asi lo hicieron; pero cuando me despertara en las guardias de la noche, iba a descubrir que Herena estaba tendida a nuestro lado.
XXX — Ceryx
Cuando partimos de Gurgustii muchos de los peones se habrian ido con nosotros, lo mismo que algunos de
