los de Vici. Les prohibi que me acompanasen; no tenia ganas de que me acarrearan como una reliquia.

Al principio protestaron; pero cuando vieron que yo no cedia, se conformaron con largos (y a menudo reiterativos) discursos de agradecimiento y con que aceptasemos unos pocos regalos: para mi un enmaranado baston, frenetico trabajo de los dos mejores tallistas del lugar; para Burgundofara un chal bordado con lana de colores, que debia ser alli la prenda mas preciosa del atavio femenino; y una cesta de comida para los dos. Terminamos la comida en el camino y arrojamos la cesta al arroyo; pero las otras cosas las guardamos, yo contento de andar con el baston y ella encantada con el chal, que le atenuaba la severidad masculina del traje de faena. Al ocaso, justo antes de que las puertas se cerraran, entramos en la pequena ciudad de Os.

Era alli donde el arroyo se vertia en el Gyoll, y a lo largo de la ribera habia amarrados jabeques, gabarras y faluas. Preguntamos donde estaban los capitanes, pero todos habian bajado a tierra por negocios o placer y los hoscos guardias que cuidaban los barcos nos aseguraron que tendriamos que volver a la manana siguiente. Uno nos recomendo La Cazuela; hacia alli ibamos cuando topamos con un hombre vestido de tirio y verde que de pie sobre una banera invertida, hablaba a una audiencia de unas cien personas.

—?… tesoro enterrado! ?Revelar todo lo oculto! Si en una rama hay tres pajaros, puede que uno de ellos no sepa de los otros dos; pero yo se. Ahora mismo, mientras hablo, hay un anillo bajo la almohada de nuestro gobernante, el sabio, el trascendente… Gracias, buena mujer. ?Que desea saber? Yo lo se, sin duda, pero dejemos que lo oiga esta buena gente. Entonces lo revelare.

Una ciudadana gorda le habia entregado unos aes. Burgundofara dijo: —Vamos. Quiero sentarme y comer algo.

—Espera —le dije.

Me quede en parte porque el parloteo del farsante me hizo pensar en el doctor Talos, y en parte porque algo en sus ojos me recordaba a Abundantius. Con todo habia algo mas fundamental, aunque no estoy seguro de poder explicarlo. Percibia que ese extrano habia viajado como yo, que los dos habiamos ido muy lejos y habiamos vuelto, incluso de otro modo que Burgundofara; y aunque no habiamos ido al mismo lugar ni vuelto con el mismo bagaje, los dos conociamos caminos insolitos.

La mujer gorda murmuro algo entonces; el charlatan anuncio en voz alta:

—La senora ruega que le informen si su marido encontrara un lugar nuevo para su lupanar, y si la aventura tendra exito.

Alzo los brazos por sobre la cabeza, estrujando con ambas manos una larga varita. Dejo los ojos abiertos, moviendo los iris hacia arriba hasta que los blancos parecieron cascaras de huevo duro. Yo sonrei, convencido de que la muchedumbre iba a reirse; pero habia algo terrible en esa figura ciega, invocatoria, y no se rio nadie. Se oia el chapoteo del rio y el suspiro de la brisa vespertina, tan suave que ni siquiera me agitaba el pelo.

Bruscamente cayeron los brazos y los enardecidos ojos negros volvieron a su sitio.

—Las respuestas son: ?Si! y ?Si! Los nuevos banos estaran a menos de media legua.

—Que dificil —susurro Burgundofara—. Toda la ciudad no tiene mas de una legua.

—Y dara mas que todo lo que han dado los viejos —prometio el charlatan—. Pero ahora, queridos amigos, y antes de la siguiente pregunta, me gustaria decirles una cosa mas. Ustedes creen que yo he profetizado porque la senora me ha dado algun dinero. — Habia guardado los aes en la mano. En ese momento, en una pequena columna negra, los lanzo hacia el cielo oscurecido.— ?Pues se equivocan, amigos mios! ?Tengan!

Arrojo a la multitud una buena cantidad mas, creo, de lo que habia recibido de la mujer, y desencadeno un violento alboroto.

Dije: —Muy bien, vamonos.

Burgundofara sacudio la cabeza. —Esto no quiero perdermelo.

—?Vivimos tiempos malos, amigos! Ustedes tienen hambre de prodigios. ?De curas taumaturgicas y olmos que den peras! Esta misma manana me entere de que por las aldeas del Fluminis ha pasado un curandero, y que se encaminaba hacia esta aldea. — Me clavo los ojos.— Se que ahora esta aqui. Lo desafio a dar un paso adelante. Haremos un torneo para ustedes, amigos… ?Un torneo de magia! Ven, companero. ?Acercate a Ceryx!

La muchedumbre se agito entre murmullos. Yo sonrei, sacudiendo la cabeza.

—Tu, buen hombre. —Apunto un dedo hacia mi.?Sabes lo que es ejercitar la voluntad hasta volverla una barra de acero? ?Dominar el espiritu como si fuera un esclavo? Afanarse incesantemente por un fin que tal vez no se cumpla nunca, un premio tan remoto que parece que nunca llegara?

Volvi a sacudir la cabeza.

—?Responde! ?Que esta gente te oiga!

—No —dije—. No he hecho cosas asi.

—?Sin embargo es lo que debe hacerse si uno va a empunar el cetro del Increado!

—De eso no se nada —dije—. A decir verdad, estoy seguro de que ese cetro no puede empunarse. Si usted quiere ser como el Increado, le pregunto si lo lograra comportandose al reves que el.

Tome a Burgundofara del brazo y me la lleve. Habiamos dejado atras una callejuela angosta cuando el baston que me habian dado en Gurgustii se rompio estrepitosamente. Tire a la alcantarilla la mitad que me habia quedado en la mano y subimos la empinada cuesta que llevaba de la ribera a La Cazuela.

Parecia una posada de lo mas decente; note que los reunidos en la sala comun comian tanto como bebian, signo este siempre propicio. Cuando el patron se apoyo en el mostrador para hablar, le pregunte si podia proporcionarnos una cena y una habitacion tranquila.

—Claro que si, sieur. No a la altura de su rango, sieur, pero de lo mejor que encontrara en Os.

Saque uno de los chrisos de Idas. Lo tomo, lo observo un momento como sorprendido y dijo:

—Por supuesto, sieur. Si, por supuesto. Venga a verme por la manana y tendre el cambio. ?Desea tal vez que le sirvan la cena en la habitacion?

Negue con la cabeza.

—Pues entonces una mesa. Querra estar lejos de la puerta, el mostrador y la cocina. Lo comprendo. Alli, sieur. La mesa del mantel. ?Le satisface?

Le dije que si.

—Tenemos todo tipo de pescado de agua dulce, sieur. Y fresco. Nuestra cazuela es famosa. Lenguado y salmon, en salazon o ahumado, como prefiera. ?Carne de caza, vaca, ternera, cordero, ave…?

—He oido —dije— que en esta parte del mundo es muy dificil obtener alimentos.

Parecio desconcertado. —Malas cosechas. Si, sieur. La de este ano es la tercera consecutiva. El pan esta muy caro… No para usted, sieur, sino para los pobres. Esta noche muchos ninos pobres se iran a la cama con hambre; demos gracias pues que nosotros no.

—?No tienen salmon fresco? —le pregunto Burgundofara.

—Me temo que solo en primavera. Es cuando se encuentran, milady. En otras estaciones los pescan en el mar, y no aguantan el viaje hasta esta altura del rio.

—Entonces salmon salado.

—Le gustara, milady; no hace tres meses que llego a nuestra cocina. Por pan, fruta y esas cosas no deben preocuparse. Les traeremos de todo, y pueden elegir cuando lo vean. Tenemos bananas del norte, aunque con la rebelion estan caras. ?Vino tinto o blanco?

—Tinto, creo. ?Lo recomienda?

—Yo recomiendo todos nuestros vinos, milady. Si no pudiera recomendar un barril no lo tendria en la bodega.

—Tinto, entonces.

—Muy bien, milady. ?Y para usted, sieur?

Un momento antes habria dicho que no tenia hambre. Ahora la simple mencion de la comida me llenaba de saliva la boca; me era imposible decidir que era lo que mas queria.

—?Faisan, sieur? En el invernadero tenemos uno magnifico.

—De acuerdo. Pero vino no. ?Tienen mate? —Por supuesto, sieur.

—Pues sirvamelo. Hace mucho que no lo pruebo. —Estara listo en seguida, sieur. ?Se les ofrece algo mas?

—Solo que manana el desayuno este temprano; tendremos que ir al muelle a arreglar viaje a Nessus.

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