del siguiente parece ridiculo, y sin embargo asi fue. El agua que otros calificaban de salada no me parecia tal; cuando tuve sed la bebi y me refresco. Rara vez senti cansancio; cuando ocurria, descansaba en las olas, flotando.

Ya habia desechado todas mis ropas excepto los pantalones, y ahora me los quite. Por viejo habito de prudencia, antes de abandonarlos revise los bolsillos; habia moneditas de laton, el regalo de Ymar. Tanto las leyendas como las efigies se habian desgastado; y estaban oscuras de verdegris, y en verdad parecian lo que eran: objetos antiguos. Deje que resbalaran de mis dedos juntos con toda Urth.

Dos veces vi peces grandes, quiza peligrosos; pero no parecian ser una amenaza para mi. Mujeres del agua, de las cuales Idas fuera tal vez la mas pequena, no vi ninguna. Tampoco vi a Abaia, el senor de todas ellas. Ni a Erebus, ni a ninguna criatura monstruosa.

La noche llego con un tren cargado de estrellas, y yo flote de espaldas contemplandolas, mecido por las tibias aguas de Oceano. ?Cuantos mundos fertiles fluyeron entonces sobre mi! Una vez, huyendo de Abdiesus, yo me habia cobijado en una roca y habia mirado esas mismas estrellas, intentando imaginarme su cofradia y como en ellas los hombres podrian vivir y construir ciudades que supieran menos del mal que las nuestras. Ahora comprendia cuan estupidos eran esos suenos, pues habia conocido otro mundo, que me habia resultado mas extrano que todo cuanto era capaz de imaginar. Tampoco habria podido concebir la heteroclita tripulacion que encontrara en la nave de Tzadkiel, ni a los guinadores, aunque todos provenian de Briah como yo; y Tzadkiel no habia tenido escrupulos en tomarlos como servidores.

Pero por mucho que rechazara esos suenos, descubri que volvian espontaneamente. En torno a ciertas estrellas, aunque parecian ascuas fluctuando en la noche, crei ver estrellas aun mas pequenas; y, mirandolas, cobraron forma en mi mente unas visiones oscuras, hermosas y aterradoras. Por fin aparecieron nubes que borraron las estrellas y por un rato dormi.

Cuando llego la manana, mire como la noche de Ushas caia del rostro del Sol Nuevo. Ningun mundo de Briah habria podido albergar una vision mas maravillosa, y yo no habia visto ni siquiera en Yesod un prodigio mayor. El joven rey, reluciente de un oro como no se encuentra en mina alguna, andaba sobre el agua; y su gloria era tal que quien la miraba nunca habria de mirar a otra.

Las olas danzaban para el, lanzandoles a los pies diez mil gotas de honor, y cada una el la transformaba en un diamante. Aparecio una ola grande —pues empezaba a soplar viento— y yo monte en ella como montan las golondrinas en el aire de primavera. Menos de un aliento logre mantenerme en la cresta, pero desde esa cumbre vislumbre el rostro de el; y en vez de cegarme, ese rostro me revelo el mio. Es algo que no ha vuelto a ocurrir y quiza no ocurra nunca. Entre los dos, a cinco o mas leguas de distancia, una ondina afloro en el mar y alzo la mano para saludarlo.

Luego la ola se desplomo, y yo con ella. Si hubiera esperado, habria venido una segunda ola, pienso, y me hubiera alzado por segunda vez; pero para muchas cosas (de las cuales ese momento fue para mi la principal) no puede haber segunda vez. Para que ningun recuerdo inferior la oscureciera, me sumergi en el agua refulgente, hundiendome mas y mas, deseoso de probar los poderes que habia descubierto apenas la noche anterior.

Persistian aun, aunque yo ya no nadaba medio en suenos y el impulso de terminar mi vida se habia extinguido. Ahora mi mundo era un lugar del azul mas puro y claro, con suelo de ocre y dosel de oro. El sol y yo flotabamos en el espacio y desde lo alto sonreiamos a nuestras esferas.

Despues de nadar un tiempo —cuantos alientos no se, porque no tomaba aire— recorde a la ondina y me dispuse a encontrarla. Seguia temiendola, pero al fin habia aprendido que no siempre habia que temer a las de su especie; y si bien Abaia habia conspirado para impedir la llegada del Sol Nuevo, la epoca en que mi muerte la hubiera impedido ya habia pasado. Nade mas y mas hondo, porque pronto aprendi cuanto mas facil era ver algo que se movia contra la superficie brillante.

De pronto ya no pense en la ondina. Debajo de mi habia otra ciudad; una ciudad que yo no conocia, que nunca habia sido Nessus. Las torres en ruinas se extendian por todo el fondo de Oceano, y habia antiguos restos de naufragios entre ellas, que ya habian sido antiguas cuando esos restos eran jovenes navios botados entre gritos de alegria, con estandartes en la arboladura y bailes en el castillo de proa.

Buscando entre las torres caidas descubri tesoros tan nobles que habian soportado el paso de los eones: gemas esplendidas y brillantes metales. Pero no encontre lo que buscaba: el nombre de la ciudad y el nombre de la olvidada nacion que la habia construido para perderla en Oceano como nosotros habiamos perdido Nessus. Con pedruscos y caracolas raspe dinteles y pedestales; habia muchas palabras escritas, pero en caracteres que yo no podia leer.

Durante varias guardias nade y busque entre las ruinas sin levantar nunca los ojos; pero al fin una enorme sombra se proyecto en la arena de la avenida que tenia delante, y mire hacia arriba para ver como la ondina, trenzas de kraken y vientre de barco, pasaba rapidamente y desaparecia en un deslumbrante fuego solar.

En el acto me olvide de las ruinas. Cuando sali de nuevo al aire sople agua y aliento turbio, como un manati, y eche la cabeza atras para quitarme el pelo de los ojos. Porque mientras subia habia visto la costa: una costa baja, marron, de la cual me separaba menos agua que la que en un tiempo dividiera los Jardines Botanicos de la ribera del Gyoll.

En poco mas de lo que tardo en mojar la pluma tenia tierra bajo los pies. Asi como antes habia caido de las estrellas cuando aun las amaba, sali del mar amandolo todavia; y en verdad no hay en Briah lugar que no sea hermoso cuando en el ya no acecha la muerte, salvo aquellos lugares que los hombres han ideado con ese proposito. Pero lo que yo mas amaba era la tierra, porque en la tierra naci.

?Pero que tierra terrible era esa! Ni una brizna de hierba por ningun lado. Todo era arena, algunas piedras, muchos caracoles y un barro espeso y negro que se cocia y agrietaba al sol. Ciertas lineas de la obra del doctor Talos volvieron para atormentarme:

Los continentes mismos son viejos como mujeres decaidas, que han perdido hace tiempo la belleza y la fertilidad. El Sol Nuevo se acerca, y con estruendo los echara al mar como buques que se van a pique. Y del mar se alzan nuevos continentes, con oro, plata, hierro y cobre. Con diamantes, rubies y turquesas, tierras que nadan en el magma de un millon de milenios, y que hace tanto tiempo fueron devoradas por el mar.

Yo, que me jacto de no olvidar nada, habia olvidado que quienes decian esto eran los demonios.

Mil veces me senti tentado y peor que tentado de volver a Oceano; pero en cambio me arrastre hacia el norte por una costa que parecia infinita y que se extendia de norte a sur. La playa estaba cubierta de despojos, tablas de construccion astilladas y arboles arrancados de raiz, cosas todas que las olas habian arrojado como espantapajaros, entre las cuales se veia a veces un trapo o la pata de un mueble roto. De tanto en tanto encontraba una rama tan verde que aun tenia hojas vivas, como si ignorara que el mundo habia muerto. «Llevadme, llevadme al bosque caido!» Asi me habia cantado Dorcas cuando acampabamos junto al vado, y eso habia escrito en el vidrio azogado de nuestra camara de la Vincula de Thrax. Como siempre, Dorcas habia sido mas sabia de lo que los dos imaginabamos.

Por fin la costa torcio hacia adentro en una gran bahia, tan amplia que sus recovecos mas profundos se perdian en la distancia. A traves de una legua de agua divise el otro extremo. Me habria sido facil cruzar a nado, pero me resistia a zambullirme.

El Sol Nuevo ya empezaba a desaparecer tras el ascendente hombro del mundo, y aunque dormir acunado por las olas habia sido muy placentero, yo no deseaba repetirlo, ni queria dormir en la tierra humeda. Decidi acampar donde estaba, hacer fuego si podia y comer si encontraba alimento; por primera vez en el dia se me ocurrio que no habia probado nada desde la magra comida que compartieramos en el barco.

Habia lena como para un ejercito, pero aunque escarbe buscando los barriles y cajas de que habia hablado Eata, no encontre nada; al cabo de dos guardias, mi unico hallazgo era una botella con tapon, medio llena de vino rojo, despojo de alguna tabernucha como aquella donde muriera el tio de Maxellindis. Golpeando piedras contra piedras y descartando las menos prometedoras, al fin consegui una debil chispa; pero nada que encendiera las ramas todavia humedas que habia recogido. Cuando el Sol Nuevo quedo oculto y los callados fuegos de las estrellas se burlaron de mis vanos esfuerzos, abandone y me eche a dormir, reconfortado en parte por el vino.

Habia pensado que nunca volveria a contemplar a Apheta. Me equivocaba, porque esa noche la vi, mirandome desde el cielo tal como me habia mirado al marcharme de Yesod con Burgundofara. Parpadee y mire con atencion, pero pronto vi solo el disco verde de Luna.

No tenia la impresion de dormir, pero a mi lado estaba Valeria, llorando por el hundimiento de Urth; unas

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