con un andar furtivo.

Cuando se quedaron solos, Gavilan se levanto, entro en la posada y bebio un largo trago de agua del cantaro que estaba junto a la puerta. —Vamos, muchacho —dijo—. Ya he tenido bastante.

—?A la barca?

—Si. —Puso sobre el alfeizar dos piezas de plata y se echo al hombro el pequeno atado de ropa. Arren estaba cansado y sonoliento, pero echo una ultima mirada a la estancia del albergue, lobrega y sofocante, y alborotada entre las vigas por el revoloteo de los inquietos murcielagos; penso en la noche que habia pasado en ese cuarto, y siguio a Gavilan de buena gana. Penso tambien, mientras bajaban por la unica y oscura calle de Sosara, que al partir a esa hora burlarian a Sopli el loco. Pero cuando llegaron al puerto, alli estaba, esperandolos en el espigon.

—Hete aqui —dijo Gavilan—. Sube a bordo, si quieres venir.

Sin una palabra, Sopli salto a la barca y se acurruco junto al mastil, como un perro grande e hirsuto. Al verlo, Arren se rebelo. —?Mi senor! —dijo. Gavilan se volvio; se enfrentaron, cara a cara sobre el muelle por encima de la barca.

—En esta isla estan todos locos, pero yo creia que vos no lo estabais. ?Por que lo llevais?

—Para que nos sirva de guia.

—?De guia… hacia una locura mas grande? ?A la muerte, ahogados, o por una cuchillada en la espalda?

—A la muerte, pero por que camino no lo se.

Arren hablaba con ardor, y aun con cierta resonancia de ferocidad en la voz. No estaba acostumbrado a que se le opusieran. Pero desde esa tarde, cuando en la carretera habia tratado de protegerlo del loco, y habia comprendido cuan vana e innecesaria era esa proteccion, tenia un sentimiento de amargura: aquel arrebato de amor de la manana habia sido superfluo, malgastado. El era incapaz de proteger a Gavilan; no se le permitia tomar ninguna iniciativa, o no se le permitia, ni siquiera, comprender la naturaleza de aquella busqueda. Lo llevaban simplemente a la rastra, tan inutil como un nino. Pero el no era un nino.

—No quisiera discutir con vos, mi senor —dijo con tanta frialdad como le fue posible—. Pero esto… ?esto esta mas alla de la razon!

—Esta mas alla de la razon. Vamos alla adonde la razon no puede llevarnos. ?Quieres venir, o no?

Lagrimas de colera saltaron a los ojos de Arren.

—Dije que vendria y que os serviria. Yo no quebranto mi juramento.

—Eso esta bien —dijo el mago secamente, e hizo ademan de volverse. Pero en seguida enfrento otra vez a Arren—: Yo te necesito, Arren, y tu me necesitas. Porque quiero decirte esto: creo que este camino que seguimos es tu camino, no por obediencia o lealtad hacia mi, sino porque era el tuyo antes aun de que me vieras por primera vez; antes de que pusieras el pie en Roke; antes de que partieras de Enlad. No puedes volverte atras.

El mago hablaba con aspereza; Arren le respondio con igual sequedad: —?Como podria volverme, sin una barca, aqui en la orilla del mundo?

—?Esto, la orilla del mundo? No, esta mucho mas lejos. Quiza aun lleguemos a ella.

Arren sacudio la cabeza una vez, y se dejo caer en la barca. Gavilan solto la amarra y llamo un viento suave a la vela. Una vez que se alejaron de los borrosos y desiertos muelles de Lorbaneria, la brisa soplo fresca y limpia desde el oscuro norte, y la luna se quebro en plata sobre el terso mar delante de ellos, y se elevo a la izquierda de la barca en tanto viraban hacia el sur para costear la isla.

7. El loco

El loco, el Tintorero de Lorbaneria, estaba acurrucado contra el mastil, los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza gacha. La mata de pelo hirsuto parecia negra a la luz de la luna. Gavilan dormia en la popa envuelto en una manta. Ninguno de los dos se movia. Arren estaba sentado en la proa, muy erguido; se habia jurado velar toda la noche. Si el mago preferia creer que el lunatico pasajero no lo atacaria, a el o a Arren, durante la noche, alla el; Arren, sin embargo, era dueno de tener sus propias ideas, y cargar con sus propias responsabilidades.

Pero la noche era muy larga y muy calma. La luz de la luna se derramaba inalterable sobre el mar. Acurrucado contra el mastil, Sopli roncaba, unos ronquidos largos, bajos. Suavemente avanzaba la barca; suavemente Arren se deslizo en el sueno. Desperto una vez, sobresaltado, y vio la luna apenas mas alta; abandono la guardia que se habia impuesto, se acomodo y se quedo dormido.

Volvio a sonar, como al parecer lo hacia siempre en este viaje, y al principio los suenos eran fragmentarios pero insolitamente placenteros y reconfortantes. En el lugar del mastil de Miralejos crecia un arbol, con grandes ramas arqueadas cubiertas de follaje; unos cisnes tiraban de la barca, hendiendo las aguas con alas vigorosas delante de la proa; a lo lejos, sobre el verde berilo del mar, resplandecia una ciudad de torres blancas. Luego el estaba en una de esas torres, escalando los peldanos que ascendian en espiral, trepando por ellos ligero e impaciente. Estas escenas cambiaban y recurrian y desembocaban en otras, que pasaban sin dejar rastro; pero de pronto se hallaba en la temida y opaca medialuz de los paramos, y el horror crecia en el hasta impedirle respirar. Pero el seguia avanzando, porque tenia que hacerlo. Al cabo de un largo rato se daba cuenta de que avanzar alli era girar en circulos y volver siempre sobre sus pasos. Sin embargo tenia que salir, escapar; era cada vez mas apremiante. Echaba a correr. A medida que corria los circulos se estrechaban y el suelo empezaba a inclinarse. Iba corriendo en la creciente oscuridad, cada vez mas rapido, alrededor del reborde interior de un pozo, un enorme torbellino que lo aspiraba hacia abajo, hacia las tinieblas; y en el momento en que lo supo, resbalo y cayo.

—?Que pasa, Arren?

Gavilan le hablaba desde la popa. El amanecer gris mantenia en calma el cielo y el mar.

—Nada.

—?La pesadilla?

—Nada.

Arren tenia frio y tenia acalambrado el brazo derecho por haber dormido sobre el. Cerro de nuevo los ojos para protegerlos de la claridad creciente, y penso: «El insinua esto y aquello, pero nunca quiere decirme claramente a donde vamos, ni por que, ni por que tengo yo que ir alli. Y ahora arrastra a ese loco con nosotros. ?Quien esta mas loco, el lunatico o yo? ?Por que he venido? Entre ellos pueden entenderse, ahora los locos son los magos, dijo el. Yo hubiera podido estar en casa ahora, en mi hogar en el Palacio de Berila, en mi alcoba de paredes talladas, con alfombras rojas en el suelo, y el fuego encendido en el hogar, despertandome para salir a cazar halcones con mi padre. ?Por que he venido con el? ?Por que el me ha traido? Porque es mi camino, el mio, dice, pero asi es como hablan los hechiceros, que con grandes palabras hacen que las cosas parezcan grandes. Pero el significado de las palabras esta siempre en otra parte. Si hay un camino que he de seguir, es el de mi casa, no andar errando sin sentido a traves de los Confines. Tengo deberes que cumplir en casa, y estoy eludiendolos. Si de verdad piensa que un enemigo de la magia esta operando en alguna parte, ?por que ha querido venir solo, conmigo? Podria haber traido otro mago que le ayudase… un centenar de magos. Podria haber traido todo un ejercito de guerreros, una flota de navios. ?Es asi como se afronta un gran peligro, con un viejo y un muchacho en una barca? Esto es pura locura. El, el esta loco; es como el dice, busca la muerte. Busca la muerte, y quiere llevarme con el. Pero yo no estoy loco ni soy viejo, no quiero morir, no quiero ir con el».

Se incorporo, apoyado sobre un codo, y miro hacia adelante. La luna, que habia asomado frente a ellos cuando salian de la Bahia de Sosara, estaba otra vez a proa, hundiendose en el horizonte de las aguas. Atras, en el levante, el dia clareaba palido y triste. No habia nubes, pero si una neblina ligera, enfermiza. Mas tarde, ardio el sol, pero con una luz velada, sin brillo.

Durante todo aquel dia navegaron a lo largo de la costa de Lorbaneria, baja y verde a mano derecha. Un viento ligero que soplaba desde tierra henchia el velamen. Hacia el anochecer costearon un largo cabo, el ultimo; la brisa murio. Gavilan llamo a la vela el viento de magia, y como un halcon que echa a volar desde la muneca del cazador, Miralejos se precipito hacia adelante, dejando atras la Isla de la Seda.

Sopli el Tintorero se habia pasado el dia acurrucado en el mismo sitio, visiblemente atemorizado por la

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