exhausto, agobiado. Su cara estaba vuelta de tal modo que se veian las cuatro cicatrices blancas que la surcaban.

—?Lo quemaron? —pregunto Therru en un susurro.

Tenar no respondio de inmediato. No sabia a que se debian las cicatrices. Hacia mucho tiempo, en la Camara Pintada del Laberinto de Atuan, le habia reguntado burlandose: —?Un dragon? —Y el le abla respondido con seriedad:— No, no es de dragon…, es la marca de alguien de la familia de los Sin Nombre. Pero no ya sin nombre, porque al fin supe como se llamaba… —Y eso era todo lo que sabia. Pero sabia que significaba «lo quemaron» para la nina.

—Si —dijo.

Therru siguio mirandolo fijamente. Habia inclinado la cabeza para mirar con su unico ojo sano y eso la hacia parecer un pajarito, un gorrion o un pinzon.

—Ven, pinzoncito, pajarillo, lo que el necesita es dormir, lo que tu necesitas es un melocoton. ?Hay algun melocoton maduro esta manana?

Therru salio trotando a mirar y Tenar la siguio.

Mientras se comia el melocoton, la nina miro atentamente el lugar donde habia plantado la semilla el dia anterior. Se sentia evidentemente desilusionada al ver que no habia crecido ningun arbol en ese sitio, pero no dijo nada.

—Echale agua —le dijo Tenar.

Tia Musgo llego a media manana. Una de las cosas que sabia hacer como bruja ingeniosa era tejer cestas con los juncos del Pantano del Acantilado, y Tenar le habia pedido que le ensenara como se hacian. Cuando era nina, en Atuan, Tenar habia aprendido a aprender. Como forastera en Gont, habia descubierto que a la gente le gustaba ensenar. Habia aprendido a que le ensenaran para que la aceptaran, le perdonaran el ser forastera.

Ogion le habia transmitido sus conocimientos y despues Pedernal le habia transmitido los suyos. Ese era su habito, aprender. Siempre parecia haber mucho que aprender, mas de lo que habria creido cuando era una sacerdotisa novicia o la pupila de un mago.

Habian dejado remojando los juncos y esa manana los iban a partir, una tarea pesada pero no complicada que permitia prestar atencion a muchas otras cosas.

—Tia —dijo Tenar cuando se sento en el peldano de la entrada con el cuenco de juncos humedos entre las dos y una estera a sus pies para ir colocando los juncos partidos—, ?como se puede saber si un hombre es o no un hechicero?

Musgo le respondio con rodeos, empezando con sus habituales aforismos y vaguedades. —Lo misterioso reconoce a lo misterioso —le dijo con voz grave y luego—: Todo lo que nace hablara —y le conto la historia de la hormiga que habia cogido la diminuta punta de un cabello en el suelo de un palacio y se lo habia llevado corriendo al hormiguero, y en la noche el hormiguero brillaba como una estrella bajo la tierra, porque ese era un cabello de la cabeza del gran mago Brost. Pero solo los magos podian ver el brillo del hormiguero. Para los ojos ordinarios no habia mas que oscuridad.

—Hay que aprender, entonces —dijo Tenar.

Tal vez, tal vez no, ese fue el quid de la evasiva respuesta de Musgo. —Algunos nacen con ese don —dijo —. Aunque no lo sepan, alli estara. Y brillara, como el cabello del mago en ese hoyo en la tierra.

—Si —dijo Tenar—. Lo he visto. —Partio y volvio a partir un junco con precision y dejo las tiras en la estera.— ?Como se sabe, entonces, cuando un hombre no es un hechicero?

—No esta alli—dijo Musgo—, no esta alli, queridita. El poder. Mira. Si tengo ojos en la cabeza puedo ver que tienes ojos, ?verdad? Y si eres ciega, me dare cuenta. Y si tienes un solo ojo, como la pequena, o si tienes tres, me dare cuenta, ?verdad? Pero si no tengo ojos para ver, no voy a saberlo hasta que me lo digas. Pero tengo ojos. Veo, se. ?El tercer ojo! —Se toco la frente y lanzo una fuerte y seca carcajada entre dientes, como una gallina con aire triunfal despues de poner un huevo. Estaba contenta por haber encontrado las palabras para decir lo que queria decir. Tenar habia empezado a darse cuenta de que gran parte de sus vaguedades y trivialidades se debian a una simple ineptitud para manejar las palabras y las ideas. Nadie le habia ensenado jamas a pensar en forma consecutiva. Nadie la habia escuchado jamas. Lo unico que se esperaba de ella, lo unico que se le pedia era estupidez, misterio, refunfunos. Era una bruja. No se preocupaba en absoluto de expresarse claramente.

—Comprendo —dijo Tenar—. Entonces… tal vez esa sea una pregunta que no quieras responder… Entonces, cuando miras a una persona con tu tercer ojo, con tu poder, ?ves su poder… o no lo ves?

—Mas bien es un saber —dijo Musgo—. Eso de ver es solo una manera de decirlo. No es ver como te veo a ti, como veo este junco, como veo esa montana. Es saber. Se lo que hay en ti y lo que no hay en esa pobre cabeza hueca de Brezo. Se lo que hay en esta nina querida y no en ese de alla. Yo se… —No era capaz de decir mas. Refunfuno y escupio.— ?Cualquier bruja que valga algo reconoce a otra bruja? —dijo por ultimo, simplemente, con impaciencia.

—Os reconoceis.

Musgo asintio. —Si, asi es. Esa es la palabra. Nos reconocemos.

—Y un hechicero reconoceria tu poder, se daria cuenta de que eres una hechicera…

Pero Musgo hizo una mueca al oir eso, una mueca que era como una cueva negra en medio de una telarana de arrugas.

—Queridita —le dijo—, cuando dices «un hombre», ?quieres decir un hechicero? ?Que tiene que ver con nosotras un hombre de poder?

—Pero Ogion…

—El Senor Ogion era bondadoso —dijo Musgo sin ironia.

Siguieron partiendo juncos por un rato, en silencio.

—No te cortes el pulgar con los juncos, queridita —dijo Musgo.

—Ogion me enseno. Como si no hubiese sido una mujer. Como si hubiera sido su pupilo, como a Gavilan. Me enseno la Lengua de la Creacion. Me enseno todo lo que le pedi.

—El era unico.

—Yo no quise que me ensenara. Lo abandone. ?Que me importaban sus libros? ?De que me servian? Queria vivir, queria un hombre, queria tener hijos, queria vivir mi vida.

Partia los juncos con precision, rapidamente, con la una.

—Y consegui lo que queria —dijo.

—Tomalo con la mano derecha, tiralo con la izquierda —dijo la bruja—. Y bien, querida senora, ?quien sabe?, ?quien sabe? El querer a un hombre me hizo meterme en terribles problemas mas de una vez. Pero el querer casarme, ?jamas! No, no. Nada de eso…

—?Por que no? —le pregunto Tenar.

Sorprendida, Musgo dijo simplemente: —?Como?, ?que hombre querria casarse con una bruja? —Y luego, con un movimiento oblicuo de la mandibula, como una oveja que moviera el pasto de un lado a otro de la boca:— ?Y que bruja querria casarse con un hombre?

Siguieron partiendo juncos.

—?Que tienen de malo los hombres? —pregunto Tenar con cautela.

Con igual cautela, en voz mas baja, Musgo respondio: —No se, queridita. He pensado en eso. Muchas veces lo he pensado. Lo unico que puedo decir es esto: el hombre esta metido dentro de su piel como una nuez en su cascara. —Alargo los largos dedos doblados y humedos, como sosteniendo una nuez.— Es una cascara dura y resistente, y el hombre esta lleno de si mismo. Lleno de esa carne grandiosa de los hombres, del ser del hombre. Y eso es todo. Eso es todo lo que hay. Adentro no hay mas que el y nada mas.

Tenar reflexiono por un rato y finalmente pregunto: —?Pero si es un hechicero…?

—Entonces todo lo que tiene adentro es poder. El es su poder, asi es. Eso es lo que pasa con los hombres. Y eso es todo. Cuando su poder desaparece, el tambien desaparece. —Casco la nuez imaginaria y tiro los pedazos de la cascara.— Nada.

—?Y que pasa con una mujer, entonces?

—?Ah, queridita!, una mujer es algo muy distinto. ?Quien sabe donde empieza y termina una mujer? Escucha esto, senora, yo tengo raices, tengo raices mas profundas que esta isla. Mas profundas que el mar, mas antiguas que el surgimiento de las tierras. Me remonto a las sombras. —Los ojos de Musgo tenian un extrano brillo en los bordes enrojecidos y su voz era melodiosa como un instrumento.— ?Me remonto a las sombras! Antes de la luna, ya existia. Nadie sabe, nadie sabe, nadie puede decir que soy, que es una mujer, una mujer de poder,

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