—Puede estar fingiendo. Esas gentes sin alma son muy astutas.
—Esperare un dia para estar segura.
—Si, o dos dias. Luego, que baje Duby a retirar el cadaver. Es mas fuerte que el viejo Manan.
—Pero Manan esta al servicio de los Sin Nombre, y Duby no. Hay sitios en el Laberinto a los que Duby no debe ir, y el ladron esta en uno de ellos.
—Bueno, si ya ha sido profanado…
—La muerte del hombre lo purificara —dijo Arha, y penso que quiza tenia algo raro en la cara, por el modo como la miraba Kossil—. Estos son mis dominios, sacerdotisa. He de custodiarlos como mis Amos ordenan. No necesito mas lecciones sobre la muerte.
El rostro de Kossil parecio retirarse dentro de la negra capucha, como una tortuga del desierto dentro del caparazon, malhumorada, lenta y fria.
—Muy bien, senora.
Se separaron frente al altar de los Dioses Hermanos. Arha se encamino, sin prisa, hacia la Casa Pequena, y llamo a Manan para que la acompanase. Desde que habia hablado con Kossil sabia lo que tenia que hacer.
Manan y ella subieron por la Colina, entraron en el Palacio, llegaron a la Cripta y descendieron. Tirando juntos de la larga manija, abrieron la puerta de hierro del Laberinto. Luego encendieron las linternas, y Arha encabezo la marcha hacia la Camara Pintada, y desde alli tomo el camino del Gran Tesoro.
El ladron no habia llegado muy lejos. No habia andado ni quinientos pasos de tortuoso trayecto cuando dieron con el, tirado en el estrecho corredor como un monton de andrajos. Cerca de el estaba la vara, que habia soltado antes de caer. Tenia la boca ensangrentada y los ojos semicerrados.
—Esta vivo —dijo Manan, arrodillandose, poniendo la manaza amarilla en la garganta oscura, sintiendola latir—. ?Lo estrangulo, mi ama?
—No. Lo quiero vivo. Levantalo y sigueme.
—?Vivo? —dijo Manan, turbado—. ?Para que, mi pequena?
—?Para que sea un esclavo de las Tumbas! Deja de hablar y haz lo que te digo.
Con la cara mas melancolica que nunca, Manan obedecio, echandose el joven al hombro como si fuese un costal. Siguio a Arha con pasos vacilantes. No podia caminar mucho tiempo llevando aquella carga, y durante el viaje de vuelta se detuvieron una docena de veces para que Manan recobrara el aliento. Cada vez que paraban, el corredor era siempre igual: las piedras de color gris amarillento, que remataban en una boveda, el suelo rocoso y desparejo, el aire estancado; Manan, que grunia y jadeaba; el intruso, inmovil; y las dos linternas de llamas mortecinas con un halo de luz que se estrechaba y se perdia en la oscuridad del corredor en ambas direcciones. En los altos Arha echaba un poco de agua del frasco que habia traido consigo en la boca seca del hombre, solo un sorbo cada vez, no fuera que la vida, al volver, lo matase.
—?A la Camara de las Cadenas? —pregunto Manan cuando entraron en el pasaje que conducia a la puerta de hierro; y solo en ese momento, al oirlo, se dio cuenta Arha de que no habia pensado en donde meter al prisionero.
—No, alli no —dijo, sintiendo nauseas, como siempre que recordaba el humo y el hedor, y aquellos rostros desgrenados, ciegos y mudos. Ademas, Kossil podria ir a la Camara de las Cadenas—. Ha de quedarse en el Laberinto, para que no recupere su magia. ?Donde hay una celda…?
—La Camara Pintada tiene puerta y cerrojo, y una mirilla, mi ama. Si se puede confiar en las puertas…
—Aqui abajo no tiene ningun poder. Llevalo alli, Manan.
Otra vez con la carga a cuestas, Manan desanduvo la mitad del camino, demasiado fatigado y sin aliento para protestar. Cuando por fin estuvieron en la Camara Pintada, Arha se quito la larga y pesada capa invernal, y la extendio sobre el suelo polvoriento. —Ponlo encima.
Jadeando, Manan la miro con melancolica consternacion. —Mi pequena…
—Quiero que este hombre viva, Manan. Se morira de frio, mira como tiembla.
—Te mancillara la capa, que es la capa de la Sacerdotisa. Es un infiel, un hombre —barboto Manan, arrugando los ojos pequenos, como si le doliera algo.
—?Entonces quemare la capa y hare tejer otra! ?Haz lo que te digo, Manan!
Manan se encorvo, obediente, y bajo al prisionero hasta la capa negra. El hombre estaba inmovil como la muerte, pero el pulso le latia con fuerza en el cuello, y de tanto en tanto unos espasmos lo estremecian de la cabeza a los pies.
—Habria que encadenarlo —dijo Manan.
—?Te parece peligroso? —se burlo Arha; pero cuando Manan le senalo el aro de hierro incrustado en las piedras al que podrian sujetar al prisionero, lo dejo ir a la Camara de las Cadenas en busca de grilletes. Manan se perdio por los corredores refunfunando, repitiendo entre dientes las instrucciones; habia recorrido otras veces ese mismo camino, yendo y viniendo, pero nunca solo.
A la luz de la linterna de Arha, las pinturas de las cuatro paredes parecian moverse, crisparse; las toscas figuras humanas de grandes alas abatidas se agazapaban y se erguian con una monotonia intemporal.
Ella se arrodillo y fue echando agua, poca cada vez, en la boca del prisionero. El hombre acabo tosiendo y alzo las manos debiles hacia el frasco. Arha lo ayudo a beber. Con la cara toda mojada, embadurnada de sangre y polvo, volvio a tenderse en el suelo y murmuro algo, una palabra o dos, en una lengua que Arha desconocia.
Manan regreso al fin, arrastrando una cadena, un gran candado con llave y un cenidor de hierro que puso y cerro alrededor de la cintura del hombre. —No esta bastante apretado, puede escabullirse —gruno, mientras enganchaba el eslabon del extremo al aro incrustado en el muro.
—No, mira. —Menos asustada ahora, Arha mostro que no le cabia la mano entre el cenidor de hierro y las costillas del hombre—. A no ser que no coma en mas de cuatro dias.
—Pequena —dijo Manan quejumbroso—, yo no discuto, pero… ?como va a servir de esclavo en el Templo si es un hombre, pequena?
—Y tu eres un viejo tonto, Manan. Vamos, y dejate de pamplinas.
El prisionero los miraba con ojos brillantes y fatigados.
—?Donde esta la vara, Manan? Aqui. Me la llevare; tiene poderes magicos. Ah, y esto; tambien me lo llevare —y con un movimiento rapido tomo la cadena de plata que asomaba en el cuello de la tunica del prisionero, y se la quito por la cabeza, aunque el trato de impedirselo sujetandole los brazos. Manan le asesto un puntapie en la espalda. Arha sostenia la cadena en el aire, lejos de las manos del prisionero—. ?Asi que este es tu talisman, hechicero? ?Lo aprecias mucho? No parece gran cosa. ?No pudiste conseguir nada mejor? Te lo guardare en un lugar seguro. —Y se puso la cadena por la cabeza, ocultando el colgante bajo el cuello de la tunica de lana.
—Tu no sabes como se usa —dijo el hombre, con la voz muy ronca y pronunciando mal, aunque con suficiente claridad, las palabras de la lengua karga.
Manan le dio otro puntapie y el hombre dejo escapar un leve grunido de dolor y cerro los ojos.
—Dejalo, Manan. Vamonos.
Arha salio de la camara. Manan la siguio refunfunando.
Por la noche, una vez apagadas todas las luces del Lugar, Arha trepo otra vez por la Colina. Lleno el frasco en el pozo de las recamaras del Trono, y descendio con el agua y una gran hogaza de pan azimo de trigo sarraceno a la Camara Pintada del Laberinto. Puso todo detras de la puerta, al alcance del prisionero, que estaba dormido y no se movio.
Regreso a la Casa Pequena y esa noche ella tambien durmio mucho y bien.
Por la tarde, temprano, volvio sola al Laberinto. El pan habia desaparecido, el frasco estaba vacio, y el intruso se habia sentado de espaldas contra el muro. La cara, cubierta de costras y suciedad, seguia siendo repugnante, pero la expresion era ahora vivaz.
Arha se situo en el otro extremo de la Camara, donde el no podia alcanzarla, y lo miro un rato.
Luego aparto los ojos. Pero alli no habia nada que ver. Algo le impedia hablar. El corazon le latia como si estuviese asustada. Sin embargo, no habia ninguna razon para tenerle miedo.
—Es agradable que haya luz —dijo el, con la voz dulce pero grave que tanto la turbaba.
—?Como te llamas? —pregunto ella, imperiosa. Su propia voz, penso, sonaba mas aguda y debil que de costumbre.
—Bueno, casi todos me llaman Gavilan.
—?Gavilan? ?Es ese tu nombre?