ella, y continuaba conectada a diversos tubos, pero cuando entre en la habitacion abrio un ojo y me miro, y logro forzar una semisonrisa en mi honor.
—Viva, viva, oh —dije, pensando que era necesaria una demostracion de buen humor. Acerque una silla a la cama y me sente.
—Dex —susurro con voz ronca. Trato de sonreir de nuevo, pero fue todavia peor que el primer intento; tiro la toalla y cerro los ojos, y dio la impresion de que se hundia en la distancia nevada de las almohadas.
—Aun no se siente con muchas fuerzas —comento Chutsky.
—Ya me he dado cuenta —conteste.
—Asi que, hum, no la canses ni nada por el estilo. Lo ha dicho el medico.
No se si Chutsky pensaba que iba a sugerir una partida de voleibol, pero asenti y palmee la mano de Deborah.
—Me alegro de tenerte de vuelta, hermanita. Nos tenias preocupados.
—Siento —farfullo, con voz ronca y debil. Pero no nos dijo lo que sentia. En cambio, volvio a cerrar los ojos y entreabrio los labios para exhalar un suspiro entrecortado, de modo que Chutsky se inclino hacia delante y le puso un cubito de hielo entre los dientes.
—Toma. No intentes hablar todavia.
Debs trago el hielo, pero miro a Chutsky con el ceno fruncido.
—Estoy bien —comento, lo cual era sin duda una exageracion. Dio la impresion de que el hielo la calmaba un poco, y cuando volvio a hablar, su voz no sono tanto como una lima aplicada a un pomo de puerta antiguo—. Dexter —prosiguio, y hablo con voz anormalmente alta, como si estuviera gritando en una iglesia. Meneo la cabeza y, ante mi gran asombro, vi que una lagrima se escapaba por la comisura del ojo, algo que no le habia visto hacer desde los doce anos. Resbalo sobre su mejilla y cayo en la almohada, donde desaparecio—. Mierda —dijo—. Me siento tan absolutamente…
Su mano, la que Chutsky no sujetaba, se agito debilmente.
—No me extrana nada —replique—. Estabas practicamente muerta.
Siguio en silencio un largo momento, sin hablar, con los ojos cerrados, y por fin lo hizo en voz muy baja.
—No quiero hacer esto nunca mas.
Mire a Chutsky. Se encogio de hombros.
—?Hacer que, Debs? —pregunte.
—Policia —contesto, y cuando por fin comprendi lo que estaba diciendo, que ya no queria ser policia, me quede tan sorprendido como si la luna hubiera intentado dimitir.
—Deborah…
—Es absurdo. Terminar aqui… ?Para que? —Abrio los ojos y me miro, y luego sacudio la cabeza—. ?Para que? —repitio.
—Es tu trabajo —observe, y admito que no fue muy conmovedor, pero fue lo unico que se me ocurrio decir dadas las circunstancias, pues pense que no le gustaria oir hablar de la Verdad, la Justicia y el Estilo de Vida Americano.
Por lo visto, tampoco queria oir que era su trabajo, porque me miro, volvio la cabeza y cerro los ojos.
—Mierda —protesto.
—Muy bien —anuncio una voz alta y risuena desde la puerta, con un marcado acento de las Bahamas—. Los caballeros han de irse. —Mire. Una enfermera gorda y muy alegre habia entrado en la habitacion y estaba avanzando hacia nosotros con celeridad—. La senora ha de descansar, cosa que no puede hacer si ustedes la molestan —sentencio. Por un momento, me parecio tan cautivador su acento que no me di cuenta de que nos estaba echando.
—Acabo de llegar —proteste.
La mujer se planto delante de mi y cruzo los brazos.
—En ese caso, ahorrara mucho dinero en el aparcamiento, porque ha de irse ya. Vamos, caballeros. —Se volvio hacia Chutsky—. Los dos.
—?Yo? —pregunto el, con una expresion de gran sorpresa.
—Usted —confirmo la mujer, al tiempo que le apuntaba con un grueso dedo—. Ya ha estado aqui demasiado rato.
—Pero he de quedarme aqui —protesto Chutsky.
—No, ha de irse —contesto la enfermera—. Los medicos quieren que ella descanse un rato. Sola.
—Vete —lo insto Debs en voz baja, y Chutsky la miro con expresion dolida—. No me pasara nada. Vete.
Chutsky paseo la mirada entre ella y la enfermera, y despues volvio a mirar a Deborah.
—Muy bien —concedio el por fin. Se inclino hacia delante y le dio un beso en la mejilla, y ella no protesto. Se levanto y me miro con una ceja enarcada.
—Muy bien, colega. Creo que nos estan echando.
Cuando nos fuimos, la enfermera estaba maltratando las almohadas como si se hubieran portado mal.
Chutsky me guio por el pasillo hasta el ascensor.
—Estoy un poco preocupado —comento mientras esperabamos. Fruncio el ceno y oprimio el boton de bajada varias veces mas.
—?Que? ?Te refieres a, hum, una lesion cerebral?
El anuncio de Deborah de que deseaba abandonar seguia resonando en mis oidos, y era tan impropio de ella que yo tambien estaba un poco preocupado. La imagen de una Deborah en estado vegetativo, babeando en una silla, mientras Dexter le daba cucharadas de avena en copos, se me antojo de lo mas horrible.
Chutsky sacudio la cabeza.
—No exactamente. Mas bien lesiones psicologicas.
—?A que te refieres?
Hizo una mueca.
—No se. Tal vez sea el trauma. Pero parece… muy compungida. Angustiada. No como, ya sabes… No es la de siempre.
A mi nunca me han apunalado ni me he desangrado hasta casi morir, y en cualquier caso no recordaba haber leido nada que explicara como debias sentirte en dichas circunstancias. Pero me parecio que estar llorosa y angustiada cuando esto te pasaba era una reaccion bastante razonable. Antes de que se me ocurriera una forma diplomatica de transmitirlo, las puertas del ascensor se abrieron y Chutsky entro como una tromba. Le segui.
Cuando las puertas se cerraron, continuo:
—Al principio, no me reconocio. Justo cuando abrio los ojos.
—Estoy seguro de que es normal —senale, aunque no estaba nada seguro—. Ha estado en coma.
—Me miro —dijo, como si yo no hubiera hablado—, y fue como, no se. Me asusto. Como diciendo, quien soy y que hago aqui.
Para ser sincero, yo me habia preguntado lo mismo durante el ultimo ano, pero no me parecio oportuno proclamarlo.
—Estoy seguro de que se tarda en… —empece.
—Quien soy —repitio sin aparentar darse cuenta de que yo habia hablado—. Estuve sentado ahi todo el tiempo, no me he apartado de su lado mas de cinco minutos seguidos. —Miro el panel de control del ascensor cuando su campanilleo nos informo de que habiamos legado—. Y no sabe quien soy.
Las puertas se abrieron, pero Chutsky no se dio cuenta al principio.
—Bien —dije, con la esperanza de sacarle de su atontamiento.
Me miro.
—Vamos a tomar un cafe —propuso, y salio del ascensor, se abrio paso entre tres personas que vestian pijamas verdes ligeros, y yo le segui.
Chutsky me guio hasta el pequeno restaurante de la planta baja del garaje, donde logro hacerse con dos tazas de cafe bastante deprisa, sin que nadie le adelantara a la fuerza o le diera un codazo en las costillas. Consiguio que me sintiera algo superior: era evidente que no habia nacido en Miami. De todos modos, algo habia que decir acerca del resultado, de modo que con el cafe en la mano me sente en una mesita encajonada en una esquina.
