disparos, y al cabo de un momento recogio sus papeles y desaparecio al otro lado de la cabina, y me llego el turno.

Detras del grueso cristal estaba sentado un hombre que habria podido ser el gemelo del soldado armado mas cercano. Cogio mi pasaporte sin comentarios y lo abrio, miro en el interior, me miro a mi, y despues lo empujo en mi direccion sin decir palabra. Yo habia esperado algun tipo de interrogatorio. Pense que se levantaria y me atizaria por ser un perro capitalista, o quizas un tigre de papel. Me quede tan desconcertado por su absoluta falta de reaccion, que permaneci ahi parado un momento, hasta que el hombre me indico con un cabeceo que me fuera, cosa que hice, doble una esquina como habia hecho Chutsky y entre en la zona de recogida de equipajes.

—Hola, colega —me dijo este cuando me acerque al punto en que se habia parado junto a la cinta transportadora inmovil que pronto, confie, nos traeria las maletas—. No estarias asustado, ?verdad?

—Imaginaba que seria un poco mas dificil. ?No estan enfadados con nosotros o algo por el estilo?

Chutsky rio.

—Creo que vas a descubrir que les caes bien —contesto—. Es tu gobierno lo que no pueden soportar.

Sacudi la cabeza.

—?Son capaces de establecer esa diferenciacion?

—Claro. Es sencilla Logica Cubana.

Por absurdo que parezca, yo me habia criado en Miami y conocia muy bien lo que era eso. La Logica Cubana era una broma corriente en la comunidad cubana, situada justo antes del Cubanaso[9] en el espectro emocional. La mejor explicacion que habia oido fue la de un profesor de la universidad. Me habia apuntado a un curso de poesia en un vano intento de profundizar en el alma humana, algo de lo que carezco. Y el profesor habia leido en voz alta un fragmento de Walt Whitman. Todavia me acordaba del verso, puesto que es humano al cien por cien. «?Que me contradigo? Pues si, me contradigo. Soy inmenso, contengo multitudes». Y el profesor habia levantado la vista del libro y comento: «Perfecta Logica Cubana», tras lo cual espero a que las carcajadas enmudecieran y reanudo la lectura del poema.

Por lo tanto, si a los cubanos no les gustaba Estados Unidos y les gustaban los estadounidenses, no implicaba mas gimnasia mental que la que habia visto y oido casi cada dia de mi vida. En cualquier caso, oi un ruido metalico, sono un timbre estridente y nuestro equipaje empezo a salir por la cinta transportadora. No llevabamos gran cosa, solo una pequena bolsa cada uno, una muda de calcetines y una docena de biblias. Pasamos con las bolsas delante de una agente de aduanas que parecia mas interesada en hablar con el guardia que tenia al lado que en atraparnos pasando de contrabando armas o carteras de acciones. Se limito a echar un vistazo a las bolsas y nos indico con un ademan que pasaramos, sin perder ni una silaba de su rapidisimo monologo. Y entonces, quedamos en libertad y salimos por la puerta al sol de fuera. Chutsky llamo con un silbido a un taxi, un Mercedes gris, y bajo un hombre con una librea gris y una gorra a juego, quien vino a recoger nuestras bolsas.

—Hotel Nacional —le indico; este tiro nuestras maletas en el maletero, y todos subimos.

La autopista de La Habana tenia montones de baches, pero estaba casi desierta. Vimos algunos taxis, un par de motocicletas y algunos camiones del ejercito que se movian con lentitud, y nada mas hasta llegar a la ciudad. Entonces, las calles estallaron de vida de repente, con coches antiguos, bicicletas, multitudes de gente que invadian las aceras, y unos autobuses de aspecto muy raro tirados por camiones diesel. Eran dos veces mas largos que los autobuses norteamericanos, en forma de eme, con los dos extremos alzados como alas, que luego descendian hasta un punto bajo de techo liso en el centro. Iban todos tan abarrotados de gente que parecia imposible que alguien mas subiera, pero mientras miraba, uno de ellos se detuvo y, obviamente, otro grupo de gente se apelotono en el interior.

—Camellos —comento Chutsky, y le mire con curiosidad.

—?Perdon? —pregunte.

Movio la cabeza en direccion a uno de los extranos autobuses.

—Les llaman camellos. Dicen que es debido a su forma, pero yo diria que esta relacionado con el olor que reina en el interior en las horas punta. —Sacudio la cabeza—. Cuatrocientas personas juntas, volviendo a casa del trabajo, sin aire acondicionado y las ventanillas que no se abren. Increible.

Era una informacion fascinante, o al menos eso pensaba Chutsky, porque no dijo nada mas profundo, aunque estabamos atravesando una ciudad en la que yo nunca habia estado. Por lo visto, su instinto de convertirse en guia turistico habia muerto, y nos deslizamos entre el trafico hasta llegar a un ancho bulevar que corria a lo largo del mar. Al otro lado del puerto, en lo alto de una loma, vi un antiguo faro y algunas almenas, y al otro lado una nube de humo negro que se alzaba hacia el cielo. Entre nosotros y el oceano habia una acera ancha y un rompeolas. Las olas rompian en el muro y lanzaban espuma al aire, pero por lo visto a nadie le importaba mojarse un poco. Habia montones de personas de todas las edades sentadas, de pie, paseando, pescando, tumbadas y besandose en aquel lugar. Pasamos junto a una escultura extranamente contorsionada, cruzamos una zona pavimentada, giramos a la izquierda y ascendimos una suave colina. Y alli estaba, el Hotel Nacional, junto con la fachada que pronto acogeria el rostro sonriente de Dexter, a menos que encontraramos a Weiss antes.

El conductor detuvo el coche delante de una majestuosa escalinata de marmol. Un portero vestido de almirante italiano se acerco y dio una palmada, y un botones uniformado salio corriendo para coger nuestras maletas.

—Ya hemos llegado —anuncio Kyle sin necesidad. El almirante abrio la puerta y Chutsky bajo. Me dejaron que abriera mi puerta, pues estaba al otro lado de la escalinata de marmol. Baje a un bosque de sonrisas solicitas. Chutsky pago al chofer, y seguimos al botones escaleras arriba hasta entrar en el hotel.

El vestibulo parecia tallado del mismo bloque de marmol que la escalinata. Era un poco estrecho, pero se alejaba hasta perderse de vista en la brumosa distancia. El botones nos guio hasta el mostrador de recepcion, dejando atras un grupo de lujosas sillas y un cordon de terciopelo. El recepcionista parecio alegrarse muchisimo de vernos.

—Senor Freeney —lo saludo, al tiempo que inclinaba la cabeza muy contento—. Me alegro mucho de volver a verle. —Enarco una ceja—. No habra venido por el Festival de Arte, ?verdad?

Tenia menos acento que muchos habitantes de Miami, y Chutsky tambien parecio alegrarse de verle.

Le estrecho la mano.

—?Como estas, Rogelio? Yo tambien me alegro de verte. He venido para presentar a un tipo nuevo. — Apoyo la mano sobre mi hombro y me empujo hacia delante, como si yo fuera un muchacho hosco obligado a besar a la abuelita en la mejilla—. Este es David Marcey, una de nuestras estrellas prometedoras. Predica unos sermones del copon.

Rogelio me estrecho la mano.

—Me alegro mucho de conocerle, senor Marcey.

—Gracias. Este lugar es muy bonito.

Hizo una media reverencia de nuevo y se volvio hacia el teclado del ordenador.

—Espero que disfruten de su estancia. Si al senor Freeney no le parece mal, les pondre en la planta ejecutiva. Asi estaran mas cerca del desayuno.

—Eso suena muy bien —dije.

—?Una habitacion o dos? —pregunto.

—Creo que esta vez solo una, Rogelio —respondio Chutsky—. Hemos de controlar la cuenta de gastos en este viaje.

—Por supuesto —replico Rogelio. Pulso unas cuantas teclas mas, y despues, con un majestuoso ademan, deslizo dos llaves por encima del mostrador—. Tengan.

Chutsky apoyo la mano sobre las llaves y se inclino hacia delante.

—Una cosa mas, Rogelio —dijo, y bajo la voz—. Un amigo nuestro va a llegar desde Canada. Se llama Brandon Weiss. —Acerco las llaves a el, y en su lugar dejo un billete de veinte dolares—. Nos gustaria darle una sorpresa. Es su cumpleanos.

Rogelio movio una mano y el billete de veinte dolares desaparecio como una mosca atrapada por un lagarto.

—Por supuesto. Les informare de inmediato.

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