»Me llevo rapidamente por la calle. Dandose vuelta cada vez que yo vacilaba, extendia su mano, con una sonrisa en sus labios, y su presencia era tan maravillosa como en la noche que se me habia aparecido en mi vida mortal y me dijo que seriamos vampiros.

»—El mal es un punto de vista —me susurro ahora—. Somos inmortales. Y lo que tenemos ante nosotros son las fiestas suntuosas que la conciencia no puede apreciar y que los seres humanos no pueden conocer sin arrepentirse. Dios asesina y nosotros tambien; indiscriminadamente. El arrasa a ricos y pobres y nosotros hacemos lo mismo; porque ninguna criatura es igual a nosotros, ninguna tan parecida a El como nosotros, angeles oscuros no confiados a los limites hediondos del infierno sino paseando por Su tierra y todos Sus reinos. Esta noche quiero un nino. Yo soy como una madre… ?Quiero un nino!

»Tendria que haber sabido lo que deseaba. No lo sabia. Me tenia hipnotizado, encantado. Jugaba conmigo como lo habia hecho cuando yo era un mortal; me guiaba. Me decia:

»—Tu dolor terminara.

»Habiamos llegado a una calle de ventanas iluminadas. Era un lugar de pensiones de marineros y de portuarios. Entramos por una puerta angosta; y entonces, en el pasillo de piedra en el que podia oir mi propia respiracion como el viento, avanzo pegado a la pared hasta que su sombra se superpuso a la sombra de otro hombre, sus cabezas gachas y juntas, sus susurros como el crujido de las hojas secas.

»—?Que es?

»Me acerque a el cuando volvio, temeroso de que la excitacion que sentia en mi desapareciese. Y vi nuevamente el paisaje de pesadilla que habia visto cuando hable con Babette; senti el frio de la soledad, el frio de la culpabilidad.

»—?Ella esta aqui! —dijo el—. La herida. ?Tu hija!

»—?De que hablas? ?Que estas diciendo?

»—La has salvado —me susurro—. Yo lo sabia. Dejaste frente a la ventana abierta a ella y a su madre muerta, y la gente que pasaba por la calle la trajo aqui.

»—La nina…, ?la pequena! —dije. Pero el ya me llevaba por la puerta hasta el final de la larga hilera de camas de madera, cada una con un nino bajo una angosta sabana blanca; habia un candil al fondo de la sala, donde una enfermera estaba inclinada sobre un escritorio. Caminamos por el pasillo entre las hileras.

»—Ninos muertos de hambre, huerfanos —dijo Lestat—. Hijos de la plaga y de la fiebre.

»Se detuvo. Yo vi a la pequena en una cama. Y luego vino el hombre y hablo con Lestat; ?que cuidado por la pequena dormida! Alguien lloraba en la habitacion. La enfermera se puso de pie y se apresuro.

»Y entonces el medico se agacho y arropo a la nina con la manta. Lestat habia sacado dinero del bolsillo y lo puso sobre el pie de la cama. El medico dijo lo contento que estaba por el hecho de que nosotros hubieramos ido a buscarla. Explico que la mayoria de ellos eran huerfanos; venian en los barcos; a veces huerfanos demasiado pequenos para decir que cadaver era el de su madre. Pensaba que Lestat era el padre.

»Y, en unos pocos instantes, Lestat corria por las calles con ella; la blancura de la manta brillaba contra su capa negra; e incluso para mi vision experta, mientras corria detras de el, a veces parecia como si la manta flotara en medio de la noche sin que nadie la sostuviera, una forma movediza volando en el viento como una hoja vertical y enviada por un pasaje, tratando de encontrar el viento y al mismo tiempo volando.

»Finalmente consegui alcanzarlo cuando llegamos a las lamparas cerca de la Place d’Armes. La nina descansaba palida sobre su hombro; sus mejillas aun llenas como cerezas, aunque estaba desangrada y proxima a la muerte. Abrio los ojos, o mas bien sus parpados se corrieron hacia atras, y bajo las largas cejas vi unas rayas blancas.

»—Lestat, ?que estas haciendo? ?A donde la llevas? —le pregunte.

»Pero yo lo sabia. Se encaminaba al hotel y pretendia llevarla a nuestra habitacion.

»Los cadaveres estaban tal cual los habiamos dejado; uno meticulosamente echado en el ataud como si un sepulturero se hubiera ocupado de la victima; el otro en la silla, delante de la mesa. Lestat paso a su lado como si no los viese, mientras que yo los contemple con fascinacion. Todas las velas se habian consumido y la unica luz venia de la luna y de la calle. Pude ver su perfil helado y resplandeciente cuando puso a la nina sobre la almohada.

»—Ven aqui, Louis; tu no te has alimentado lo suficiente. Lo se —dijo con la misma voz calma y serena que habia usado toda la noche con tanta habilidad; me tomo de la mano, y la suya estaba calida y punzante—. ?La ves, Louis, cuan dulce y saludable parece, como si la muerte no le hubiera arrancado la frescura? ?La voluntad de vivir es tan poderosa! ?Recuerdas como la querias tener cuando la viste en esa habitacion?

»Me resisti. No queria matarla. No habia querido hacerlo la noche anterior. Y entonces, de improviso, recorde dos cosas conflictivas y me senti golpeado por el dolor: recorde el poderoso palpitar de su corazon contra el mio y tuve deseos de poseerlo; unos deseos tan fuertes que di la espalda a la cama y hubiese salido corriendo de la habitacion si Lestat no me hubiera agarrado; y recorde el rostro de su madre y ese momento de horror cuando deje caer a la criatura y el entro en la habitacion. Pero ahora no se estaba burlando de mi; me estaba confundiendo.

»—Tu la quieres, Louis. ?No ves que una vez que la has poseido, entonces puedes poseer a quien quieras? Anoche la deseaste, pero no tuviste el valor suficiente, y por eso ahora ella esta viva.

»Pude sentir que lo que el decia era verdad. Pude volver a sentir el extasis de tener su pequeno corazon latiendo.

»—Es demasiado fuerte para mi… su corazon; no cede —le dije.

»—?Es tan fuerte? —dijo, y sonrio; me acerco a la nina—. Cogela, Louis —me insto—. Yo se que tu la deseas.

»Y lo hice. Me acerque a la cama y la observe. El pecho apenas se le movia y una de sus manitas estaba enredada en su cabello largo y rubio. No pude soportarlo, mirandola, queriendo que no muriera y deseandola al mismo tiempo; y, cuanto mas la miraba, mas podia saborear su piel, sentir mi brazo cayendo por debajo de su espalda y atrayendola hacia mi, sentir su cuello suave. Suave, suave, eso era lo que era, suave. Trate de decirme que era mejor que muriera —?en que se iba a convertir?—, pero esas fueron ideas mentirosas. ?Yo la deseaba! Y, por lo tanto, la tome en mis brazos y puse su mejilla ardiente contra la mia, su cabello cayendo encima de mis munecas y acariciando mis cejas; el dulce aroma de una nina, poderoso y pulsante pese a la enfermedad y la muerte. Gimio entonces, se sacudio en su sueno y eso fue superior a lo que podia soportar. La mataria antes de permitirle despertar, y yo lo sabia. Busque su cabello y oi que Lestat me decia extranamente:

»—Nada mas que un pequeno rasguno. Es un cuello pequeno.

»Y yo le obedeci.

»No te repetire lo que fue, salvo que me excito del mismo modo que antes, como siempre hace el matar, solo que mas; se me doblaron las rodillas y casi caigo en la cama, mientras la desangraba, y aquel corazon latia como si jamas cesara de hacerlo. Y, de repente, cuando yo seguia y seguia… esperando, con todos mis instintos, que empezara a detenerse, lo que significaba la muerte, Lestat me la arranco.

»—?Pero si no esta muerta! —susurre. Pero ya todo habia terminado. Los muebles de la habitacion emergieron de la oscuridad. Me sente perplejo, mirandola, demasiado debilitado para moverme, con mi cabeza reposando en la cabecera de la cama, y mis manos aferradas a la manta de terciopelo. Lestat la estaba despertando diciendole un nombre:

»—Claudia, Claudia, escuchame; despierta, Claudia. —La llevo fuera del dormitorio, y su voz en la sala era tan baja que apenas le oia—. Estas enferma, ?me oyes? Debes hacer lo que te digo para estar bien.

»Y entonces, en la pausa siguiente, me di cuenta de todo. Me di cuenta de lo que estaba haciendo; que se habia cortado la muneca y que se la estaba ofreciendo, y que ella estaba bebiendo.

»—Asi es, querida; mas —le decia—. Debes beber para curarte.

»—?Maldito seas! —grite, y el me hizo callar con una mirada aterradora. Se sento en el sofa con ella aferrada a su muneca. Vi la mano blanca de ella asida de su manga y pude ver el pecho tratando de respirar y su rostro desfigurado, de un modo como jamas lo habia visto. Dejo escapar un gemido y el le susurro que continuara; y, cuando me acerque, me volvio a echar una mirada como diciendo: “Te matare”.

»—Pero, ?por que, Lestat? —le dije.

»Entonces el trato de desprenderse de la nina y ella no lo dejaba. Con sus dedos aferrados a la mano y al brazo de Lestat, ella mantenia la muneca en su boca mientras se le escapaban gemidos.

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