El vampiro lo miro y luego sonrio al muchacho. El rostro del joven sufrio un cambio. Palidecio como si hubiera sido victima de un ataque.
—?Aun me tienes miedo? —pregunto el vampiro.
El muchacho no dijo nada, pero se alejo un poco del borde de la mesa. Estiro el cuerpo, sus pies rozaron las tablas y luego se contrajeron.
—Yo pensaria que serias un tonto si no lo tuvieras —dijo el vampiro—.
—Por favor —dijo el muchacho. Hizo un gesto en direccion a la grabadora.
—Pues —dijo el vampiro— nuestra vida sufrio un gran cambio con
»Se oirian sus gritos en Paris, decia, si la encerraba para que muriese. Pero todo lo decia por mi, para tenerme mas atado, con miedo de irme solo. No me imaginaba la posibilidad de irme con Claudia. Era una nina. Necesitaba cuidados.
»Y encontraba placer en atenderla. Ella se olvido de inmediato de sus cincos anos de vida mortal. O al menos asi lo parecia, ya que era misteriosamente tranquila y reservada. Y, de tanto en tanto, yo temia que hasta hubiese perdido los sentidos, que la enfermedad de su vida mortal, combinada con el gran traumatismo del vampirismo, le pudieran haber robado la razon; pero eso estuvo muy lejos de la realidad. Simplemente, era tan diferente a Lestat o a mi que yo no la podia entender; porque, aunque era pequena, ya era una fiera asesina capaz de una busqueda incesante de sangre con la imperiosidad de un nino. Y aunque Lestat aun me amenazaba con hacerle dano, a ella no se lo hacia, sino que era carinoso, orgulloso de su hermosura, ansioso por ensenarle que debiamos matar para vivir y que nosotros no podiamos morir jamas.
»Entonces la plaga fulmino la ciudad, como ya te he dicho, y el la llevaba a los cementerios hediondos donde las victimas de la peste y de la fiebre amarilla yacian apiladas mientras los ruidos de las palas no cesaban ni de dia ni de noche.
»Y Claudia lo miraba con sus ojos inescrutables.
»Si en esos primeros anos no hubo comprension, tampoco hubo la posibilidad del miedo. Muda y hermosa, asesinaba. Y yo, transformado por las ordenes de Lestat, ahora salia a cazar seres humanos en grandes cantidades. Pero no era su muerte por si sola la que me aliviaba del dolor que habia sentido en las quietas y negras noches de Pointe du Lac, cuando me sentaba a solas con la compania de Lestat y de su padre; eran sus grandes y cambiantes posibilidades en las calles, que jamas se silenciaban, con los centros nocturnos que nunca cerraban las puertas, las fiestas que duraban hasta el alba, la musica y las risas que salian de todas las ventanas; la gente que me rodeaba en todas partes, mis victimas llenas de latidos, ya no vistas con el gran amor que yo habia sentido por mi hermana y por Babette sino con necesidad e indiferencia a la vez. Y los mataba, matanzas infinitamente variadas y a grandes distancias, cuando caminaba con la vision y los ligeros movimientos de un vampiro por su ciudad aburguesada y alegre. Mis victimas me rodeaban, seduciendome, invitandome a sus cenas, sus carruajes, sus burdeles. Solo me quedaba un poco, lo suficiente para tomar lo que debia tomar, tranquilizado por la gran melancolia con que la ciudad me entregaba una infinidad de magnificos desconocidos.
»Porque de eso se trataba. Me alimentaba de desconocidos. Me acercaba unicamente lo suficiente para ver su belleza latente, la expresion unica, la voz nueva y apasionada. Y luego mataba antes de que esos sentimientos pudieran aparecer en mi, y ese miedo, esa pena.
»Claudia y Lestat podian cazar y seducir, permanecer largo tiempo en compania de la victima condenada, gozando el esplendido humor en su inocente amistad con la muerte. Pero yo aun no lo podia soportar. Por tanto, para mi la poblacion creciente era una misericordia, un bosque en el que estaba perdido, incapaz de detenerme, girando demasiado rapido para el pensamiento o el dolor, aceptando una y otra vez la invitacion a la muerte rapida en vez de prolongarla.
»Mientras tanto, viviamos en una de mis residencias espanolas en la Rue Royale, un piso extenso y lujoso sobre una tienda que alquilaba a un sastre; detras habia un jardin escondido; una pared nos aseguraba contra la calle, con persianas fijas de madera y una puerta enrejada y firme; era un lugar de mucho mas lujo y seguridad que Pointe du Lac. Nuestros sirvientes eran gente de color, libertos que nos dejaban a solas antes del amanecer y se iban a sus propios hogares. Y Lestat compraba las ultimas importaciones de Francia y Espana: lamparas de cristal y alfombras orientales, biombos de seda con pajaros del paraiso pintados, canarios que trinaban en grandes jaulas doradas con cupulas y delicados dioses griegos de marmol, y vasos chinos hermosamente dibujados. Yo no necesitaba el lujo mas de lo que antes lo habia necesitado, pero quede fascinado con esta nueva inundacion de arte y artesania; podia contemplar los intrincados disenos de las alfombras durante horas, o mirar como el brillo de una lampara cambiaba los sombrios colores de un cuadro holandes.
»Claudia encontraba maravilloso todo eso; lo hacia con la tranquila reverencia de una nina nada malcriada, y quedo encantada cuando Lestat contrato a un pintor para que hiciera en las paredes de su dormitorio un bosque magico de unicornios y pajaros dorados y arboles llenos de frutos por encima de rios deslumbrantes.
»Un desfile incontable de sastres, zapateros y modistas venian a nuestro piso a vestir a Claudia con lo mejor en la moda infantil; en consecuencia, ella siempre estaba como una vision, no solo de belleza infantil, con sus cejas pobladas y su glorioso pelo rubio, sino del buen gusto de bonetes finamente acabados y pequenos guantes de lazo, fantasticos abrigos y capas de terciopelo y vestidos blancos de grandes mangas. Lestat jugaba con ella como si fuera una magnifica muneca; y yo jugaba con ella de la misma forma; y fueron sus ruegos los que me obligaron a abandonar mis colores negros y adoptar chaquetas de dandy y corbatines de seda y suaves abrigos grises y guantes y capas negras. Lestat opinaba que el color mas indicado para vampiros era siempre el negro; posiblemente fue el unico principio estetico que mantuvo con firmeza, pero no se oponia a nada que trasluciera estilo y exceso. Le encantaba el aspecto que los tres teniamos en nuestro palco en la nueva Frenen Opera House o en el Theatre d’Orleans, a los que concurriamos con la mayor asiduidad posible. Lestat sentia tal pasion por Shakespeare que me sorprendia, aunque a menudo dormitaba en las operas y se despertaba justo a tiempo para invitar a alguna dama encantadora a una cena tardia, durante la cual usaria toda su habilidad para conseguir que ella se enamorara locamente de el; y luego la despachaba violentamente al cielo o al infierno y regresaba a casa con su anillo de diamantes para Claudia.
»Y en toda esa epoca, yo educaba a Claudia, susurrandole en su pequeno oido como una concha marina que toda nuestra vida eterna era inutil si no veiamos la belleza a nuestro alrededor, la creacion de los mortales; yo sondeaba constantemente la profundidad de su mirada quieta cuando leia los libros que le daba, murmuraba la poesia que le ensenaba y tocaba con un toque leve pero confiado sus propias canciones extranas pero coherentes en el piano. Podia quedarse horas mirando las imagenes de un libro o escuchandome leer, con tal quietud que su vision me irritaba, me hacia bajar el libro y mirarla a traves de la habitacion iluminada; entonces, se movia, era una muneca que se vivificaba y decia con su voz mas suave que siguiera leyendo.
»Y entonces empezaron a suceder cosas extranas. Porque aunque todavia era una pequena nina tranquila, yo la encontraba aferrada al brazo de un sillon leyendo las obras de Aristoteles o Boecio o una nueva novela que acababa de llegar allende el Atlantico. O intentando una musica de Mozart que habiamos escuchado la noche anterior, con un oido infalible y una concentracion que la hacia fantasmagorica cuando se sentaba alli hora tras hora descubriendo la musica; la melodia, luego el bajo y finalmente uniendo todo. Claudia era un misterio. No era posible saber lo que sabia y lo que no sabia. Y observarla era algo escalofriante. Se sentaba solitaria en la esquina oscura, esperando al caballero o a la mujer amable que la encontrasen, con sus ojos mas indiferentes que los de Lestat. Como una nina petrificada de miedo, susurraba sus ruegos de ayuda a los mecenas gentiles y admirativos, y, cuando la sacaban de la plaza, sus brazos se fijaban alrededor de sus cuellos, con la lengua entre los dientes y la vision congelada por el hambre consumidor. Ellos encontraban pronto la muerte en esos primeros anos, antes de que aprendiera a jugar con ellos, a guiarlos a la tienda de munecas o al cafe donde la obsequiaban con
