humeantes tazas de chocolate o de te para colorear sus palidas mejillas, tazas que ella tiraba, esperando, como si celebrase silenciosamente sus amabilidades terribles.

»Pero cuando eso terminaba, ella era mi companera, mi pupila; y las prolongadas horas pasadas a mi lado consumian cada vez con mas rapidez el conocimiento que yo le brindaba. Compartia conmigo una comprension tranquila que no podia incluir a Lestat. A la madrugada, se echaba a mi lado, con su corazon latiendo contra el mio. Y, en muchas oportunidades, cuando la miraba —cuando ella estaba sumergida en su musica o en su pintura y no sabia que yo estaba presente—, pensaba en esa singular experiencia que habia tenido con ella y con nadie mas; que yo la habia asesinado, le habia arrebatado la vida, habia bebido toda la sangre de su vida en un abrazo fatal que habia dado a tantos otros, otros que ahora yacian moldeados por la tierra humeda. Pero ella vivia, vivia para pasarme los brazos por el cuello y apretar su pequena frente contra mis labios y poner sus ojos brillantes delante de los mios hasta que nuestras cejas se confundian; y, riendonos, bailabamos por la habitacion como en un vals violento. Padre e Hija. Amante y Amada. Te puedes imaginar lo satisfactorio que era que Lestat no nos envidiara, que simplemente sonriera desde lejos, esperando a que ella se acercara a el. Entonces la sacaba a la calle y me saludaban desde el pie de la ventana y se iban a compartir lo que compartian: la caceria, la seduccion, la matanza.

»Pasaron anos de esta manera. Anos y anos y anos. No obstante, tuvo que pasar algun tiempo antes de que me percatase de un hecho obvio acerca de Claudia. Supongo, por la expresion de tu cara, que ya sabes de que se trata y te preguntas por que yo no lo habia supuesto. Solo te puedo decir que el tiempo no es lo mismo para mi ni lo era entonces para nosotros. Un dia no se unia a otro formando una fuerte cadena; mas bien la luna se elevaba encima de olas superpuestas.

—?Su cuerpo! —exclamo el entrevistador—. No creceria jamas.

El vampiro asintio.

—Seria una nina demoniaca para siempre —dijo, y su voz fue suave como si se sorprendiese de ello—. Igual que yo soy el mismo hombre joven que cuando mori. ?Y Lestat? Lo mismo. Pero su mente… era la mente de un vampiro. Y yo trate de saber como se acercaba a la madurez femenina. Empezo a hablar mas, aunque jamas dejo de ser una persona reflexiva, y podia escucharme pacientemente durante horas sin interrupcion. Sin embargo, mas y mas su cara de muneca parecio poseer dos ojos absolutamente adultos; y la inocencia parecio perderse de algun modo entre munecas olvidadas, y la perdida de una cierta paciencia. Habia algo fatalmente sensual en ella cuando se tiraba en el sofa con un camison pequenito de lazo y perlas; se convirtio en una seductora fantasmal y poderosa; su voz se volvio mas cristalina y dulce que nunca, aunque tenia una resonancia que era de mujer, una agudeza que a veces impresionaba. Despues de dias de acostumbrada quietud, de repente se oponia a las predicciones de Lestat acerca de la guerra; o, bebiendo sangre de una copa de cristal, decia que no habia libros en la casa, que deberiamos conseguir mas aunque tuvieramos que robarlos; y luego, friamente, me hablaba de una libreria de la que habia oido hablar, en una mansion palaciega en el Faubourg Sainte-Marie. Alli habia una mujer que coleccionaba libros como si fueran piedras o mariposas disecadas. Me preguntaba si yo me podia meter en el dormitorio de la mujer.

»Me quedaba estupefacto en esas ocasiones; su mente era imprevisible, desconocida. Pero luego se sentaba en mis rodillas y me acariciaba el pelo suavemente, susurrandome al oido que yo nunca iba a crecer como ella, hasta que supiera que matar era lo mas serio del mundo, no los libros ni la musica…

»—Siempre la musica… —me susurraba.

»—Muneca, muneca —le decia yo.

»Pues eso era lo que era. Una muneca magica. La risa y el intelecto infinito y luego la cara de redondas mejillas, la boca como una flor.

»—Dejame que te vista, deja que te peine —le decia como una vieja costumbre, consciente de su sonrisa y de que me miraba con un velo de aburrimiento en su expresion.

»—Haz lo que quieras —me decia al oido cuando me agachaba a prenderle sus botones de perlas—. Pero esta noche mata conmigo. Nunca me has dejado verte matar, Louis.

»Entonces quiso un ataud propio, lo que me hirio mas de lo que le permiti darse cuenta. Me fui despues de haberle dado mi consentimiento de caballero. ?Cuantos anos habia dormido con ella como si fuera parte de mi? No lo sabia. Pero entonces la encontre cerca del convento de las Ursulinas, una huerfana perdida en la oscuridad, y, de improviso, corrio hacia mi y se aferro a mi cuerpo con una desesperacion humana.

»—No lo quiero si te hace sufrir —me confio en voz tan baja que si un ser humano nos hubiese abrazado, no podria haberla escuchado ni sentido su aliento—. Siempre me quedare contigo. Pero debo verlo, ?comprendes? Un ataud para una nina.

»ibamos a ir a ver al fabricante de ataudes. Una obra, una tragedia en un solo acto: yo la dejaria en la pequena sala y confesaria en la antecamara que ella se moriria. Ella debia tener lo mejor, pero no debia saberlo; y el fabricante, conmovido por la tragedia, se lo debia hacer, viendola ahi vestida de blanco, dejando escapar una lagrima pese a todos sus anos.

»—Pero, ?por que…, Claudia? —le rogue yo.

»Detestaba hacer eso, detestaba jugar al gato y al raton con el indefenso ser humano. Pero, sin mas esperanzas, era su amante y la lleve alli y la sente en el sofa, donde quedo con las manos cruzadas, con su pequeno sombrero inclinado, como si no supiera lo que nosotros murmurabamos al lado. El fabricante era un viejo hombre de color, muy educado, quien rapidamente me aparto a un costado para que “la nina” no nos oyera.

»—Pero, ?por que debe morir? —me pregunto, como si yo fuera el Dios que lo habia dictaminado.

»—Su corazon… No puede vivir —dije, y las palabras cobraron en mi un poder peculiar, una afligida resonancia.

»La emocion en la cara del hombre, angosta y llena de arrugas, me preocupo; se me ocurrio algo, una cualidad de la luz, el sonido de algo…, una nina llorando en una habitacion hedionda. Entonces, el abrio otra de sus grandes habitaciones y me mostro los ataudes de laca negra y plata; lo que ella queria. Y, de repente, me encontre alejandome de el, de la casa de ataudes, llevandola de la mano por la calle.

»—He hecho el pedido —le dije—. ?Me vuelve loco!

»Respire el aire fresco de la calle como si estuviera sofocado, y entonces vi su rostro sin compasion, que estudiaba el mio fijamente. Me tomo de la mano con su manita enguantada.

»—Lo quiero tener, Louis —me explico pacientemente.

»Y entonces, una noche, subio las escaleras del fabricante, con Lestat a su lado, a buscar el ataud, y dejo al fabricante sin saber lo que le habia pasado, muerto sobre las pilas polvorientas de papeles de su escritorio. Y el ataud estaba en nuestro dormitorio, donde lo contemplo durante horas cuando era nuevo, como si la cosa se moviera o estuviera viva o descubriera poco a poco su misterio, tal como hacen las cosas cuando cambian. Pero ella no dormia alli. Dormia conmigo.

»Tuvo otros cambios. No les puedo dar una fecha ni ponerlos en orden cronologico. No mataba de forma indiscriminada. Tenia curiosidades que la atraian. La pobreza empezo a fascinarla; le rogaba a Lestat o a mi que la llevaramos en algun carruaje por el Faubourg St. Marie a las zonas del puerto donde vivian los inmigrantes. Parecia obsesionada con las mujeres y los ninos. Todo esto me lo contaba Lestat, divertido, porque yo detestaba ir y a veces no me podian convencer con ningun argumento. Claudia mato uno por uno a los miembros de una familia. Habia pedido entrar en el cementerio de la ciudad suburbana de Lafayette, y alli andaba entre las altas lapidas de marmol a la busqueda de esos desesperados que, al no tener donde dormir, se gastaban lo poco que tenian en una botella de vino y se metian en una boveda. Lestat estaba impresionado, abrumado. ?Que imagen tenia de ella! La llamaba “la muerte infantil”, “la hermana muerte” y “una muerte dulce” y, para mi, el tenia el termino burlon de “?muerte misericordiosa!”, y lo decia haciendo una reverencia y batiendo palmas, como una vieja comadre a punto de confiar un chisme excitante. ?Oh, cielos misericordiosos! Yo queria estrangularlo.

»Pero no habia peleas. Cada uno estaba en lo suyo. Teniamos nuestras normas. Los libros llenaban nuestro extenso piso del suelo al techo con hileras de luminosos volumenes de piel, mientras Claudia y yo satisfaciamos nuestros apetitos naturales y Lestat se concentraba en sus lujosas adquisiciones. Hasta que ella empezo a hacer preguntas.

El vampiro se detuvo. Y el muchacho parecio tan ansioso como antes, como si la paciencia le costara un esfuerzo tremendo. Pero el vampiro habia entrelazado sus largos dedos blancos, como en la iglesia, y luego los presiono. Fue como si se hubiera olvidado por completo del entrevistador.

—Lo tendria que haber sabido —dijo—; era inevitable, y yo tendria que haber reconocido los indicios. Porque yo estaba tan atado a ella…, la amaba de forma tan absoluta; era mi companera de todas las horas, la

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